Cerro Bola: baños termales del recuerdo

(*)Esos paisajes «eran nuestros». Nos bebíamos el aire fresco de la montaña cuando apenas amanecía, veíamos como las aguas cristalinas de los arroyos que bajaban de los cerros nos acariciaban suavemente los pies, cortábamos las flores silvestres y las abuelas arrancaban los yuyos serranos como la Yerba del Sapo, cola de piche o la ruda macho, para darle un sabor diferente al mate. Recuerdo que los viajes hacia cualquiera de los baños termales de San Rafael se iba preparando durante la semana, con los amiguitos diagramamos los planes que íbamos a llevar a cabo entre las rocas montañosas, imitando al Cisco Kid o al Búfalo Bill que veíamos en las películas del Cine Pérez de Goudge.

A las cinco de la mañana ya estábamos en pie. Nos vestíamos a la carrera, el pelo mojado y casi chancleteando las alpargata, ayudábamos a preparar las canastas llenas de víveres y bebidas. Las frazadas los manteles, el equipo de mate, los cubiertos, que no faltara nada. A las 6 todos estábamos arriba del camión encarpado por si las moscas lloviera. Cuando se repasaba lista a los viajeros partíamos por el macadam pedregoso, dejando atrás el pueblo y nos metíamos en el asfalto de La Pichana hacia los baños termales del Cerro Bola. A medida que los cerros azules que veíamos a lo lejos se iban amarronando, para los chicos parecía que tocáramos el cielo con las manos. Se aproximaban las montañas y eso para nosotros lo era todo.

Luego de atravesar una larga huella serpenteando entre jarillas, molles y piquillines, desde un pequeño cerrito veíamos la estructura de las termas del Cerro Bola. A un costado los encarpados y en el medio la pista de baile con su techo de paja y barro. Bajábamos a la carrera del camión y nos metíamos entre el laberinto de rocas mientras nuestros padres y abuelas rumbeaban a las piletas con aguas termales medicinales porque la mayoría buscaba mejorar la dolencia del reumatismo y de los «huesos». Al mediodía decenas de humaredas anunciaba el asado a campo afuera. En cada carpa nunca falto un guitarrero y dos paisanos cantando a dos picos alguna tonadita añeja de don Hilario Cuadros o un sentido valsecito criollo que hablaba de sueños y recuerdos queridos de algún amor perdido.

Entonces todo el paisaje, toda la montaña, todas las rocas, todos los yuyos, todo era nuestro. El rio era nuestro porque eso fue una herencia que nos dejaron nuestros hermanos de los pueblos originarios. Hoy todo eso son de otros. El Cerro Bola, La Vigorosa, Los Molles, el Tesoro Misterioso, El Juncalito, y otros baños termales eran de la gente. Allí nos criamos cuando niños, allí soñamos, allí parimos los mejores momentos de nuestras vidas. La vivimos intensamente. Hoy cuando vemos que otros niños sienten que todo este paisaje tiene alambrados, que les prohíben todo, vuelvo a mi niñez con lagrimas en los ojos.

¡¡¡Cuantas cosas que hemos perdido!!!…..para que recordar…

(*)por Osvaldo Barroso

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