Cuatro botellas de agua de la Difunta Correa y una manguera abandonada: el milagro para cruzar las Altas Cumbres

Cuatro botellas de agua de la Difunta Correa y una manguera abandonada: el milagro para cruzar las Altas Cumbres

Un profesional contó en las redes una historia increíble que le ocurrió cuando levantó haciendo dedo a un policía, que lo salvó de quedar con el auto parado en la montaña.

Con cuatro botellas de agua que le habían dejado a la Difunta Correa y una vieja manguera abandonada en la montaña, un policía al que había levantado haciendo dedo en el Camino de las Altas Cumbres le permitió a un conductor llegar a Villa Dolores, luego de unos días de descanso en Villa Carlos Paz, durante las vacaciones de julio.

La historia, que publicó hace pocas horas el psicólogo Gabriel Olivo en su cuenta de la red social Facebook, tiene ya una importante cantidad de Me Gusta y compartidos, además de comentarios elogiosos hacia él y hacia el policía, el sargento Juan Martín Falcón, quien es el héroe del relato.

“Volvía sólo a San Rafael luego de mis cortas vacaciones invernales en Villa Carlos Paz cuando a la altura de Cuesta Blanca, antes de ingresar al Camino de las Altas Cumbres observé un policía haciendo dedo. Eran las 7.15 de la mañana y hacía mucho, pero mucho frío. De inmediato paré y le pregunté dónde iba. Me dijo que a Villa Dolores. No lo dudé y le dije que subiera, sin saber que allí comenzaría una historia poco común, que me demostró que la solidaridad y los valores aún están vigentes en nuestra sociedad”, comienza su relato, como un cuento, Olivo.

Tras la presentación de los personajes, Olivo va al nudo: “Al poco tiempo, mientras transitaba por las imponentes montañas, noté que mi auto comenzaba a echar humo. Me asusté y pensé que se prendía fuego. Desperté a mi solitario acompañante y le dije lo que ocurría, aunque él ya lo había notado porque el humo ya había ingresado dentro del vehículo. Paré el vehículo a un costado de la carretera. Abrí la tapa del motor y miré aunque sólo para disimular porque de mecánica sé muy poco. El policía se acercó y observó la situación. En esa zona no tenía señal de celular. Mi compañero de viaje caminó cuatro cuadras hacia arriba e intentó llamar a una grúa de auxilio desde una altura superior pero tampoco tuvo éxito”, relató.No tenían escapatoria. “Analizamos la situación y le dije que hiciera dedo y subiera a cualquier vehículo que lo llevara hasta Villa Dolores y que desde allí me hiciera el favor de mandarme un vehículo de auxilio. Pero él no quiso dejarme solo. Dijo que con esa opción debería esperar cuatro o cinco horas en la ruta y que él estaba convencido de que podría arreglarme el desperfecto mecánico”, contó Olivo.

“Luego de mirar con atención descubrió que se había roto una manguera. -siguió el relato- Empujamos el vehículo 400 metros hasta un lugar donde se veía una imagen de la Difunta Correa en el medio de la montaña. Tenía cuatro botellas de agua de homenaje hacia ella. Se las tomamos prestadas aunque el policía me pidió que en el próximo viaje por la zona debía reponerlas. Recargamos el líquido perdido y así pudimos avanzar penosamente otros siete kilómetros hasta un puesto de artesanías donde paramos nuevamente ya que el motor se había recalentado nuevamente y el humo salía por todos lados”.

Con el agua milagrosa habían llegado hasta allí, pero no podían continuar sin otra providencia.

“Mi nuevo amigo- así ya lo consideraba pese a conocerlo desde hace poco tiempo- se bajó y pidió prestada unas herramientas para tratar de reparar el desperfecto. Lo hizo solo, sin que yo se lo solicitara. De puro gaucho que es. Estuvo más de dos horas y media trabajando, pero sin encontrar una solución definitiva. Resignado me dijo que necesitábamos algo para unir las dos mangueras rotas. Allí no tenían nada parecido. Pensé que era imposible encontrar una unión de esa medida con, en el medio de las montañas. Casi sin esperanzas me interné por el camino serrano para descargar mi vejiga, ya que el frío reinante había hecho de las suyas. Mientras satisfacía esa imperiosa necesidad fisiológica detrás de unas piedras, se me dio por mirar alrededor. Grande fue mi sorpresa cuando encontré tirado entre las piedras un elemento parecido al que necesitaba para reparar el auto. Miré al cielo. No lo podía creer. Casi llorando de la alegría y aún dudando sobre si serviría o no, se lo acerqué a mi amigo policía . El me dijo sorprendido: ¡Usted si que tiene suerte!. Las medidas de la union eran exactas. Con mucho esfuerzo logró conectar las mangueras, puse en marcha el auto y esperamos que conectara el ventilador. Si no prendía, no podía seguir mi camino. Hubo un poco de suspenso pero al final el equipo comenzó a funcionar. Ahora sí pudimos continuar tranquilos hasta Mina Clavero”, llegó al desenlace.

Hubo tiempo para agigantar un poco más aún a Falcón. “El motor, pese a esa reparación casera, nunca más levantó temperatura. Incluso pasamos Mina Clavero sin detenernos y llegamos a Villa Dolores sin problemas. Eso sí, cuatro horas después de lo que él tenía previsto originalmente. Seguía cansado pero contento por haber arribado a su casa. Le dije, con cierta vergüenza, cuánto le debía por el arreglo y él, mi amigo policía, casi se ofendió. Se negó a aceptar un solo peso y en cambio me abrazó y me agradeció por haber confiado en él al levantarlo de la ruta mientras otros conductores se habían negado a hacerlo con anterioridad”, dejó, para cerrar esta parte de la historia.

Como en todas las buenas historias heroicas, todos se transforman, para bien. “Después de despedirnos seguí viaje rumbo a San Rafael. Pasando Merlo, en la Provincia de San Luis, vi un auto detenido al costado de la Ruta con tres personas al costado del mismo, un joven y una pareja de personas mayores. Sensibilizado por la experiencia vivida con mi nuevo amigo policía, paré y les pregunté que sucedía. El muchacho me contó nervioso que se había roto el motor del vehículo y que debía llegar pronto al pueblo vecino puesto que su mujer estaba dando a luz. No lo dudé y me ofrecí a llevarlos. Estaba ansioso por ver a su mujer y porque sus padres- el matrimonio mayor que lo acompañaba- conocieran también al bebe. No perdí más que unos pocos minutos adicionales. El pueblo estaba cerca y no implicó desviarme mucho de mi trayecto original. Los dejé en el hospital. Se despidieron agradecidos de mi gesto, deseándome la mejor suerte del mundo. No sabían que ya la había tenido unos pocos minutos antes de conocerlos. Mientras manejaba rumbo a mi ciudad, donde llegué pocas horas después sin problemas, pensé en la increíble experiencia vivida. Concluí que vaya a saber por que causa o destino había sido protagonista de una linda cadena de favores, en un día que siempre recordaré. Los que lean esta breve historia dirán que es fruto de mi imaginación. Pero no, es la pura verdad. Pueden creerme o no, pero así ocurrió esa fría mañana de julio. De un simple gesto mío de ayudar al prójimo surgió esta enorme muestra de solidaridad de mi nuevo amigo policía. La Difunta Correa o las casualidades ayudaron, pero el verdadero gesto solidario surgió de él. Luego la historia se terminó de completar con la ayuda que brindé a ese muchacho y sus padres”, finalizó.

El relato es de nuestro vecino y amigo Gabriel Olivo

Fuente:www.lavoz.com.ar

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