Editoriales censuran los libros para chicos

Cuando en marzo de 1989 empezaron a circular en Madrid los 150 ejemplares de la revista Babar, hecha a partir de un club de lectores para chicos, comenzaba una nueva exploración de Antonio Ventura por el universo de la literatura infantil. “Durante casi veinte años de docencia aprendí que los niños tienen una mirada curiosa y limpia, y que la sociedad, incluida la escuela, pervierte esa mirada, convirtiendo a la mayoría de las personas en adultos ignorantes, sin sensibilidad y sin curiosidad”, dice este madrileño nacido en 1954 que como autor y editor participará esta semana en el Filbita, el Festival de Literatura Infantil organizado por Fundación Filba.

Luego de años como asesor literario, de dirigir colecciones para Anaya y escribir libros-álbum como El cuento del pingüino (FCE) junto a Carmen Segovia o Al otro lado del río (Nostra) junto a Linda Wolfsgruber, Ventura fundó la editorial El Jinete Azul en junio de 2010, inspirado por un cuadro homónimo de Kandinsky donde encuentra, como él dice, la “verdad” de una búsqueda plástica. “Creo que es en su libro De los espiritual en el arte donde Kandinsky habla de ‘la necesidad interior’ como la razón fundamental por la que nace una obra de arte. No sólo veo eso en sus cuadros, sino que lo siento en la creación de mis textos”, explica Ventura.

La materia de la ficción literaria, sugirió el escritor y académico español Luis Mateo Díez, está conformada por tres elementos: la palabra, la memoria y la imaginación. Ventura está de acuerdo con esto y además entiende que en la literatura, sea infantil o no, el único valor es el universo literario del creador. Remata: “El fin de la literatura no es hacer buenos ciudadanos: esos textos serán buenos o malos manuales escolares”.

—¿Se debe hablar de cualquier tema en la literatura infantil?

—Sin duda. Los cuentos maravillosos lo hacen, o allí tenemos la literatura infantil de los países nórdicos europeos en la que nada está prohibido. La humanidad no es peor por haberlos leído.

Teniendo en cuenta la relación que los pequeños lectores tienen hoy con las tabletas, ¿cómo se relaciona el libro infantil con las narrativas audiovisuales? ¿Qué estrategias toma como editor de ellas o frente a ellas?

—La cultura impresa tiene una sintaxis específica, como la tienen el cine, el cómic o la ilustración. Sea cuál sea el soporte en el que aparezca, esa sintaxis no puede ni debe ser traicionada. Otra cosa son las ofertas más atractivas –para niños y adolescentes– de otras formas de ficción. La mayoría se quedará en ellas; sólo los lectores competentes serán usuarios de literatura. Muchos editores están preocupados por los nuevos soportes, y lo puedo entender; lo que no puedo entender es que traicionemos a la literatura por un plato de lentejas. Si hubiera una legislación justa y una apuesta de los poderes públicos por la alfabetización eficaz de los ciudadanos, no tendría por qué haber ningún miedo a los nuevos soportes.

¿Qué desafíos encuentra en este momento para el género?

—Creo que muchos. Especialmente dos: el que mencionabas antes de los nuevos soportes, desde los cuales es más fácil aún “manipular” a los usuarios niños o adolescentes para conducirlos, no a ser ciudadanos sino súbditos sumisos, fieles votantes y voraces consumidores. Y el de la distribución del libro y su precio. Debemos seguir reclamando a las administraciones una ley de protección del libro que garantice una distribución de los mismos, de tal modo que lleguen a todos los puntos de los países.

—¿Qué desafío crees que se imponen los autores?

—Creo que hay de todo: verdaderos creadores y “funcionarios” de la escritura. En mi país, en la literatura infantil se ha publicado de todo. André Gide decía algo así como que hay dos clases de escritores: los “eficaces”, que escriben lo que quieren, y los verdaderos creadores, que escriben lo que pueden.

—¿Existen los temas polémicos en la literatura infantil?

—Por supuesto que existen, y cada vez son más por el imperio del lenguaje políticamente correcto o moralmente hipócrita que, para mí, son lo mismo. Ahora esos temas están vinculados sobre todo al multiculturalismo, como antes lo fue al alcoholismo, las drogas, la maternidad fuera del matrimonio; más tarde la sexualidad, el acoso. En mi país creo que hay en general, una autocensura por parte de los escritores —autocensura que yo entiendo—, y una censura explícita por parte de los editores, sobre todo en aquellas editoriales educativas que venden libros de texto.  FUENTE: CLARIN

 

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