Carola Lorenzini la 1º aviadora acrobática latinoamericana

Carola, fue alumna del recordado piloto acrobático sanrafaelino Santiago Germanó.

Una mujer destacada, primera aviadora acrobática latinoamericana en recibir su certificado oficial por la Asociación Civil de Aviación de la República Argentina y también primera en imponer varios récords.

Carola Lorenzini Nació el 15 de agosto de 1899, en lo que es la actual ciudad de Alejandro Korn, provincia de Buenos Aires. Fue la séptima de ocho hermanos. Surgida en una familia modesta, practicó deportes en su juventud, como equitación, atletismo y hockey. Estudió taquigrafía y dactilografía, para tener un oficio. Más tarde ingresó como taquígrafa en 1923, en la Compañía Unión Telefónica. En el año 1925 fue campeona de atletismo.

Carola era llamada «La Paloma Gaucha» porque usaba sus prendas tradicionalistas a la hora de pilotear. Murió el 23 de noviembre de 1941 en un incidente aéreo mientras realizaba una exhibición en el aeródromo Presidente Rivadavia, con motivo de la visita de una escuadrilla de aviadoras uruguayas. La habían invitado a realizar su famoso looping invertido, acrobacia en la que el piloto queda totalmente invertido con los pies hacia arriba

Carolina Elena Lorenzini, era un personaje singular, su biografía insiste en subrayar la excepcionalidad de su figura. En el caso de Lorenzini, la aviación no fue un pasatiempo excéntrico sino una conquista en un terreno netamente habitado por hombres. Pero fue la mejor, y la única que junto a Santiago Germanó, su maestro, ostentaba el privilegio de ejecutar en el aire una prueba de acrobacia de alto riesgo: el looping invertido, una suerte de vuelta que desafía las reglas de gravedad, dejando al piloto literalmente con las patas para arriba y con muchas posibilidades de cortar flores con la boca, recoger pañuelos y sombreros debidamente ubicados en pistas de aterrizaje. O –como fue su caso, en el final de su carrera– de matarse. Pero la historia comienza mucho antes.

En 1933, el Aero Club Argentino le entregó a Carola Lorenzini su carnet de Piloto Aviador Civil. Para llegar a obtenerlo, la muchacha de San Vicente había repartido su tiempo trabajando en la Compañía Unión Telefónica y dirigiendo a las autoridades incesantes pedidos para ingresar al curso de pilotaje. Pudo por fin juntar el dinero suficiente y tomar las clases en un avión Fleet Nº 51. Sin embargo, fue su puesto en la telefónica el que le impidió escoltar la llegada del Graf Zeppelin. Una respuesta a una lectora, aparecida el 2 de julio de 1934 en la sección cartas del diario El Mundo, resume el percance de manera inmejorable. La respuesta del diario, dirigida a una empleada insatisfecha que protestaba, le recomienda que “no se queje de las imposiciones que le acarrea su empleo y piense que todo pasa”. Y luego trae a colación el ejemplo de Lorenzini: “El día de la llegada del Graf Zeppelin, una aviadora argentina, la señorita Lorenzini, estaba designada por el Aero Club Argentino para efectuar el vuelo de homenaje a la nave aérea. Sin embargo, su jefe inmediato no le otorgó el permiso que le solicitó para faltar a sus horas de oficina, es decir, el sábado 30 de 9 a 12. Así, la simpática aviadora tuvo que quedarse en su puesto de burócrata y renunciar a las alas por un día. Cualquier mujer hubiera tenido por lo menos una pataleta, pero ella sonrió y trabajó con todo su aplomo. Si usted se arma de paciencia podrá soportar todas las miserias humanas e inhumanas. Firmado: Graciela”.

Lorenzini no era cualquier mujer

Su excepcionalidad tiene menos que ver con su acatamiento al jefe, que con sus notables marcas. En 1935 logró el record de altura y llegó a 5700 metros, vale señalar que sin máscara y con un avión con cabina abierta, como eran los de esa época. En 1938 ya estaba gestando el proyecto del raid aeronáutico para unir las 14 provincias. Las anotaciones y trazados que hizo en ese viaje fueron de gran utilidad para los mapas del correo: los aviones no tenían instrumental, y el piloto debía realizar un reconocimiento visual permanente para seguir la ruta aérea.

Tampoco tenían altímetro, y el combustible se verificaba en pleno vuelo, golpeando el tanque y aventurando por el sonido del golpe qué tanto quedaba. Así volaba la mujer que despertaba la pasión del pueblo. Lorenzini visitó todos y cada uno de los pueblos del interior con su Focker Wulf, y su arribo a los campos convocaba a miles de personas. Tanto es así que aterrizaba muy lejos del lugar pautado para la visita, de modo que la hélice del avión no lastimara a nadie de los que se lanzaban a saludarla.

El trayecto hasta la multitud lo hacía a caballo; porque –como corresponde al personaje– Lorenzini, además, era una excelente amazona, domadora de caballos y atleta en variadas disciplinas.

En 1939 la echaron de la telefónica por sus reiteradas faltas. Seguramente dejó de ser un ejemplo para las empleadas-lectoras del diario El Mundo, aunque la revista Vosotras la destacó como una de las ocho mujeres del año. Y en 1940, cuando consumó el raid de las catorce provincias, se ganó nada menos que la tapa de la revista El Gráfico, con la que ilustramos esta nota.

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