Amazon: el capitalismo voraz

El gigante tecnológico es un espejo del capitalismo norteamericano. Sus valores, acciones, su poder y sus debilidades incrementan la competitividad salvaje y perpetúan las desigualdades sociales. Aquí, algunas apostillas del coloso.

Amazon siempre ha sido un competidor despiadado. Cuando la compañía comenzó, en 1995, con menos de una docena de empleados, Jeff Bezos consideró nombrarla “Implacable”. De hecho, la compañía aún posee la URL: relentless.com que se redirige a amazon.com.

Hoy, Amazon es el segundo empleador privado más grande de Estados Unidos, con más de 230.000 empleados, luego de Walmart. De sus treinta y ocho altos ejecutivos solo dos son mujeres, no hay afroamericanos y tres son asiáticos. Un tercio de todos los productos minoristas comprados o vendidos en línea en ese país pasan por sus manos. Su división de servicios web impulsa vastas porciones de Internet, desde Netflix hasta la Defensa Nacional.

Amazon, al igual que Google y Facebook, se ha vuelto demasiado grande y poderoso. Políticos moderados como Joe Biden ven a la compañía como un símbolo del capitalismo desbocado. En Twitter, Biden dijo recientemente de Amazon: “Ninguna compañía que obtenga miles de millones de dólares de ganancias debería pagar una tasa impositiva más baja que los bomberos y los maestros”, apuntando a una de las razones de su éxito: pagar menos impuestos que los maestros.

La obsesión de Amazon con la expansión lo convirtió en el equivalente corporativo de un colonizador, invadiendo nuevas industrias y devorando a muchas compañías pequeñas en su camino, dice Charles Duhigg, del New Yorker. En 2006, la compañía lanzó Fulfillment by Amazon, una iniciativa en la que firmas de terceros alojaban el inventario dentro de los grandes almacenes de Amazon y pagaban una tarifa para que la empresa manejara la logística. Para participar, tenían que pagar alrededor de dos dólares por artículo. También tuvieron que dejar que Bezos recopilara datos valiosos sobre qué productos se estaban volviendo populares y qué compañías tenían problemas para satisfacer la demanda. Pronto, algunos vendedores se vieron compelidos a participar en Fulfillment by Amazon, de lo contrario quedaban fuera de la competencia.

Recientemente, el Congreso de los EE.UU. y la Unión Europea comenzaron a analizar el desempeño de Amazon y empresas similares, por temor a que impidan la competencia, porque es claro que Amazon fija las reglas.

Tim Wu, profesor de derecho en Columbia, especialista en medios y competencia, dijo: “Amazon es el sueño húmedo de un macroeconomista. Si eres un consumidor, es perfecto para maximizar la eficiencia de encontrar lo que quieres y conseguirlo lo más barato y rápido posible. Pero, la cuestión es que la mayoría de nosotros no somos solo consumidores. También somos productores, fabricantes o empleados, o vivimos en ciudades donde los minoristas han cerrado porque no pueden competir con Amazon, por lo que Amazon nos enfrenta a nosotros mismos”.

Amazon, el año pasado, recaudó ciento veintidós mil millones de dólares de las ventas minoristas en línea, y otros cuarenta y dos mil millones ayudando a otras empresas a vender y enviar sus propios productos. La compañía recaudó veintiséis mil millones de dólares de su división de servicios web, que tiene poco que ver con vender cosas a los consumidores, y catorce mil millones más de personas que se suscriben a servicios de suscripción como Amazon Prime o Kindle Unlimited. Y luego hay diez mil millones de ventas de anuncios y otras actividades demasiado numerosas para enumerarlas en los documentos financieros. Ninguna otra compañía de tecnología hace tantas cosas no relacionadas, en tal escala, como Amazon.
Amazon es especial no por ningún activo o tecnología, sino por su cultura: sus principios de liderazgo y sus hábitos internos.

Los críticos dicen que Amazon utiliza el torrente de datos que recopila para saber qué productos están listos para convertirse en éxitos de taquilla, y luego los copia. En julio, la UE anunció una investigación sobre si Amazon utiliza “datos confidenciales de minoristas independientes que venden en su mercado” para promover injustamente sus propios productos o para crear productos de imitación.

Otro de los frentes de Amazon es con los sindicatos. En 2000, cuando Communication Workers of America intentó sindicalizar a cuatrocientos representantes de servicio al cliente de Amazon en Seattle, la compañía cerró el centro de atención telefónica donde trabajaban esos empleados, como parte de lo que dijo era una reorganización más amplia. En 2014, impidió la sindicalización de un grupo de técnicos en un almacén de Amazon en Delaware. En 2017, cuando los trabajadores de Whole Foods –la empresa de alimentos de Amazon– comenzaron a explorar la sindicalización, los gerentes de las tiendas recibieron un video explicando cómo el sindicato arruinaría la empresa. El impulso sindical se estancó.

Dave Clark, el vicepresidente senior de operaciones mundiales, dijo recientemente: “No puedo ver cómo los sindicatos agregan valor a nuestras operaciones actuales”.

Los activistas también han notado que Bezos es mucho menos filantrópico que muchos de sus compañeros. Entre los cinco principales multimillonarios de Estados Unidos, él es el único que no ha firmado la Promesa de Donación, un programa creado por Bill Gates y Warren Buffett, que alienta a los ciudadanos más ricos del mundo a regalar al menos la mitad de su riqueza.

Mientras tanto, Amazon ha recibido críticas particulares por su enfoque de los impuestos federales. Las presentaciones financieras muestran que Amazon probablemente no pagó ningún impuesto federal sobre la renta de los EE. UU., en 2018. Amazon, a diferencia de Apple o Google, no transfiere ganancias a países extranjeros, evitando así los impuestos estadounidenses. Sin embargo, la baja factura de impuestos de la compañía ha enfurecido a sus detractores de la izquierda. En una de varias críticas dirigidas a Amazon en un reciente debate demócrata.

Un número creciente de reguladores en Washington, DC y en Europa argumentan que Amazon, junto con otros gigantes tecnológicos, deben ser controlados. Hasta los años setenta, muchas compañías de procesos estaban limitadas por el temor a la aplicación antimonopolio de los Estados Unidos. Durante la Administración Reagan, los reguladores y los tribunales decretaron que las decisiones antimonopolio no deberían basarse en gran medida en el tamaño de una empresa o en sus tácticas de intimidación, sino más bien en cualquier aumento de precios impuesto a los clientes. Cuando aparecieron Facebook y Google, regalando sus productos de forma gratuita, y surgió Amazon, con su devoción por mantener los precios bajos, la aplicación de la ley antimonopolio era una preocupación remota.

Las cosas comenzaron a cambiar a principios de este año. En junio, el jefe de la división antimonopolio del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, el abogado iraní-americano y exlobista de Google, Makan Delrahim, designado por Trump, pronunció un discurso declarando que los reguladores antimonopolio ya no estarían limitados por “la noción incorrecta de que la política antimonopolio es solo motivada por mantener los precios bajos.”

El representante demócrata David Cicilline, quien preside el subcomité antimonopolio de la Cámara, y que recibió fuertes donaciones de cinco altos ejecutivos de Amazon, antes de iniciar la investigación antimonopolio que está hoy en curso, declaró: “Existe un consenso bipartidista de que tenemos la responsabilidad de hacer que estos mercados vuelvan a funcionar. Más competencia significa una mejor protección de la privacidad. Significa un mejor control de los datos. Significa más innovación”.

Elizabeth Warren, una de las críticas más contundentes de la industria de la tecnología, ha dicho que, si gana la Presidencia, tiene la intención de romper Amazon, Facebook y Google. Un elemento central de su argumento es la idea de que, aunque la consolidación podría no haber elevado los precios de ciertos servicios en línea, ha ayudado a deprimir los salarios, inflar los salarios de los ejecutivos y sofocar el surgimiento de nuevos negocios. Esto, a su vez, ha contribuido a la disminución de la seguridad financiera de la clase media y al aumento de la desigualdad de ingresos y riqueza. Ella ha propuesto que sea ilegal que compañías como Amazon posean mercados en línea y al mismo tiempo vendan productos en esas plataformas. “Amazon aplasta a las pequeñas empresas”, escribió Warren, en un plan para expandir la competencia en línea.

Amazon ha respondido a la creciente amenaza política ampliando sus esfuerzos de lobby. Los registros federales indican que, en 2018, Amazon presionó a más organismos gubernamentales que cualquier otra empresa de tecnología estadounidense. Ha presentado su caso en todo Washington, ante senadores, representantes, el Departamento del Tesoro, el Departamento de Justicia y hasta la NASA. Gran parte del lobby de Amazon se ha dedicado a obtener contratos gubernamentales: es un contendiente líder para un proyecto de diez mil millones de dólares para centralizar la computación en la nube del Departamento de Defensa. Pero un exfuncionario federal que trabaja en asuntos antimonopolio dijo que el otro lobby de la compañía es para “aclarar” a quien piense en romper Amazon, que habrá muchos trabajos perdidos en “su distrito”.

En junio, después de que la Representante Alexandria Ocasio-Cortez dijera en televisión que la riqueza de Bezos “se basa en pagarle a la gente los salarios de hambre y despojarlos de su capacidad de acceder a la atención médica”, el jefe de políticas públicas y comunicaciones de Amazon, y exvocero de la Casa Blanca, Jay Carney, lanzó el contrataque: “Todos nuestros empleados obtienen beneficios de primer nivel.”

Cuando el Times publicó un artículo acusando a la compañía de “una especie de ilegalidad” en su librería que vendía libros de texto médicos falsificados, y parecía no preocuparse por “la autenticidad, mucho menos la calidad, de lo que vende”, Amazon seleccionó a un grupo de trabajadores del almacén para que fuera una especie de ejército de respuesta rápida en Twitter y los nombró “embajadores”. Cuando un partidario de Bernie Sanders tuiteó que Amazon era antisindical, un empleado del centro de cumplimiento, @AmazonFCJanet, respondió: “Los sindicatos son ladrones”.

Todos los ingredientes de la puja capitalista están sobre la mesa a la hora de hablar de Amazon y el ambiente en el cual ha crecido moldeando la realidad a sus necesidades. ¿Cuánto tiempo más durará este estado de cosas? Por ahora las Big Tech gozan de una gran musculatura y de una excelente salud.

Por Alejandro Garvie/ 20 Manzanas

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