El gigante continental y una votación clave

Este domingo Brasil define si continúa o no el ciclo político iniciado por Lula en el 2003. No puede exagerarse la importancia de esta cita electoral: con la mitad de la población y la economía de Sudamérica, el resultado de la elección repercutirá en toda la región. La última encuesta de Datafolha, publicada este lunes, muestra una tendencia, todavía leve, en favor de Dilma.

Por Federico Vázquez- TELAM 

Nada fue como se esperaba. La sorpresa electoral de Marina Silva terminó en el exacto lugar donde había quedado cuatro años antes: fuera del balotalle, con un 20% de los votos. El repunte final de Dilma Rousseff, que parecía recuperar posiciones, quedó a mitad de camino, consolidando una primera minoría, pero lejos de los números que ella misma había logrado en su primera elección. Áecio Neves, a quien su propia escuadra mediática y empresarial había dado por muerto, resurgió de las cenizas logrando la mejor votación para la centro derecha en 12 años.

Las razones de estos vaivenes son variadas. En primer lugar, hay que anotar la desesperación de la elite brasileña, cuando hace unos meses, en medio de un escenario electoral muy estable, era casi un hecho la cuarta victoria al hilo de Lula y Dilma.Esa desesperación quedó expuesta cuando todos los reflectores se posicionaron en Marina Silva, en busca de un milagro. La candidata, sin estructura política, aparecía dócil ante los requerimientos programáticos conservadores: independencia del Banco Central, retroceso en políticas laborales, incluso en políticas de derechos civiles como el matrimonio igualitario. Las presiones no venían todas del mismo lado, ni respondían a un plan prestablecido, pero sobraba para entender que de ganar, Marina sería mucho más permeable a presiones empresariales o religiosas.

Esa utopía conservadora (tener un presidente débil) impidió ver que, en las últimas semanas, el candidato “natural” del establishment ya había recuperado posiciones. Pero no fue todo pérdida para los opositores al gobierno: por primera vez en mucho tiempo, el PT perdió la imagen de invencibilidad. Aún peor: Lula y Dilma, también presos de la obnubilación por la candidatura de Marina, volcaron todo su arsenal de campaña en demostrar que la ex aliada no representaba lo mismo que ellos, dejando espacio para que Neves, menos golpeado, se afirme en su senda.

En Brasil los debates presidenciales tienen un lugar relevante en las agendas de campaña. Para un país de dimensiones continentales la presencia de los candidatos en televisión se vuelve crucial: por más empeño que se ponga en caminar el territorio, Brasil es literalmente inabarcable. Los primeros duelos de Dilma y Neves estuvieron cargados de acusaciones cruzadas por hechos de corrupción, casi sin alusiones programáticas. Parecía una estrategia complicada para el PT, en tanto asumía la agenda temática de los grandes medios, declaradamente opositores.

Algo parecido pensaron los estrategas de campaña de la presidenta. En el último debate, el domingo pasado, Dilma volvió sobre temas nodales de la gestión petista: creación de puestos de trabajo, reducción de la pobreza, recuperación del rol protagónico de Petrobrás, e incluso la política de seguridad. En este último punto, en general un tema donde la centro derecha se siente más cómoda, Dilma recordó que la Copa del Mundo se realizó, después de todo lo que se dijo y se pronosticó, sin mayores inconvenientes. Frente a estos temas concretos, Neves se encuentra con armas menos poderosas: el último gobierno del PSDB, bajo Henrique Cardoso, fue con desempleo, pobreza estructural y baja inversión pública. En uno de los pasajes más eficaces, Dilma le recordó a Neves que “Petrobrás valía 15 billones durante la época de ustedes, ahora vale 100”.

Pero no todo es la televisión. Por estas horas, Lula está intensificando su presencia en actos públicos. Y lo está haciendo con mucha fuerza en un lugar estratégico: los barrios periféricos de San Pablo. Ahí hay una cuenta electoral fundamental. En la primera vuelta, Dilma sacó 15 puntos menos en ese estado de lo que había sacado en el 2010. Mucha diferencia. La mueca de preocupación en el PT es todavía más grande cuando se conoció que perdió en bastiones históricos, como el famoso ABC paulista, donde Lula empezó su carrera sindical.

Pareciera que en la medida que el PT fue conquistando al electorado del Nordeste, comenzó a ceder en el primer lugar donde se había vuelto hegemónico. En términos sociales, se podría decir que cuando logró representar a los pobres excluidos, tuvo más dificultad para representar a los obreros industriales. Algo que hasta podría tener que ver con la famosa “reprimarización” que sufre la economía brasileña de los últimos años, o con otro número poco entusiasmante: mientras que en la Argentina los gremios industriales tuvieron un gran repunte en sus afiliados en estos años, la tasa de sindicalización brasileña, que es menos de la mitad que la local, se mantuvo estable durante los gobiernos del PT, en torno al 17%.

Más allá de estas posibles lecturas estructurales, lo cierto es que Lula está llamado a ser una pieza clave en sus dos “cunas”. La primera es el ABC paulista, que lo vio crecer como dirigente y donde el PT alcanzaba mayorías holgadas hasta la última elección. La otra es la cuna biológica del líder: Lula nació en Pernambuco, el único estado del Nordeste donde Dilma no ganó.

Allí, una vez más, se demuestra la rareza de esta elección presidencial. Como en el resto de la región, el PT solía ganar cómodo en Pernambuco. Pero hete aquí que es el estado que gobernaba el fallecido Eduardo Campos. Luego de su muerte, los votantes se volcaron en masa a apoyar a su compañera de fórmula Marina Silva. Las características sociales y la historia política de Pernambuco, más parecidas al resto del Nordeste, permiten imaginar que esos votos no pasarán automáticamente a Neves. Lula volverá a su pago, donde entre otras cosas recordará que junto a su entonces aliado Campos abrieron la segunda fábrica de Fiat en el país, un tipo de emprendimiento en general reservado para los estados del sur.

Así, Dilma, Lula y el PT se aproximan al final de la elección haciendo una apuesta coherente, que no es lo mismo que infalible: reforzar la adhesión del electorado “propio”, que por distintas razones estuvo fluctuando, e intentar convencer con la obra de gobierno de los últimos 12 años.

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