La vuelta al poder de Alberto Martínez Baca: Una fugaz primavera

1973 era un año de apertura política. Había concluido el Mendozazo con una dura represión y a todos conmocionaba que en la provincia se hubiese generado un movimiento insurreccional tan espontáneo a nivel popular. Además, continuaría bajo la forma de paros reivindicativos y jornadas nacionales de protesta dirigidas por gremios combativos como Luz y Fuerza, telefónicos, ferroviarios, Ika Renault, etc. Una inmensa mayoría se manifestaba en contra de la dictadura militar y a favor de las reivindicaciones económicas de los obreros, no así acerca del rumbo socialista que debía adoptar una democracia consecuente políticamente.

Así las cosas, las encuestas prefiguraban una contienda complicada para el peronismo que no paraba de hablar de los intereses populares, de Héctor Cámpora como presidente, de Alberto Martínez Baca gobernador, de Perón, la libertad de los presos políticos, la derogación de las leyes represivas, la supresión de los tribunales especiales y la reanudación de los vínculos diplomáticos con Cuba.

Durante tres semanas un equipo de periodistas del diario Los Andes efectuó una consulta en diversos sectores de la población –unas 2.800 personas de todos los niveles sociales–. Se les preguntó cómo votarían en los comicios del 11 de marzo y los resultados parciales se fueron divulgando en sucesivas ediciones hasta que el día 4 se dieron a conocer los cómputos totales y los porcentajes.

El candidato del Partido Demócrata Eduardo Vicchi se alzaba en primer lugar con un 24,42% de las preferencias. En segundo lugar quedaba el Frejuli (Frente Justicialista de Liberación) que llevaba a Alberto Martínez Baca con el 20%. Y en tercer lugar, Alfredo Mosso con un 12,88 %. La crónica no lo destacaba pero un dato más que relevante de ese sondeo era el porcentaje de indecisos: 28,71.

Ese mismo día 4, otro medio de difusión hacía saber que un equipo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, dirigido por el decano, había efectuado un sondeo de opinión preelectoral sobre 4.689 personas. Los Andes aprovechó entonces para destacar el cotejo de ambos trabajos de resultados notablemente coincidentes o extraordinariamente aproximados: Vicchi estaba dos puntos más arriba: 26,08%. Martínez Baca, unas céntimas más abajo: 19,85%. Mientras que Mosso, de la UCR, casi lo mismo: 12,82%. Según la facultad, los indecisos no ganaban sino que quedaban en un segundo lugar, con el 24,72%.

Hay que decir que entre los artífices de esa encuesta había estudiantes que ya militaban en el peronismo y estaban en condiciones de registrar que la mayoría de los encuestados mentía con sus respuestas. Es decir, no les querían decir a esos encuestadores que iban a votar por Cámpora. Era sintomático: quien decía “no sé qué votar” era un peronista a punto de expresarse libremente en las urnas.

A las 2.30 de la mañana del 11 de marzo, los escritos con tiza en la pizarra del diario Los Andes actualizaban la tendencia nacional que confirmaría de madrugada y en el frente del Partido Justicialista, entre cánticos, bombos, vinchitas patrias, una multitud saltaba exigiendo “¡arena, cemento, para el Tío un monumento!” y luego “¡cemento, arena, que toquen la sirena!”, en alusión a la sirena del diario que sonó en el ’55, para anunciar el golpe contra Perón.

A las 6 de la mañana, según la agencia noticiosa United Press, el matutino informaba que el Frejuli no había obtenido el porcentaje de los votos necesarios para imponerse en la primera vuelta y en consecuencia sería necesario recurrir al ballottage. Media hora después la agencia UPI confirmaba que a nivel nacional el Frejuli pasaba de ganar por el 44% al 46%.

Por primera vez, desde la etapa caracterizada por la pretendida “desperonización” de la vida política, los dirigentes demócratas pasaban a un segundo plano. La contienda electoral, efectivamente, se definió en una segunda vuelta. Alberto Martínez Baca tuvo que enfrentarse con el candidato demócrata, Eduardo Vicchi, el 15 de abril de 1973. El justicialismo se quedó con la victoria definitiva a través de un apoyo masivo en las urnas, obteniendo el 71,46% de los sufragios. El Frejuli duplicaba a todas las otras fuerzas políticas juntas, con 366.629 votos contra 137.772 del Partido Demócrata.

Una unión inédita. Se deducía del mismo resultado de los comicios: las fuerzas populares en pos de la desaparición del conservadurismo. La primera declaración del gobernador Martínez Baca es elocuente: “Nuestro gobierno no será un gobierno con participación popular sino un gobierno popular, que no es lo mismo. Gobierno popular cuyo soporte básico será un proceso continuo de movilización y organización integral del pueblo”.

La campaña había sido abundante en plataforma electoral. Uno de los spots para TV decía: “Las fuerzas armadas y los partidos liberales aseguran hambre, más desocupación, más presos y torturas, privatización de la medicina, más represión, escuelas y universidades para los ricos, una cultura al servicio del imperialismo, control patronal de la producción, la continuidad del sistema explotador, la dependencia del imperialismo yanqui, una patria para los ricos”. Luego continuaba diciendo: “El Frente Justicialista de Liberación, con la lucha del pueblo, asegura viviendas dignas, un salario real digno para todos los trabajadores, nuevas fuentes de trabajo, total amnistía para los hijos del pueblo, escuelas y universidades para el pueblo, una cultura nacional y popular, control obrero de la producción, la lucha por el socialismo nacional, la nacionalización de los sectores claves de la economía, liberación, una patria justa, libre y soberana, una patria socialista. Cámpora al gobierno, Perón al poder”.

El “vote Lista 9” se multiplicaba en infinitud de avisos gráficos. Por lo general a la cabeza estaban los dos perfiles juntos de la fórmula Martínez Baca-Arturo Mendoza seguidos de consignas cortas y contundentes: “La situación actual tiene responsables, usted sabe su nombre y apellido. Hay que luchar por la liberación. El arma es nuestro voto. ¡Usela!”. O bien: “Obrero, empleado, no busque en sus bolsillos, sólo le han dejado el voto. ¡Inviértalo: compre futuro!”.

Otro aviso breve decía: “Ciudadano: no derrame su voto como se derramaba vino. No entierre sus esperanzas como se enterraba la uva. Vote para creer, no para destruir”. Y otro más poético alababa a los candidatos diciendo: “Son peronistas. Valientes. Serenos. Capaces. Leales a carta cabal. Saben lo que es sufrir y lo que es combatir por los grandes ideales. Son los adalides en esta batalla desigual del pueblo mendocino contra el régimen. Tienen el mandato de reimplantar en Mendoza la justicia social y que el pueblo recupere la felicidad perdida”.

Para el cierre de campaña el Frejuli preparó una pieza especial convocando al acto realizado en la calle Lavalle 45. Se trataba de un terreno baldío donde se montó un gran escenario desde el que hablaron, además de los candidatos, el líder de la CGT, Carlos Fiorentini, Alberto Fonrouge, y José Manzur, que era candidato a intendente de la capital. El caso de Manzur es un caso curioso porque en la comuna de la capital nunca había ganado el peronismo. Al hacerse el conteo de los votos resultó ganador el candidato demócrata, pero luego, al revisarse los votos observados, el cómputo final arrojó vencedor al peronista por un escasísimo margen.

Y en cuanto a los festejos, lo más llamativo fue la multitud cantando y saltando en las calles (“el que no salta es gorilón”), entre ellos, Martínez Baca que subido a un improvisado escenario y sin micrófono grita: “Es la voluntad del pueblo”. Martínez Baca tenía entonces 75 años recién cumplidos. Había nacido en 1908 en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, era egresado con título de farmacéutico de la Facultad de Ciencias Médicas y estaba radicado desde hace tiempo en San Rafael donde tenía una farmacia de barrio. Usaba siempre un moñito en lazo porque no le gustaba usar corbata, y su problema de visión era otro de los rasgos que lo distinguían.

Su relación con el peronismo provenía de larga data. Se había desempeñado como director del Instituto del Trabajo de la Universidad Nacional de Cuyo y fue presidente del Partido Justicialista de Mendoza para las elecciones provinciales de 1966. Había sido delegado organizador de la Universidad Nacional de La Rioja y presidente del Colegio Farmacéutico y Bioquímico de Mendoza y también había dictado cursos en institutos secundarios y para gremialistas además de fundar y dirigir la revista Sanidad de Cuyo y el periódico La Voz del Pueblo.

Pero lo que era más relevante: había accedido a velar en la sede partidaria a uno de los militantes justicialistas fusilado en la Masacre de Trelew, un hecho que estaba bien fresco en la memoria de los militantes peronistas. Como también lo estaba el Mendozazo, del que se habló en plena campaña. Un curioso aviso del Partido Demócrata intentaba lavar la cara del asunto. Con una angelical imagen de una maestra y sus alumnos decía: “La verdad del 4 de abril: la dignidad del magisterio mendocino está siendo objeto de manoseo y especulación electoralista”. Luego aclaraba algo insólito: “El 3 de abril de 1972 el gobernador Francisco Gabrielli ordenó a su jefe de policía ‘no reprimir las manifestaciones del día 4’. Y el día 4, el ingeniero Gabrielli no era gobernador de Mendoza. Había renunciado porque el gobierno nacional asumió, sin consulta previa, la conducción de las fuerzas policiales de la provincia”. Por lo tanto, el aviso cerraba el tema declarando: “El Partido Demócrata no hace propaganda con hechos negativos. La realiza en cambio exponiendo lo positivo de su amplia labor de gobierno”.

La vigencia de la democracia popular.

Para la mayoría de los cargos públicos se habían propuesto candidatos que respondían francamente a los intereses populares. Aunque pronto, todos ellos recibieron una advertencia: ocurrió un 19 de abril de 1973. Cinco disparos de revólver dieron en el frente de la farmacia de Martínez Baca. Al día siguiente, los autores del atentado dejaban un mensaje en la terminal de ómnibus para que fuera publicado por Los Andes. Iba dirigido a la opinión pública, firmado por un supuesto Peronismo Auténtico que denunciaba en Martínez Baca la influencia de “elementos del comunismo internacional”.

En realidad se refería a las agrupaciones Montoneros, ERP y otras más que a comienzos de los ’70 habían llamado a la lucha armada; dichas organizaciones evaluaban la situación como pre-revolucionaria mientras veían que la campaña electoral del Frejuli se desarrollaba multitudinariamente, con extraordinario calor popular.

Con el triunfo, el clima festivo se hizo tan elocuente que hasta los cronistas de Los Andes lo evidenciaban en sus notas, especialmente las dedicadas al fervor poselectoral y la asunción el 25 de mayo. La imagen del gobierno popular crecía a pasos agigantados. Aunque pronto empezó a distorsionarse. Incluso, el mismo día de la asunción, en la explanada de Casa de Gobierno hubo un duro enfrentamiento entre miembros de la Juventud Peronista y el sector sindical que respondía nada más que al vicegobernador, Carlos Arturo Mendoza.

El meollo del problema era exactamente igual que en Buenos Aires y Córdoba –la agudización de las contradicciones internas dentro del peronismo– salvo que en Mendoza fue particularmente áspero. Y no bien asumió Alberto Martínez Baca como gobernador, una bomba estalló debajo de su escritorio del despacho de Casa de Gobierno, hiriendo a un ordenanza.

La causa era ideológica: burócratas sindicales y traidores buscaron llevar a esa juventud triunfante al terreno del enfrentamiento directo, y lo lograron. Al cabo, el período haría recordar a las peores épocas de la dictadura de Lanusse dado el clima creado por la sucesión de atentados, secuestros, torturas y asesinatos. Lejos quedaba aquel pronunciamiento de Perón de “desensillar hasta que aclare”; ex profeso, una parte de la conducción peronista apostaría a minar todo aquel movimiento insurreccional que empujaba al equipo de Martínez Baca.

De ahí las provocaciones, la conspiración con la camiseta peronista puesta. Hacia noviembre de 1973 no se había cumplido ni un año de la euforia, de la alegría increíble y multitudinaria del festejo del 11 de marzo. En esos días Martínez Baca era puesto a caldo por una muy temible alianza de ocasión: los sectores peronistas de derecha más los conservadores aunaron sus fuerzas para acusar y llevar al gobernador electo a un juicio político.

La sensación primaveral duró casi lo mismo que lo que dura un verano. Aun así, en breve tiempo la provincia dio un viraje estratégico. El gobierno hizo todo lo que se podía hacer cuando se escucha al pueblo. Se liberaron los presos políticos, los militares retornaron a sus cuarteles luego de muchos intentos, en los últimos 30 años, por dar soluciones a los problemas argentinos para los cuales no estaban preparados, simplemente por no representar sus intereses.

En Mendoza, para avanzar en materia de obras y servicios públicos, se apeló a los sectores de la “economía social”. Así, gracias a 14 cooperativas se hizo un tendido de electrificación rural. Se construyeron 11 escuelas primarias, 2 escuelas secundarias, y se hizo la licitación para el sistema integral de defensa aluvional, una obra clave dada la trágica experiencia del aluvión a comienzos de los ’70.

En materia de Gobierno, se reformó el Estatuto del Empleado Público, se trabajó en una Reforma Penitenciaria. Por ejemplo, se creó la panadería para los presos de la cárcel de Boulogne Sur Mer. Se crearon juzgados de familia y correccionales de menores. Hubo una experiencia muy interesante de comisiones vecinales para el control de precios. Y aunque de modo más simbólico que efectivo, se procedió a la destrucción de los archivos políticos de la Policía de Mendoza.

Una histórica medida se implementó en Educación. Consistió en el Congreso Pedagógico para la Liberación. Por primera vez, todos los sectores fueron convocados a participar del diseño pedagógico de los planes y la definición de la escuela. También, como paso que se anticiparía a la tendencia actual, fue la estructuración de la Dirección de Enseñanza Técnica. Todo ello fue acompañado de otras medidas como la ampliación de la copa de leche, el programa de Popularización de la Cultura y el Seguro de Vida Universal para alumnos y docentes.

Las medidas sociales fueron: la supresión de los aranceles hospitalarios, la derivación de los fondos del Prode a Minoridad, el Programa de Salud Rural y la refuncionalización de hospitales. En Hacienda, el gobierno optó por la ampliación de la participación accionaria en el Banco de Mendoza, apostó por el Área de Cooperativas en el Banco de Mendoza, creó la Empresa Provincial de Seguros y la Delegación de la DGR en Capital Federal.

Todo venía de una misma aspiración. En palabras de Martínez Baca, “en definitiva, (se trata) de construir el socialismo, que es organizar al pueblo, porque como dice Perón, el capitalismo no es nada más que mantener desorganizados nuestros pueblos para poderlos explotar”.

Por María Eva Guevara

Fuente: revista Veintitres
20 de marzo de 2013

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