Droga: ubican a Mendoza al nivel del Gran Buenos Aires y Rosario

Droga: huellas del Virreinato, la soja y las barras bravas

 

Los chicos pobres que aspiran paco, o aquellos –chicos o grandes- de clase media para arriba que lo hacen con cocaína, son los destinatarios finales de una larga cadena cuya filial argentina es solo una rama adventicia y marginal.

Hoy, como hacia fines del siglo XVIII, la Argentina –por entonces inscripta en el Virreinato con sede en Buenos Aires- es concebida como el mero corredor de un tráfico cuyo destino es Europa.

Sacar las plata del Potosí por Buenos Aires de acuerdo a lo estipulado por el Reglamento del Libre Comercio de 1778 resolvía varios problemas: era un camino más directo, barato y seguro que aquel tradicional del Océano Pacífico hasta Panamá; y desde allí, hacia España. El Caribe se había convertido más que nunca en un hervidero se corsarios y piratas al servicio de potencias que se disputaban las últimas joyas del moribundo Imperio español pese a las optimistas y ambiciosas reformas de la Casa de Borbón arribada al trono medio siglo antes. Aquel nuevo sistema funcionó hasta las guerras napoleónicas y terminó de cortocircuitarse tras los procesos emancipatorios americanos comenzados en 1810.

Doscientos años más tarde, el narcotráfico internacional aspira a convertir a la Argentina en eslabón estratégico del tránsito de la cocaína procedente de Perú y Bolivia con destino al Viejo Mundo.

La decadencia de los carteles colombianos en auge durante los 80 y los 90, y las dificultades de sus alicaídos sucesores en colocar su mercadería en los Estados Unidos -dada la guerra entre sus socios intermediarios mexicanos de Juárez y Sinaloa por el dominio de los pasos hacia ese país-, explican este giro geopolítico. Perú y Bolivia, su tradicional hinterland proveedor de materia prima procesada en su territorio -como el célebre laboratorio de la hacienda Tranquilandia de Pablo Escobar- reconvirtieron el circuito hacia el sur con epicentro en la ciudad boliviana Santa Cruz de la Sierra, el nuevo Potosí, en donde se depura la pasta base en cocaína.

Curiosamente, la reconversión ha hecho reaparecer a muchos actores de hace doscientos años: comunidades indígenas y campesinos –como los pichicateros bolivianos- que elaboran la “pasta base” pisando cientos de kilos de hojas de coca mezcladas con nafta, ácido sulfúrico y amoniaco; contingentes de miles de sus comuneros –los cargachos- que cargan el producto en sus espaldas trasportándola como los antiguos mitayos por los laberínticos y pedregosos caminos de la sierra central peruana hasta las rutas del sur desde donde son introducidas en vehículos que la transportan hasta Santa Cruz o los puertos chilenos con destino a Estados Unidos.

Los carteles más poderosos optan por la vía aérea, que ha convertido a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en una escuela de prósperos pilotos bolivianos que en pocos años pueden terminar millonarios.

Procesada la pasta base, el siguiente paso es su introducción en la Argentina. A diferencia de lo que suele suponerse, es una tarea muy difícil porque aquí se topan con un Estado sólido, aunque también fisurado y corrupto. Son esas grietas las que permiten el tránsito de la droga.

Los capitalistas más poderosos aprovechan la escasa faradización de nuestra frontera para ingresar la carga por vía aérea, arrojándola en los campos de todo el noroeste. Aunque es en Santiago del Estero en donde se localizan las pistas más seguras. Ni siquiera deben aterrizar: arrojan la “lluvia blanca” en los campos desde donde el producto es introducido en vehículos que lo conducen a los puertos del Litoral.

Otros, más pioneros y aventureros, lo hacen por las vías terrestres sorteando los controles de gendarmería mediante una ingeniosa logística en la que caravanas de cientos de bagayeros reproducen el espectáculo de la sierra peruana traficando menos la cocaína que la pasta base –otro indicio de su escasa capitalización- oculta en artículos de contrabando chinos que luego se venden en La Salada o sus sucursales en todo el país.

El siguiente eslabón es llevar la pasta base o la cocaína hacia los puertos del Litoral para embarcarla en los cargueros que la transportan hacia los grandes “paquetes” cerealeros con destino a Europa. Para ello se requiere de una infraestructura aceitada de socios de las fuerzas de seguridad así como de distintas bandas delictivas polirrubro a éstas asociadas. El centro de embarque por antonomasia es Rosario, la capital de la soja. Los malandras locales perciben por sus oficios una comisión en especie que luego distribuyen en el mercado interno local residual por las históricas condiciones demográficas del país.

En Rosario, el flujo atraviesa la fractura social: las bandas que elaboran la pasta en sus “cocinas” distribuyen la “buena” entre los “hijos de la soja” de los pudientes barrios costaneros, y la de menor calidad hasta llegar al paco en las populosas villas en cuyo tráfico sobresalen las barras bravas de los clubes locales alquiladas como militancias part time por la política.

En el Gran Buenos Aires, Córdoba y Mendoza el fenómeno se reproduce de acuerdo a una infinidad de formatos análogos.

El remanente marginal que queda en la Argentina, entonces, que no es otra cosa que la comisión que los dealers internacionales le pagan a las bandas locales, es suficiente como para producir un corrosivo social desconocido y en aumento.

Como los antiguos consignatarios españoles en su tiempo, los de Sinaloa, Juárez o Medellín regentean todo el sistema a través de sus emisarios ubicados en todas las estaciones del circuito: Ayacucho, Santa Cruz de la Sierra, Orán, Rosario, Córdoba, Buenos Aires y los puertos europeos.

Jorge Ossona/Historiador, Universidad de Buenos Aires/FUENTE CLARIN 

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