El destino y la fatalidad: El caso de Marcela Quiroga

Son las 12 y 11 minutos del mediodía del primero de Noviembre de 2018, ha pasado casi medio año desde que la fatalidad irrumpió en la vida de la familia de Marcela Quiroga, la motociclista atropellada por un joven alcoholizado al mando de un Volkswagen Gol.

La mañana esta fría como aquella madrugada, Ceferino y Paula, esposo e hija de la víctima, toman asiento en un bar céntrico de la ciudad para contarnos cómo cambió su vida desde esa trágica noche. Mientras tanto, el bar se encuentra plagado de curiosos que buscan en los diarios locales las noticias del día, discuten sobre política, chusmean sobre espectáculos, y debaten sobre varios temas.

A lo lejos, se alcanza a escuchar entre los murmullos un hombre de traje que lee a voz alta a su compañero de café el título de una nota; “En el primer semestre del año, hubieron 18 muertos por accidentes viales en San Rafael”

El titulo no es menor, el destino y la imprudencia forzaron el nombre de Marcela en esa estadística. ¿Quién lo iba a imaginar? Seguramente ninguno de sus familiares, claro está.

Luego de la condena a 3 años de prisión en suspenso dictada por la justicia, Ceferino reflexiona que “la sensación que tengo es de que todo quedó en nada, no sirvió nada todo lo que hicimos.”

La impotencia por la pérdida de su mujer se ve reflejada en el brillo de sus ojos al recordarla, a su lado, su hija Paula, deja entrever su tristeza que se representa a través de todo su lenguaje corporal, en silencio escucha a su padre mientras alguna lágrima se escapa en su rostro.

Ceferino nos cuenta que el día de la condena, se sintió muy solo y hasta culpable, es que esa misma mañana lo llamaron para decirle que debía presentarse a tribunales porque “el juez quería hablar con él”. Al llegar el magistrado Jorge Yapur lo atendió y le explicó la situación, la fiscalía y la defensa habían acordado un juicio abreviado, y se realizaría en minutos.

Incluso su propio abogado se enteró a las 10 de la mañana del arreglo, ya no había nada que pudiera hacer, sólo someterse al frío acto judicial que empezaría con un joven en prisión domiciliaria, y terminaría con ese mismo joven puesto en la calle.

“Me sentí más culpable que el tipo que mató a mi esposa, porque yo estuve sólo ahí, no me dieron la oportunidad de tener a mi familia allí, cuándo entré a la sala estaba toda la familia de Encinas acompañándolo y yo me encontraba completamente solo.”

Antes de terminar la audiencia, el juez le otorgó la palabra a los familiares de la víctima, en este caso, sólo estaba su esposo, quién se dirigió hacia el futbolista y le dijo “Vas a ser hasta que tenga conciencia el asesino de mi esposa, eso no lo va a cambiar nada.”

En este contexto, destacó una situación que cuanto menos lo incomodó. “En la primera audiencia, cuándo el me habló y me pidió disculpas, yo le creí, me convenció, le vi la cara de preocupación. Pero ahora, después de 4 o 5 meses no parecía tan dolido, venia “empilchado” de primera, no note ninguna preocupación en su cara, tampoco significa que no sienta nada, pero no fue como la primera audiencia.”

También se puso en los zapatos de la otra familia. “Me pongo en el caso de su padre, porque tengo un hijo de la misma edad, y si la ley dice que puedo usar la herramienta del juicio abreviado para sacar a mi hijo de la cárcel, porque hay que estar allí un día, yo hubiera hecho lo mismo.”

La circunstancia, más allá de la condena que pensaba que merecía por el hecho que cometió, Ceferino se permitió usar el caso de su esposa para intentar enviar un mensaje a la sociedad, pero lamentablemente la justicia falló en contra de ese mensaje. “Hoy, el mensaje a la sociedad, es lamentable, vos podes matar en un accidente y no ir a la cárcel.”

En este sentido, agregó que “está mal por parte de la justicia que vos mates a alguien y puedas salir tranquilamente, si tenes 26 años y estas tomando, o tenes alguna adicción, no podes manejar porque puede pasar algo y te lo va a cobrar la vida.” Inmediatamente, sus ojos se llenaron de lágrimas y remarcó, “saludar a mi esposa a la mañana antes de irse, y cinco minutos después ver a mi esposa como la ví, tirada en el suelo…” tan fuerte es su angustia que no pudo terminar la frase.

Paula tiene 26 años, es la hija de Marcela Quiroga y el destino quiso que viera al asesino de su madre horas antes en un bar. “Yo había ido a Rolla esa noche, lo vi a Mariano muy mal, sin poder hablar, llamaba a sus amigos por teléfono y los tenía al lado, hasta en un momento hablé con el y le dije Mariano están ahí tus amigos.” Lo cuenta casi como una anécdota de una noche más, hasta que cae en el contexto de lo que pasó, y tras un suspiro reflexiona “Jamás me imagine que luego iba a terminar como terminó.”

Nos contó que a Mariano lo conocía de vista, pero sabía quién era. Lo conoció a través de un amigo de él que jugaba en Huracán y esa noche habían conversado un rato en el bar. Luego cerca de las 5:30 se fue hacía su casa con una amiga, llegó y su madre estaba preparándose para irse a trabajar, como todos los días.

Su última conversación,

– “Paula, ¿hace mucho frío”

– “Si ma, abrígate que hace mucho frío”

Cinco minutos después, sonaría el teléfono de Paula, era su madre, pero al atender una voz masculina le decía “Hola Paula, tu mamá tuvo un accidente, en San Martin y Telle Menesses, ¿vivís muy lejos?”

No podía ser, acababa de hablar con ella. Empezó a imaginarse lo peor cuándo se levantó, “cuando salgo y no veo la moto, ahí despierto a mi papá y salgo corriendo, nos vamos para la esquina, fueron dos cuadras interminables, veo la moto de este lado y el cuerpo de mi mamá del otro, ya cuándo ella no me hablo en el teléfono ya sabía que algo malo había pasado.”

Ni siquiera pasó por la cabeza de Paula que quién había atropellado a su mamá fue la misma persona a la que ella había ayudado a localizar a sus amigos esa misma noche. La fatalidad y el destino, dos viejos enemigos del universo se cruzaron en su camino.

Casi medio año después, le toca recordar a su madre con todo el dolor que esto le provocó, “mi mamá era trabajadora, cocinaba mucho, lo mejor que hacía era la tortilla de papa.”  Dice entre risas que muestran el afecto que le tenía, “Siento que es todo muy injusto, que a nadie le importó la vida de mi mamá, yo se que no fue intencional que fue un accidente, pero a nosotros nos destruyó.”

24, 27 y 29.

9, 8, y 6

Esos números parecen al azar, pero no lo son. En este contexto son las edades de los hijos y nietos que se quedaron sin su madre, sin su abuela. Las lágrimas brotan de los ojos de Paula, “a mi mamá no me la devuelve nadie.”

Nos permitimos preguntarle a Ceferino sobre cómo era Marcela, un suspiro que mezcló angustia con orgullo fue su primera reacción, “Era una excelente madre, nosotros habíamos estado separados 10 meses por diferencias, pero había una muy buena relación, luego de superar todo yo pensaba que más nos puede pasar, y justamente pasó esto, fue un balde de agua fría en el medio del desierto, quedé en stand-by.”

Las lágrimas también llegan a sus ojos, “La ausencia de ella está todo el tiempo.”

De todos modos, se arma de fuerzas para enviar un contundente mensaje, ya lo hizo anteriormente al comienzo de la entrevista a los jóvenes, en este caso es para los legisladores. “Cambien las leyes, porque el código penal no sirve, a mi no me sirve, y no le va a servir a quién le pase.” Y más allá de esto, “tenemos que empezar el cambio en la sociedad, en los padres, cambiar la mentalidad de los jóvenes de las previas, de empezar tomando en una casa y seguimos tomando en el boliche, sumado a la mierda que existe hoy de la droga y los excesos, que es la moda, es la onda.”

Paula escucha atenta la reflexión de su padre, asiente con su cabeza y se ve en sus ojos que por su edad entiende de lo que habla, es que ella forma parte de la juventud, que en mayor o menor medida es alcanzada por el razonamiento de su padre, nos dice que “Es muy común subirte a un vehículo alcoholizado a manejar, o subirte de acompañante, es algo común, en el momento no pensás si te va a pasar algo. Hoy, después de lo que pasó, si estoy en esa situación me vuelvo en taxi o caminando.”

Como en notas anteriores sobre este tema, buscamos destacar el problema que existe hoy en día entre la justicia y la sociedad, y es que la primera se ha quedado obsoleta ante la búsquedas de respuestas por parte de la segunda.

Le preguntamos a Paula, una mujer de 24 años que forma parte activa de esta sociedad, si conoce algo de leyes o de derecho, su respuesta es negativa. Inmediatamente le preguntamos si una persona atropella a alguien y se da a la fuga, si eso representa para ella un abandono de persona, “Si, si chocas y te vas es abandono de persona, si no la auxilias o no la ayudas.”

Paula no piensa diferente a lo que piensa la sociedad, el abandono de persona existe cuando efectivamente abandonas a una persona luego de atropellarla. Pero otra vez entra en juego la obsolescencia de la ley, es que esta dice que el abandono de persona se configura exclusivamente en casos cuándo se atropella y se abandona a una persona en un lugar alejado donde no hayan otras personas que puedan socorrer a la víctima. Es decir, el abandono de persona existe si el accidente es en una ruta o en un campo, pero no si es en el ámbito urbano.

Como medio de comunicación, nos debemos a nuestros lectores la información objetiva y clara, pero a la vez sentimos la responsabilidad de plantear preguntas que ayuden a un cambio positivo en la sociedad.

¿Endurecer las penas por accidentes de tránsito haría tomar más responsabilidad a los conductores?
¿Habrían menos accidentes como consecuencia directa de ello?

¿El abandono de persona debe ser cómo es? ¿O cómo la sociedad interpreta que deba ser?

 

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