«Cuentos para mis nietos»

Guardián, el Leal Perro Callejero.

En un barrio muy humilde, lejos de la ciudad vivía un hombre solo. Anciano, juguetón y muy amigo de los amigos. Todos los vecinos lo querían mucho. Tanto que le ayudaban con comida, ropa y regalos que Julián, el anciano, agradecía siempre con una sonrisa y ayudando a todos en lo que podía. En las noches solía quedarse sentado en una vieja hamaca mirando al cielo. Disfrutando de las estrellas. Y siempre elevaba una plegaria a dios por todo lo que le había dado ese día por lo poco que fuera y le pedía que le diera compañía para acompañar su soledad.

Un día, mientras dormía sintió  ruidos y quejidos muy cerca de su la puerta de su casa.  Se levantó sigilosamente y abrió la puerta. Enorme fue su sorpresa al ver a un perro negro con ojos enormes que brillaban bajo la luna recostados sobre el césped de esa especie de jardín con cactus y césped de desierto con el que se entretenía durante el día. Don Julián intentó acercarse al ver que el perro se quiso levantar y no logro hacerlo pero detuvo su marcha cuando vio que el animal no se lo permitía. Estaba asustado y lastimado. Acorralado sin poder desplazarse y con mucha pero mucha hambre y sed. El anciano, que de ayudar y comprender estas situaciones porque las había vivido  en muchas personas humildes a las que ayudo, buscó un recipiente y colocó agua n él y en otro puso lo poco que tenía para comer y se los acercó al perro quien se abalanzo con desesperación a beber y comer ignorando la presencia del nuevo amigo que acaba de encontrar sin que él todavía lo supiese. Don Julián cerró la puerta y se fue a dormir sin molestarlo.

Al amanecer, antes que el sol  saliera el humilde anciano solía levantarse y salir a caminar por los alrededores de su casa en total soledad mientras sus vecinos dormían. Siempre lo había hecho. Desde que trabajaba en las viñas como peón rural. Se había jubilado como pudo cuando se dio cuenta que sus  fuerzas lo abandonaban y no podía trabajar más. Y como todos los jubilados del pueblo de un país que desconoce y humilla a los viejos, su jubilación era tan indigna y tan poca que comía cuando podía o sus vecinos le acercaban algo a cambio de alguna changuita que le inventaban para no herir su orgullo. Lo que nunca le faltaba era un pedazo de pan y su mate con yerba que solía secar al sol para poder darle otro uso, aunque sea unos pocos amargos. Era tan triste su historia que se negaba a contarla para no lastimar a nadie con su dolor.

Esa era una mañana diferente. Al abrir la puerta ya no estaba solo. El enorme perro negro estaba junto a su puerta esperándolo sin gruñir ni penar por sus heridas. La felicidad de don Julián se le notaba en el rostro. Elevo su mirada al cielo agradeciendo por esa compañía. Esa que tanto había pedido a Dios en tantas plegarias como estrellas hay en el cielo. Sin decir ni una palabra se sentó en su vieja reposera dejando caer su mano hacia el costado. Muy cerca del perro.

…. ¡Te has quedado toda la noche cuidándome. Siendo el guardián de mi vida y de mí casa. Por eso te llamaré Guardián y te adopto como compañero para toda la vida! Decía el anciano observando el cielo sin mirar a donde estaba su compañero.

El perro se levantó y avanzo suavemente hasta acariciar con su hocico la mano del anciano que comenzó a tocarlo  con delicadeza y  amor.  El perro avanzo un poco más y apoyo su cabeza entre las piernas de don Julián y cerrando sus ojos dejo que el anciano le rascara sus orejas y golpeara suavemente su cuerpo en señal de reconocimiento y afecto. Pasaron muchos minutos  y ambos se miraban  fijos a los ojos mientras daban señales de afecto mutuo. Guardián lamía la mano del anciano y este acariciaba las orejas de su perro y nuevo amigo.

…¿Cuántos años tendrá ¿ se preguntaba el anciano. ¿Quién será su dueño? ¿ Y si ahora apareciera y se lo quisiera llevar como podría evitarlo? Y entre tantas preguntas pasaba el tiempo y el afecto crecía entre ellos. Estaban cómodos los dos reconociéndose y haciéndose mimos. ¡Ya no habría soledad para ninguno de ellos!

A partir de ese día el pueblo los veía caminar juntos a todos lados. Guardián siempre cerca de don Julián y el anciano muy cerca de Guardián. Cuando el anciano tomaba una changa, el perro se recostaba sobre su ropa y desde allí lo observaba y cuidaba que nadie se llevara nada que le perteneciera a su amo y amigo.

Los vecinos del pueblo comenzaron a reconocerlo y admiraban su lealtad y comportamiento tan educado. Tantas cosas le había enseñado el anciano que el perro se había transformado en una atracción para los pobladores del lugar. Los niños jugaban con él y las mujeres le guardaban los restos de comida y la ayuda para el anciano pobre. Y así `pasaban los días colmados de felicidad y entretenidos disfrutando de la verdadera amistad sin intereses mezquinos ni egoísmo personales. Ambos buscando la alegría del otro y su bienestar. Ambos unidos por el sentimiento del amor profundo y sincero del amo al perro y de este al Amo.

Una tarde de verano Don Julián y Guardián paseaban por las orillas del arroyo donde jugaban  muchos chicos de la zona. Se sentaron para verlos disfrutar de las aguas claras  donde se refrescaban y guardián no pudo contenerse. Comenzó a nadar junto a los niños. Jugaba y corría por la orilla del manantial de agua con mucha alegría. Subía y bajaba presuroso la cuesta. Se revolcaba en la arena y nuevamente se sumergía en el agua y nadaba con su hocico como olfateando el horizonte.

De repente gritos y más gritos de los niños atrajeron la atención del anciano que se había quedado dormido bajo la sombra de un álamo. Guardián nado hacia la orilla en busca de su amo y junto a él vieron pasar a los niños gritando desesperados. La fuerza del agua había aumentado y se llevaba arrastrando a uno de los pequeños cuesta abajo. Los vecinos de la zona atraídos por los gritos se acercaban al arroyo y pudieron ver al anciano corriendo por la orilla con desesperación y tras él su fiel perro  Negro.

Don Julián se arrojo al arroyo y tomo entre sus manos al cuerpito del pequeño y trataba con mucho esfuerzo de acercarlo a la orilla pero la correntada del agua era más fuerte que él. Se lo notaba desesperado y agotado. Casi sin fuerzas para sostener al pequeño en la superficie y así evitar que se ahogara. El arroyo atravesaba unos cañaverales muy frondosos y tupidos que impedían todo el paso de animal o persona alguna. Era imposible pasar a través de ellos y Don Julián lo sabía. Estaba perdiendo las esperanzas de salir con vida del arroyo y menos poder salvar al niño. Su cuerpo  se estaba quedando sin fuerzas. De repente sintió que unos dientes enormes tomaban su brazo con fuerza y cuidado y lo arrastraban hacia la orilla. El anciano vio a su fiel amigo nadando contra la corriente acercándolo a la orilla y se aferro al cuerpo del niño con el poco aliento que le quedaba. Una rama que cruzaba el arroyo sirvió de apoyo para que  pudiera ayudarse en sus movimiento y realizando un esfuerzo máximo coloco al niño sobre la tierra y se recostó a su lado abrazado a su fiel Guardián.

El anciano se reincorporo con mucho sacrificio y dolor y comenzó a mover al niño mientras le hacía reanimación física hasta que el pequeño comenzó a toser, a expulsar agua y respirar con normalidad. ¡La tarea estaba cumplida! Pensó Don Julián y se recostó para recuperar las fuerzas. Cerró sus ojos y se quedo dormido.

Los llantos del niño y los gemidos de dolor del noble perro atrajeron a la gente del pueblo que los encontró a los tres. A don Julián con la cara mirando el cielo. Sobre él se encontraba su perro y a su lado el niño de rodillas llorando de frio y dolor por los golpes recibidos en su caída al arroyo.

La gente se abrazaba de alegría al ver al niño con vida y no se dieron cuenta que el anciano había entregado la propia para salvarlo. Solo su amigo Guardián lloraba y gemía porque é si sabía que había perdido a su mejor amigo. Quizás el único que tuvo en su vida.

Se fueron todos sin comprender que el anciano no estaba dormido sino que había entregado su vida para salvar la del niño. Ni tampoco nadie presto atención al llanto del perro ni a su gemido de dolor. Los dejaron solos a la orilla del arroyo y nunca mas volvieron  verlos caminar por el pueblo.

Dicen que por las noches se ve en la casita abandonada del viejo Julián, al anciano mirando las estrellas y junto a él su leal perro Guardián. Otros hablan que entre los cañaverales se ha visto salir a don Julián junto a su perro para ver jugar en el arroyo a los chicos del lugar y que sin que ellos sepan los cuidan para que no se puedan ahogar. Los cuerpos de don Julián y de Guardián nunca aparecieron. Quizás estén en alguna estrella descansando en paz.

Y así termina la historia del anciano don Julián y su fiel compañero el perro al que lo llamó Guardián.

Extracto del borrador del libro «Cuentos para mis nietos» de Juan Josè Fugazzotto

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