“A estos muchachos los han matado a todos y los han enterrado en la montaña”

Posiblemente el hecho de estar a punto de dar a luz hizo que Nora Otín fuera la única sobreviviente directa de los operativos de abril de 1.977 contra una quincena de militantes montoneros.

La víctima también sufrió un fugaz pero violento y traumático secuestro el 7 de abril de 1.977 cuando se dirigía a su casa en Las Heras. Por esas horas fueron desaparecidos Miguel Julio Pacheco, su compañero, y Elvira Benítez, que huía de la represión en San Juan.

Su relato estuvo plagado de denuncias y puntualizaciones sobre la dureza de la vida en la clandestinidad. Como la familia Pérez, con tres víctimas directas en esta caída, Otín también proviene de General Alvear. De allí que amerita la reconstrucción del testimonio que otro sobreviviente de ese departamento -Miguel Ángel Rodríguez, presente en la audiencia del 10 de noviembre- brindó hace unas semanas.

“A tu casa no vuelvas más, a tu marido no lo vas a volver a ver más y de acá andate a la casa de tu tía (que vivía frente a la Policía Federal) o al sanatorio donde vas a tener a tu hija” fue la alevosa amenaza que recibió Nora Cristina Otín cuando fue arrojada desde un vehículo por sus secuestradores hacia el atardecer del 7 de abril de 1.977 en proximidades del predio universitario en el Parque San Martín. Ella era muy joven, estaba embarazada “a término” y vivía con su marido, Miguel Julio Pacheco. Se habían conocido años antes en La Plata -Nora nació en General Alvear- por la militancia común en la Juventud Universitaria Peronista. Él estudiaba Arquitectura, ella Odontología.

Para 1.974 “la cuestión fue poniéndose peligrosa” y al año siguiente empeoró: “La Triple A empezó a matar compañeros” y Julio fue amenazado de muerte en pleno centro desde un vehículo sin patente. La conducción de Montoneros -donde se había integrado Julio- les sugirió que huyeran a Mendoza, adonde confluyeron el 24 de marzo de 1.976. Recién para octubre restablecieron contacto con la organización a través de Jorge Albino Pérez, por lo cual Julio reinició la militancia a través de citas e intercambios de información.

Ella estaba embarazada. Vivieron en distintos domicilios de parientes y compañeros de estudio, hasta que se casaron en diciembre y alquilaron un departamento en la calle Sargento Cabral de Las Heras. En el interín habían llegado de La Plata sus compañeros de estudios y de la JUP, Luis López Muntaner -cuyo hermano Francisco fue secuestrado durante “La noche de los lápices”- y Marta Lastrucci, que también estaba embarazada. Pasaron primero por General Alvear, donde familiares de Nora les dijeron cómo ubicarlos en Mendoza. Julio entró a trabajar en la constructora “Natalio Faingold” y ella en una inmobiliaria. En febrero del 77 resguardaron a Elvira Orfila Benítez y su hija de dos años, María Victoria. Primero las protegió un tiempo Jorge Pérez pero debió encomendarlas a la pareja. Venían perseguidas desde San Juan, además Carlos Pardini -el padre de Victoria- ya había sido detenido.

Para abril, Nora cumplía los plazos del embarazo. El día 7 se despidió por la mañana de su compañero, con la expectativa de encontrarse horas después, luego de un control médico. Era jueves santo y de regreso a su casa compró pescado, el vuelto lo puso en un dobladillo del vestido porque en la cartera tenía el sueldo completo que Julio había cobrado el día anterior. Al acercarse a su domicilio -un pasillo de departamentos- advirtió la presencia de alguien parado en la puerta y un Fiat 125 color cremita.

“Llegó el momento -dijo que pensó-, si sigo de largo me pegan un tiro de atrás y si entro me agarran ahí”. Entró. La violentaron y robaron su cartera, y con mucha fuerza la introdujeron en el auto donde camuflados la vendaron y le empezaron a preguntar por sobrenombres como “Lobito”, que era el apodo de su marido. Gracias al movimiento del vendaje alcanzó a divisar el letrero de la calle: “Belgrano”, leyó, y recordó el terror que le causó saber donde estaba.

Nora Cristina Otín sobre su salida tras el secuestro en el D2, amenazas contra su compañero Julio Pacheco y conocimiento de los captores de su estado de parturienta. Audiencia del 11 de noviembre de 2.014.

Dos nacimientos en medio del horror

Posiblemente se tratara del D2, según Nora alcanzó a registrar durante las dos o tres horas que permaneció secuestrada. Recuerda como “un galpón amplio”, las escaleras y el paso del tren. Luego la volvieron arrojar al vehículo y “anduvieron bastante” hasta que la hicieron bajar con los ojos cerrados en una zona inhóspita del pedemonte. La consiguiente amenaza para que se olvidara de Julio y se dirigiera a la casa de su tía o al sanatorio, demuestra la inteligencia que sobre ellos se había desplegado, de hecho, la internación prevista para el parto era en una clínica privada.

Por el vuelto de la compra de pescado en el dobladillo del vestido pudo ir hasta la casa de una hermana que vivía frente a la Terminal. Con su cuñado llamaron a la empresa donde trabajaba Julio: No se había presentado. Llegaron a la conclusión que se lo llevaron en el camino entre la casa y el trabajo porque “nadie nunca vio nada de dónde fue levantado”. Respecto a ella, resolvieron que regresar a la casa de sus padres en General Alvear y prepararse para el alumbramiento “era la única salida”. Era “toda una situación familiar muy crítica, sin saber dónde ir y a quién recurrir”, explicó, al punto de “ni siquiera tener la chance de ir a mi casa a buscar el ajuar de mi hijo”.

El viernes santo llegó al sur, a la casa de sus padres. Por la noche arribó Marta Lastrucci, también parturienta y cuyo compañero, Luis López Muntaner, había sido secuestrado ese 9 de abril. El 13 de abril de 1.977 nacieron los bebés de ambas mujeres: Nora parió en el Hospital de San Rafael a las once de la mañana, Marta lo hizo a las once de la noche en el nosocomio alvearense. Para Otín, los grupos de tareas “sabían perfectamente dónde y cómo estábamos las dos”. Días después, Lastrucci se fue con sus suegros a La Plata y luego al exilio en Italia.

Por el dueño de la vivienda que Julio y Nora alquilaban al momento de los secuestros, el garante y algunos vecinos, supo que en el operativo hubo personas armadas hasta en el techo; que a Elvira Benítez se la habían llevado los captores; que a su hija María Victoria la entregaron a un vecino y que luego fue recuperada por sus abuelos maternos; y que adentro de su casa habían robado todas sus pertenencias, “absolutamente todo, todo, todo”.

Nora Cristina Otín sobre versión de su padre respecto a información del  suboficial García Vila de Campo Los Andes acerca de enterramientos en la montaña. Emitido en “Línea Editorial”, audiencia del 11 de noviembre de 2.014.

Más aportes sobre el genocidio desde y en General Alvear

Entre las decenas de trámites y gestiones que Nora Otín emprendió junto a los padres de su compañero por su búsqueda, recordó escritos a monseñor De Nevares y a Pío Laghi -con respuestas negativas- y habeas corpus redactados de su puño y letra porque ni siquiera en San Rafael halló abogados que aceptaran las denuncias y reclamos. Entonces entró en contacto con la madre de otro desaparecido de General Alvear, Raúl Reta.

La víctima y testigo refirió en su testimonio el conocimiento que tuvo de otras personas nacidas en el sur mendocino y que fueron perseguidas en el marco del operativo de abril de 1.977. Así, recordó a Albino Pérez y su familia como personas de las que se tiene un gran recuerdo en el pueblo. Jorge, su hijo mayor, tenía una cita con Quiroga el 6 de abril a la cual no fue, por tanto estima que fue secuestrado ese día junto a su tío Emiliano.

En el sur de Mendoza la represión fue tan o más intensa -en proporción- que la ejercida en la ciudad Capital y alrededores. San Rafael y General Alvear cuentan con decenas de detenidos y desaparecidos en el propio territorio pero también fuera de él. Como San Juan y San Luis, los departamentos del sur mendocino “pertenecían” territorial y jurisdiccionalmente al Comando de la VIII Brigada de Infantería, bajo órbita del III Cuerpo del Ejército al mando de Luciano Benjamín Menéndez. Al igual que en las demás jurisdicciones, los ejecutores locales gozaban de cierta autonomía para mantener alineados sus intereses con los del plan genocida que les pagaba por perseguir, secuestrar y torturar a personas que habían crecido con sus hijos.

Comprometidos jóvenes militantes y familias enteras vieron alguna salida posible en Mendoza. Otros ya habían dado el salto a la ciudad en plena “calma chica”, o a San Juan, o a Córdoba u otras ciudades. Pero en su mayoría retornaron acuciados por el ambiente represivo, omnipresente adonde se marcharan. Lo mismo sucedió con muchísimos estudiantes y militantes de La Plata que, en diferentes oleadas represivas contra sus diversos grupos de pertenencia política, recalaron desde 1.975 en nuestra provincia.

Así, las víctimas del operativo contra Montoneros en abril de 1.977 que nacieron en General Alvear son Nora Otín -única sobreviviente de la caída grupal-, Juan Manuel Montecino y Jorge Pérez y su tío, Emiliano Pérez. Por eso, entre otros puntos, destacaron en la semana los aportes de Rosa Pérez e Isabel Guinchul, testigos presenciales de los operativos contra el hijo mayor y uno de los hermanos del dirigente Albino Pérez, cuya trayectoria combativa dentro del peronismo local acarreaba, para él y sus hijos, contrariedades cada vez mayores desde el gobierno de Isabel Martínez.

“Acta de procedimiento de aprehensión de comunistas”

De allí la oportunidad para rescatar la reseña sobre el testimonio que en esta megacausa aportó el 28 de octubre Miguel Ángel Rodríguez, sobreviviente del terrorismo de Estado. En esa jornada, otra sobreviviente, Norma Graciela Arenas, se emocionó al advertir públicamente que tras 38 años se habían reencontrado en los pasillos del Tribunal, compañeros entre el dolor y la solidaridad en pugna durante el cautiverio compartido en el D2. Miguel Ángel le respondió que nunca se olvidó de ella. Algo que tampoco hizo respecto a su conciudadana Nora Otín, a quien acompañó desde el público el lunes pasado.

Tras conocer en carne propia la represión desatada en Buenos Aires y General Alvear, lugar donde creció, el pampeano Miguel Ángel Rodríguez se ubicó en la Ciudad de Mendoza a principios de 1.976 y se reconectó políticamente en la agrupación TUPAC en torno a la Facultad de Medicina. Rodríguez y Oscar Krizyzanovsky, respectivamente de 23 y 35 años, eran militantes de Vanguardia Comunista cuando fueron detenidos en el Barrio San Martín por repartir panfletos el 17 de diciembre del 76. Dos oficiales de la Comisaría 33 los amenazaron y sometieron a simulacros de fusilamiento, con una paliza de ingreso a la seccional a la que se sumó una decena de efectivos.

En la 33 fueron vendados, maniatados, golpeados e interrogados por policías uniformados. Las preguntas se centraron en la actividad social que desplegaban, en la sociedad de fomento del Barrio Obrador y sobre quiénes los habían mandado a volantear. Fueron trasladados al D2 e inmediatamente sometidos a torturas con aplicación de picana eléctrica. Rodríguez identificó a “El Porteño” como un profesional en su trabajo. Durante los 22 días que permaneció en el centro clandestino compartió cautiverio con Alfredo Hervida, Rosa del Carmen Gómez, Norma Arenas y Ciro Jorge Becerra.

Hervida está integrado en la misma causa de Rodríguez y Krizyzanovsky porque fue secuestrado en fechas próximas bajo idéntica acusación, derivada del “Acta procedimiento de aprehensión de comunistas”, elemento de trabajo habitual de los policías entonces comandados por el comisario general Pedro Sánchez Camargo. A Hervida le allanaron tanto su casa en la Capital como la de sus padres en General Alvear, de donde conocía a Rodríguez.

El 10 de enero de 1.977 el grupo de prisioneros fue trasladado a la Penitenciaría Provincial, Miguel Ángel tenía fisura de costillas. Apenas llegado, y por lo que estimaba “la posibilidad de seguir viviendo” en relación a lo que él y sus compañeros habían padecido en el D2, Miguel Ángel fue sorprendido de inmediato por un nuevo interrogatorio, vendado y golpeado en “La Peluquería”. El hecho fue perpetrado por personal de la Fuerza Aérea que se identificó como tal. El “ablande” se repitió al día siguiente y lo obligaron a firmar una declaración falsa. Comprobó que “los días del D2” seguían.

El 25 de marzo de aquel año lo trasladaron a la Unidad 9 de La Plata y obtuvo la libertad en julio de 1.980, desde el Penal de Caseros. En 1.978 había sido condenado con Hervida y Krizyzanovski por la Justicia Federal. Por los delitos en su contra están acusados Juan Agustín Oyarzábal -ex subjefe del D2-, el ex teniente coronel Paulino Furió y el ex funcionario judicial Guillermo Petra Recabarren.

Miguel Ángel Rodríguez sobre las condiciones físicas al salir del D2 y la continuidad de interrogatorios bajo violencia en la Penitenciaría. Audiencia del 27 de octubre de 2.014, fragmento emitido en “Línea Editorial”.

“Avisen a mi mamá”

De las menciones del dolor y la solidaridad entre compañeros y compañeras de presidio, Miguel Ángel recordó del grupo del D2 a Rosa Gómez como quien daba aliento constantemente a pesar del asiduo ingreso de policías a su celda, a Hervida, a Jorge Becerra y a Norma Arenas. En particular refirió el aberrante episodio de fin de año, por el cual fueron brutalmente agredidos por los policías, al punto de provocarle convulsiones a Hervida, que sufría de epilepsia.

Rodríguez evocó vivamente a cada una de las personas que compartieron con él la experiencia de crecer en General Alvear, de desarrollarse como sujetos políticos en la ciudad y luego ser víctimas del terrorismo de Estado. Así, recordó a Bonoso Pérez -“un excelente alumno en la Escuela de Comercio, persona de bien que se lo recuerda mucho, jugaba al fútbol en el Club Andes, supe de su detención a fines del 76, éramos muy allegados y discutíamos alrededor del peronismo”-, Sabino Rosales, Juan Manuel Montecino -compañero de la escuela primaria con algunos contactos mínimos por militancia antes del golpe- e Isabel Núñez, que tuvo un breve y desesperante paso por el D2 con su bebé de dos meses.

También hubo en la voz de Miguel Ángel tiempo y espacio -memoria- para otro alvearense al cual no vio presencialmente, Pedro Borizuk. En una de las celdas por las cuales anduvo o alcanzó a divisar durante su presidio, inscripto en un muro o en una puerta, leyó y retuvo para siempre la firma del paisano y su pedido: “Avisen a mi mamá”.

Fuente:www.nacionalmendoza.com.ar

Imágenes: Gentileza www.juiciosmendoza.wordpress.com

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