Lectura de Domingo: las principales columnas políticas

Urgencias de una madre y de su hijo/Eduardo van der Kooy/CLARIN

Cristina y Máximo intentarán arrear al kichnerismo en las elecciones. Ambos necesitan fueros y serían candidatos. La irrupción de Máximo desnuda las pobrezas políticas en el oficialismo.

Máximo Kirchner no juega a ser candidato. Lo será por necesidad, antes quizá que por verdadera vocación. He aquí un parecido pero también una diferencia sustancial con su madre. Ni Cristina Fernández ni su hijo podrían quedar a la intemperie cuando concluya este ciclo. Pero la Presidenta quiere seguir en la pelea e intentar sostener desde el Congreso la conducción de su tropa. Aunque el nuevo mandatario sea propio o de la oposición.

Hay causas judiciales que acechan, como la de la empresa Hotesur, la cadena hotelera de la familia presidencial, que investiga Claudio Bonadio. O la de supuesto lavado de dinero que involucra al empresario y socio de los Kirchner, Lázaro Báez. También las del Memorándum de Entendimiento con Irán por el atentado en la AMIA y la muerte del fiscal Alberto Nisman. Es muy probable que todos esos trámites judiciales se aletarguen durante este año electoral. Pero nadie sabe qué podría suceder después.

La reaparición de Máximo cuando las definiciones electorales empiezan a despuntar podría significar varias cosas. La principal: la pobreza generalizada de la política después de una década larga durante la cual el kirchnerismo se jactó de una recuperación. Aquel paisaje que se avizoraba en la oposición envolvería definitivamente también al oficialismo.

No se podrán negar derechos ni progresos al hijo presidencial. Escaló muy rápido desde su condición de movilero pegado a la línea de cal en las canchas de fútbol de las ligas del interior –luego de un año de estudio incompleto de periodismo deportivo– hasta convertirse en gran administrador de la fortuna de sus padres. Causó cierta perplejidad, pese a todo, escucharlo hablar los últimos días de las asimetrías políticas, sociales y culturales de la Argentina, emulando quizá ciertos postulados del sociólogo brasileño Theotonio Dos Santos. También, pretendiendo abrir un debate con Mauricio Macri. ¿En condición de qué?

Sucede que se habría puesto en marcha la construcción de un nuevo relato, de los tantos que supo elaborar en estos años el kirchnerismo. ¿Cuál? El de Máximo como un supuesto dirigente y líder emergente. Apasionado, sobre todo, por la política. Lo anticipó Cristina el 10 de marzo cuando, al presentar un avión de Aerolíneas Argentinas, defendió a su hijo por hipotéticos ataques que sufre debido a que “lleva la política en la sangre”, como sus padres.

Puede ser que Máximo haya sufrido, en ese aspecto, alguna transfusión mantenida oculta. Pero mientras su padre ejerció la Presidencia e, incluso, hasta que estuvo con vida, sus intereses genuinos parecieron otros, más diversos. Tampoco habría que pecar de injustos. Escuchó mucho las historias políticas que narraba el matrimonio. Y formó opiniones propias, aún contra la corriente. Fue siempre un crítico severo de la alianza que el ex presidente mantuvo con Hugo Moyano, el jefe de los camioneros. Que Cristina hizo añicos. Pero desde ese punto a la supuesta pasión presente existiría un abismo. Por el contrario: el hijo presidencial receló siempre de la absorbente dedicación que sus padres habían dispensado a la militancia cuando él era niño. La pasión acostumbraba a brotarle durante las conversaciones en las cuales se filtraba el fútbol y, en especial, Racing, su club del corazón. Hasta llegó a tener intervención –de las que se saben– en la llegada del colombiano Giovanni Moreno a la entidad de Avellaneda.

Tal entusiasmo jamás declinó. Ni resultó alterado por las interferencias de la política. De hecho, mantiene un correo frecuente con Diego Bossio, también hincha de Racing. El titular de la ANSeS juega su destino ahora junto a Daniel Scioli. No sería lo que más le agrada a Máximo. Pero el club construyó entre ellos –y con otros– un lazo indestructible. Esa pasión la tiene de verdad a flor de piel: dedicó muchas horas para intentar influir en AFA en la designación del árbitro que dirigió el último Racing-River, que terminó coronando campeón en el 2014 a su club.

Lo llamativo no sería el deseo de Máximo de penetrar en la política pública, más allá de su atracción por el fútbol. Sería el efecto que sus espectrales apariciones provocan en el Frente para la Victoria. Que desnudaría la grisura de ideas y el miedo al disenso en las filas oficiales.

Podrían comprenderse las alucinaciones del legislador Juan Cabandié, que ya visualiza a Máximo como futuro presidente. O las penurias dialécticas del diputado Andrés Larroque para explicar el afianzamiento del macrismo en la Ciudad. No se da cuenta de lo más elemental: ese afianzamiento ocurrió, en buena medida, por los desvaríos kirchneristas a partir del 2007. Tampoco sorprendería el servilismo de Oscar Parrilli, que destacó en el hijo presidencial las virtudes de estudiar (¿qué?) y leer, como si se tratara de un ser superior. Pero provocarían escozor los halagos efusivos de Daniel Scioli, Florencio Randazzo y Aníbal Fernández. Se compartan o no sus calidades políticas y éticas, son dirigentes que han labrado una larga trayectoria en la vida pública refrendada en las urnas. De poco les habría servido.

A Cristina y Máximo les restaría diseñar sólo su hoja de ruta. La Presidenta tiene casi decidido convertirse a futuro en diputada por Buenos Aires. Manejar en el Congreso una numerosa bancada. Quizás la mayor, aunque el presidente surja de alguna de las fuerzas de oposición. Salvo que en ese segmento terminen compitiendo los postulantes de una alianza integral. Para su hijo el camino podría resultar más pedregoso. Dos Kirchner en las boletas de Buenos Aires sería inconveniente. A Máximo le quedarían tres opciones: pelear una de las dos bancas nacionales que renueva Santa Cruz; hacerlo por una de las 24 que cambiará la Legislatura provincial; apostar a la única de representación santacruceña en el Parlasur.

Al margen de los cargos, quedaría claro el papel que Cristina y Máximo estarían dispuestos a jugar ahora y desde diciembre. Desde el discurso: haciendo flamear la bandera de los derechos humanos que consideran propia y exhibiendo la máscara de un nacionalismo económico. Desde la práctica: condicionando hasta lo imposible a un próximo gobierno de la oposición o cercando, quizás, a uno surgido de su sistema. Siempre existiría en ellos la tentación de repetir el pasado. Es una tentación en la que también suele incurrir la Argentina. El kirchnerismo sostiene que, en el peor de los casos, entregaría el gobierno pero nunca el poder. Sueña con aquel fatídico eslogan que en los 70 hicieron conocido Juan Perón y Héctor Cámpora. Aunque, como todo en este tiempo, en una versión empeorada.

El eslogan intentaría apoyarse en cimientos. El cristinismo ha colonizado gran parte de la estructura del Estado. Inundó de militantes, sobre todo, los ministerios de Seguridad, Justicia, la Cancillería, Desarrollo Social, la Agencia Federal de Inteligencia y en menor medida, Economía. En varias de esas dependencias están apurando jubilaciones de personal de planta permanente para reemplazarlos por camporistas. Hay muchos intendentes bonaerenses que se quejan de cosas similares: “Nos obligan a tomar por lo menos a 40 contratados cada uno”, rezongó uno del primer cordón.

El Poder Judicial sería rancho aparte. Esa muralla representaría para el porvenir de Cristina y de Máximo mayor garantía, tal vez, que los fueros o la cooptación estatal. La Procuración General sigue acaparando tareas. Alejandra Gils Carbó creó una comisión asesora para la transferencia de la Oficina de Observaciones Judiciales de la ex SIDE, que realiza las pinchaduras telefónicas, a la órbita de su dependencia. Allí sólo habrá kirchneristas puros (Alberto Binder, Marcelo Sain, Felix Crous, de Justicia Legítima) y alguno que no lo sería tanto (Carlos Arslanián, ex integrante de la Cámara que juzgó a las Juntas Militares).

Para Cristina esa cuestión estaría cerrada. En cambio, se inquieta por el rumbo de la Cámara de Casación Penal. Ese cuerpo debe decidir la suerte de Bonadio en la causa Hotesur. También está en discusión la inconstitucionalidad o no del Memorándum de Entendimiento con Irán. La Sala que entiende en este tema está conformada por Juan Geminiani, Luis Cabral y Ana María Figueroa. Los dos primeros jueces estarían inclinados a sostener la inconstitucionalidad del pacto. Figueroa es una relativa incógnita.

Los jueces concedieron al Gobierno cinco días hábiles para que remita todos los antecedentes sobre la firma del pacto. No quedó claro si también los cables diplomáticos secretos. Una vez que reciban esa documentación los magistrados se tomarían 20 hábiles días para la sentencia definitiva.

En el medio, sigue boyando la denuncia de Nisman por encubrimiento terrorista. La apelación de Germán Moldes a la desestimación de la Sala I de la Cámara Federal está demorada porque no se ha resuelto la recusación de Héctor Timerman contra el fiscal. La dilación no sería casual. Si aquella apelación tuviera curso más allá del 15 de abril caería en manos de Javier De Luca. El fiscal general más desembozadamente kirchnerista.

Cuestión de piso/Mario Wainfeld/PAGINA 12

Paro, política, adhesiones palpables y forzadas. La polémica sobre ganancias, mal encuadrada. Un impuesto necesario pero muy mal regulado. Las diferencias entre trabajadores, un signo de la etapa. El piso de protección social, derechos adquiridos. Y algo sobre culebrones electorales.

Una huelga es un derecho. Cuando se ejercita para interpelar o cuestionar al Gobierno es política por esencia. Criticarla por eso carece de asidero aunque todos los oficialismos lo hacen. No se exceptúa el actual, el que más hizo por los trabajadores y los sindicatos desde 1983.

Si es político, el paro está sujeto a debate, apoyos y críticas. Una huelga exitosa de transporte con piquetes que impiden el acceso a grandes centros urbanos no permite medir la participación voluntaria del resto de los laburantes. La mayoría de los sindicatos no adhirió. Sólo una imaginación tropical puede suponer que lo hayan hecho “desde la base” jornaleros que resignaron su ingreso diario o trabajadores con sobre que perdieron el presentismo.

Los reclamantes disponen de otras herramientas para demostrar su arrastre y legitimidad. Las manifestaciones y los actos son ejemplos clavados. El incoherente abanico de los convocantes se cuida de hacerlos porque revelarían su división interna, que linda con el enfrentamiento en los extremos (izquierda radical y CGT de Hugo Moyano). Quien más se cuida es el líder camionero, el más poderoso de todos, aún en su caída libre. No podrían armar una lista de oradores, él no podría hablar sin exponerse a los chiflidos y consignas de “los zurdos”. Quienes se expresan en distintas conferencias de prensa demarcan la fragilidad de su alianza.

Aunque la retórica agrega otras demandas, poco precisadas y desnudas de propuestas para viabilizarlas, el reclamo central es el aumento del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias para los trabajadores. En su extremo, la abolición del mal apodado “impuesto al trabajo”.

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Necesario pero chueco: El Impuesto a las Ganancias carga con un nombre impropio y está malamente zurcido. Dista de ser “el más injusto de los impuestos” como dice un editorialista ignorante del diario La Nación, devenido luchador sindical porque contra el kirchnerismo todo vale, hasta superar las propias náuseas. Es un impuesto a los ingresos, progresivo en concepto. A contracorriente del flujo de sandeces que dijeron políticos y economistas de derecha se sitúan dos artículos periodísticos que se recomiendan acá. Uno fue publicado por el colega Raúl Dellatorre en este diario. El otro salió en Clarín, firmado por los economistas Miguel Bein, Marina Dal Poggeto y Martín Vauthier. Esta columna se nutre de ambos, aunque prescinde de citas textuales.

El Impuesto a las Ganancias es más progresivo que el IVA que recae sobre todas las personas, con alícuota no diferenciada.

Existe en los países capitalistas avanzados. Extirparlo restaría recursos al Estado y no mejoraría la equidad.

Es siempre opinable cual es el umbral para percibir un tributo a los ingresos altos. Asumido esto, este cronista entiende que un trabajador soltero que embolsa quince lucas por mes no es un potentado, seguramente ni es sujeto de crédito hipotecario.

El piso está desactualizado. Las alícuotas mal reguladas porque deberían ser progresivas y no saltar abruptamente,

No es equitativo ni aun sensato que ciudadanos que ganan lo mismo tributen cifras muy disímiles, que dependen del momento en que superaron el piso no imponible. Tampoco que haya ejemplos de aumentos que no convienen al supuesto beneficiario. O que haya que realizar cálculos muy complejos para saber si, a quien está en el límite, le beneficiará o no hacer horas extras.

Estas disfunciones, algunas opinables y otras descabelladas, son consecuencia de los cambios asistemáticos introducidos mediante parches que dejan al esquema general hecho un engendro.

El Gobierno conoce esa situación y tiene a estudio propuestas propias de reforma que van más allá del simplismo de “subir el piso” sin caer en el disparate de suprimir el impuesto. Se ignora hoy si las anunciará en el año. Dos motivos pueden explicar (que no es igual a justificar) la reticencia. El primero es no dar el brazo a torcer ante los reclamos. El segundo, no desbalancear las arcas. El último, el más serio, está contemplado en el material proveído por la AFIP. Si se elevan las alícuotas de las personas físicas de ingresos más altos se podría atenuar el impacto de las nuevas exenciones. Es bastante posible, que no seguro, que el Gobierno implemente modificaciones antes del fin del mandato de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Desigualdades y carencias: Las alusiones y recriminaciones cruzadas sobre la solidaridad dentro de la clase trabajadora rozan una característica esencial de la etapa. El universo de los laburantes es distinto al de otras coyunturas de la Argentina. El piso subió para todos o, por lo menos, para una abrumadora mayoría. Pero los niveles de desigualdad internos son muy grandes, para la mejor tradición nacional. Basta contemplar que hay trabajadores en relación de dependencia que ganan el triple o el cuádruple que otros compañeros de clase.

La asimetría se acentúa cuando se mira al conjunto de los informales comparados con quienes gozan de tutela sindical. Estos cobran más cada mes, perciben aguinaldo, tienen vacaciones pagas, paritarias anuales. Los gremios han acrecentado su poderío y masa de afiliados, enclenques a principios de siglo.

La abundancia de centrales sindicales no se corresponde con necesidades de sus integrantes. Las dos CGT jamás tuvieron una mirada ni atisbos de propuestas para quienes trabajan “en negro” (fea la expresión, por donde se la mire). Las dos CTA las contemplan en su discurso y en sus reglas de acogida, pero carecen de poder para cambiar lo existente. Están compuestas por gremios estatales, predominantemente, lo que afinca sus luchas cotidianas a la esfera pública.

Impresiona el silencio de los jerarcas cegetistas respecto del trabajo informal. En general, poco hablan de los patrones, todo su relato encara al Gobierno. El trabajo informal es, de movida, evasión o sea (ir)responsabilidad empresaria. Abolir ese dato es capcioso.

El Gobierno consiguió una disminución notable del trabajo informal en sus primeros años. El piso, un tercio del total de los laburantes, no baja desde hace tiempo. Una ley bien encaminada pero dictada en momento de bajo o nulo crecimiento económico, propone medidas interesantes pero no suficientes.

Nada es seguro, en un contexto dificultoso pero vaya que sería interesante una movilización sindical amplia con aval gubernamental para denunciar evasores y explotadores. La iniciativa, por lo pronto, sería un cambio cualitativo en sí misma. En el contexto, mentarla suena a Argentina año verde.

Hablemos de planes: La expresión “planes sociales” pulula en los medios dominantes y en los discursos opositores. Eso sólo es casi garantía de imprecisión o falsedad. Abruma la falta de conocimiento VIP sobre el sistema de protección social construido en los mandatos kirchneristas. Tiene un par de vigas de estructura formidables que, aunque parezca paradójico, se deben mejorar y será difícil conservar.

La primera es la ampliación de la masa de jubilados a nivel cuasi universal, equiparable a momentos destacados del Estado benefactor. Con una salvedad, nueva y reparadora de las crisis recientes: se dejó de lado el paradigma puramente contributivo (se jubila el que aportó todo el tiempo y en forma). También se tutela a quienes no pudieron, a los que padecieron evasión de sus patrones, a las amas de casa, a las empleadas de casas particulares que eran parias en los dichosos tiempos de la República. Es un modelo costoso que sería glorioso mejorar lo que no se logrará bajando impuestos a troche y moche.

La Asignación Universal por Hijo (AUH) es un segundo avance notable. Un derecho para las familias, un programa de ingresos supeditado a requisitos objetivos, muy desligados de la discrecionalidad del otorgante.

En un notable ensayo, el politólogo Rodrigo Zarazaga, estudia con detalle a la AUH y a otros programas de ingresos, en particular el Argentina Trabaja. El texto se titula “Política y necesidad en programas de transferencias condicionadas”, forma parte de un buen libro compilado por el sociólogo Carlos Acuña, El Estado en acción. Uno aconsejaría su lectura a un puñado de editorialistas, pero sabe que lo suyo no es informarse en serio.

Zarazaga se explaya sobre la AUH, señalando su transparencia, la supresión de la arbitrariedad. Cree que su saldo es muy positivo, muy superior al de programas cuya contrapartida es el trabajo, que habilitan más disponibilidad de las autoridades.

Contra lo que se adujo en su momento y ahora recrea el ala más derechosa de la “opo”, la AUH no es un programa para desocupados ni fomenta la vagancia. Zarazaga (sacerdote jesuita, además) duda acerca de la eficacia del reclamo de contraprestaciones educativas y sanitarias de la AUH. No la considera probada. De su coleto, este cronista agrega que algunas cifras oficiales lanzadas al comienzo sobre aumento de las matrículas escolares fueron alocadas. Lo que solidificó la AUH es la tenaz voluntad de las familias (las madres en especial) por escolarizar y atender a sus hijos. El Progresar, que es un añadido valioso a la AUH, prolongó la protección desde los 18 hasta los 24 años, sigue un rumbo parecido. Una fracción notable de los chicos que se inscribieron ya estudiaban en nivel secundario o universitario.

Esas acciones, institucionalizadas y bien gestionadas, distan mucho de los planes Trabajar o Jefes y Jefas de Hogar que están desactivados aunque haya necios que los crean vigentes. Son correcciones importantes a la desigualdad, mayormente por ingresos. Una nueva marca de la época que podría motivar mociones superadoras. No es esa la agenda opositora, más atenta a otras variables… y a otras clases sociales.

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Apoyos y escenarios: Es valioso que ante la inminencia de las elecciones se ponga la lupa sobre el sistema educativo. Es muy imperfecto que se deje de lado inventariar al plan Conectar Igualdad. De nuevo: es universal, se concede “por ventanilla”. Contribuye a achicar la brecha de conocimientos y de recursos entre pibas y pibas de diferentes estamentos sociales.

El kirchnerismo mejoró sensiblemente los derechos y el patrimonio de los laburantes, en un contexto de crecimiento. Todos avanzaron, sí que un modo dispar. Un nuevo cuadro de situación refleja desigualdades (algunas ya apuntadas), finitud de las herramientas, amesetamientos. Son imperiosas, desde hace un buen rato, acciones de “segunda generación”, de sintonía fina. El precandidato presidencial Jorge Taiana acuñó una expresión sugestiva: el kirchnerismo debe escribir su “segundo tomo”, en consonancia con (pero no en repetición mecánica de) sus avances.

De cualquier modo, conserva la adhesión mayoritaria de los sectores populares, en especial de los más humildes. Confundir esa racionalidad instrumental de los humildes (apoyar al que mejor lo representó) con clientelismo es mala fe o algo así. Sobre todo si los derechos (AUH, Progresar, Conectar, jubilaciones) no se concedieron como gracias del gobernante.

Es todavía incierto el escenario electoral. Las lecturas de los encuestadores coinciden en predecir un sesgo clasista en la distribución de los votos. A título de hipótesis, este cronista añade que es verosímil que se produzca un final de polarización entre el kirchnerismo y otra fuerza, políticamente ubicada a su derecha. No sería un ejemplo de la peculiaridad argentina. Es lo que sucedió en Bolivia, Uruguay y Brasil, países hermanos y vecinos.

 

Bifurcación o integración/Manuel Mora y Araujo/PERFIL  

La Presidenta transmite señales de que espera tener un futuro en la política nacional. Estos días también ha sido noticia la aparición mediática de su hijo Máximo, quien hasta ahora parecía preferir un bajo perfil, aunque las circunstancias llevaron a levantarlo, pero no por su propia iniciativa.
Todo eso es absolutamente esperable. Todos nuestros ex presidentes han imaginado y buscado su permanencia en posiciones de protagonismo político. Alfonsín inicialmente coqueteó con una reforma constitucional que finalmente consiguió años después, en beneficio del presidente Menem. Desde el llano, Alfonsín buscó incansablemente posiciones de influencia en su partido y en la política nacional. Menem todavía es senador nacional, y últimamente se ha oído hablar de sus supuestas aspiraciones a la gobernación de su provincia. Duhalde insiste en buscar protagonismo aun cuando sus posibilidades de influir son mínimas. La resistencia de los líderes políticos a aceptar que su ciclo concluye es un dato casi constante de la política argentina. ¿Por qué Cristina Fernández de Kirchner habría de ser diferente?Es bastante claro en casos como los mencionados que los dirigentes que buscaron permanecer en posiciones de poder no tomaron demasiado en cuenta sus efectivas posibilidades de lograr la influencia que buscaban. Y tampoco midieron las consecuencias negativas –aun desde la perspectiva de los intereses de sus propios grupos políticos– que esas acciones podían acarrear. No hay fundamento alguno para pensar que eso podría ser distinto ahora.

Otra cosa es preguntarse cómo la Presidenta traza la línea demarcatoria entre el “nosotros” y los otros. La actividad política contiene siempre una tensión que se agudiza cuando un liderazgo ha cumplido un ciclo: el líder tiende a imaginar que su lugar seguirá siendo ése, el de líder o conductor, pero parte de sus seguidores considera que el futuro de su grupo requiere que el liderazgo sea renovado. Los seguidores deben manejar esa difícil tensión entre, por un lado, su percepción de lo que más conviene al grupo –y a sí mismos, por cierto, porque cada uno está donde está movido por una combinación de aspiraciones colectivas y aspiraciones personales–, y por otro lado, su lealtad al líder.

El peronismo ha contenido, desde sus orígenes, dos líneas contrapuestas: una “verticalista”, otra “pluralista”. En el balance de sus 12 años de protagonismo en la política nacional, los años de Néstor Kirchner dieron al kirchnerismo el vigor de lo plural y los años de Cristina lo llevaron a la consistencia de lo vertical. Aunque rara vez lo expresen abiertamente, muchos cuadros de la primera y la segunda línea del actual gobierno provienen de un peronismo con raíces históricas más diversas que el kirchnerismo, vieron la luz antes que éste hiciera su aparición en la historia reciente. Hoy, la candidatura de Scioli encarna a esa tradición plural; es una opción para avanzar hacia la reabsorción del kirchnerismo en la tradición peronista.

El futuro que la Presidenta está persiguiendo ¿a quienes incluye, más allá de su círculo más estrecho de seguidores? A veces actúa en nombre de lo que hoy ella misma representa, a veces en nombre de una acepción más amplia de lo que es el “kirchnerismo”, y a veces en nombre del peronismo, como quiera que se lo defina. No está del todo claro si la entrada en escena de Máximo busca reforzar el círculo estrecho o es más bien un camino para hacerlo parte de una corriente más amplia que reinserte al kirchnerismo en el peronismo. O, en otros términos, si se trata de un desafío a parte de la tropa que hoy se siente cercana al Gobierno o es más bien un intento de sumarlo a ella, si va a competir por un lugar al que aspiran peronistas de vieja data que hoy se sienten parte del oficialismo o si va a integrarse a ellos y acompañarlos respetando títulos y trayectorias.

Todo eso se expresa en el interrogante que muchos análisis expresan diariamente. ¿Apoyará la Presidenta a Scioli si éste mantiene posibilidades ciertas de ganar la elección presidencial, o preferirá más bien a un candidato perdedor surgido de entre quienes carecen de un posicionamiento propio?

Disyuntiva. Se están configurando dos escenarios del futuro político inmediato con respecto a la relación entre el actual kirchnerismo y el tradicional peronismo: en un escenario se mantienen separados, en el otro vuelven a integrarse.

Por otra parte, la política es siempre una mezcla de poder y de representación. En la actual coyuntura, en el kirchnerismo Scioli es el más acabado producto de la capacidad de representar. La candidatura de Recalde –para tomar un caso opuesto– es un típico producto de la verticalidad, de ejercicio del poder.

En esos términos, tal vez estemos en un buen momento: la representación, como fenómeno espontáneo de la sociedad, está generando límites al ejercicio del poder. Scioli es candidato, y representa a quienes representa –tanto a votantes como a dirigentes a lo largo y ancho del país– por gravitación propia. También Massa, a quien nadie ungió candidato haciendo uso del poder. También Macri.

Y con Macri sucede algo más: con algo de asombro y bastante de curiosidad, el público sigue estos días la saga de Gabriela Michetti , que desafía a su líder con el capital de sus propios votos. Al menos en este momento, la tradición argentina de candidatos seleccionados a dedo está siendo bastante neutralizada. Habrá que ver, entonces, cuál es la suerte que correrán los que se ganaron un lugar a la sombra del poder y de la militancia organizada, como La Cámpora y su inspirador, Máximo.

Disponen de poder, pero en materia de acumular representación todavía no han mostrado demasiado; pero es cierto que es temprano para llegar a una conclusión.

Otra cosa es Cristina de Kirchner. Aunque se habla mucho de su poder y su vocación verticalista, lo cierto es que ella se respalda tanto en sus recursos y capacidades de ejercer el poder como en su bastante notable capacidad representativa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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