En la vida hay que elegir

Massa-scioli-macri¿Cristina ya lo hizo?: la «estrategia Bachelet» y por qué se siente más cómoda con Macri.

El plan del kirchnerismo de esmerilar algunas figuras, como la de Daniel Scioli, tiene una razón de fondo. Para analistas, ya empezó a delinearse el escenario post K y en ese contexto la figura del jefe porteño «calza a la perfección». Mientras, él disfruta como un espectador cómodo.

El paro convocado por Hugo Moyano y Luis Barrionuevo tuvo un efecto inesperado: puede ser que no haya influido considerablemente en la agenda económica del Gobierno, pero aceleró los tiempos políticos, al punto que se produjo un verdadero inicio de campaña electoral.

El puntapié inicial vino por parte del kirchnerismo, que decidió aprovechar la recobrada notoriedad de Barrionuevo para esmerilar la figura de Sergio Massa que, con una intención de voto de 25%, lidera la encuesta de Poliarquía.

La primera señal vino con el cartel que apareció en las paredes de Buenos Aires, con la foto del ex presidente Carlos Menem junto con arrionuevo. «Fundieron al país, ahora lo paran», rezaba la consigna, acompañada por la frase «+ de lo mismo», que parodiaba al eslogan que utilizó Massa -«+a»- en su campaña electoral.

Nadie firmaba el cartel, pero no costaba mucho imaginar de quién era la autoría ni qué se proponía.

Luego, el mismo día del paro de la CGT, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, definió al sindicalista como «el líder» del peronismo opositor, incluso por encima de Massa. Y hasta evitó mencionar a Moyano, en un evidente gesto de «ninguneo» político.

Era evidente que formaba parte de la estrategia kirchnerista de matar dos pájaros de un tiro: por un lado, deslegitimar políticamente al paro; y, por otra parte, presentar a Massa como un restaurador de las políticas que condujo Menem en los ’90.

La imagen de Barrionuevo vino servida «en bandeja» para ese fin. El sindicalista gastronómico tiene alto conocimiento público, lo cual no significa que sea popular, sino más bien al contrario. Su imagen es todo un símbolo de lo que la Argentina «progresista» desprecia.

Surgido del sindicalismo duro y de métodos violentos, Barrionuevo fue legislador durante el gobierno de Menem y se transformó en uno de sus más conspicuos defensores. El mismo se definía como «recontra alcahuete» del ex presidente.

Pasó a la historia su frase «tenemos que tratar de no robar por lo menos dos años en este país, si no, no lo sacamos adelante». Una premisa que no evitó que él mismo fuera acusado de corrupción administrativa durante su gestión al frente del Instituto Nacional de Obras Sociales.

Simultáneamente fue presidente del club Chacarita Juniors y estuvo acusado de promover la participación de las «barras bravas» en los actos políticos.

Ya con Néstor Kirchner en el gobierno, Barrionuevo se postuló como gobernador de Catamarca, en una elección escandalosa donde se lo acusó de haber quemado urnas al comprobar que el resultado le sería adverso.

Y durante años se mantuvo enemistado con el sindicalismo que lidera Hugo Moyano, a quien criticaba por su alianza con el matrimonio Kirchner.

Todas estas características lo transformaron en una figura resistida desde todos los sectores, alguien con el que ningún dirigente quería sacarse una foto. En fin, eso que en el ámbito político argentino se llama «piantavotos».

En busca de la «estrategia Bachelet»
Fue el propio Barrionuevo quien dio la teoría más arriesgada sobre la estrategia del kichnerismo: afirma que busca perjudicar a Massa porque no quiere que su sucesor en la presidencia sea un peronista sino Mauricio Macri.

Más allá del acto de honestidad que supone aceptarse como «piantavotos», Barrionuevo manifestó en su estilo directo y explícito lo que los politólogos vienen sospechando desde hace tiempo: que Cristina Kirchner se siente cómoda confrontando con Macri y no le disgustaría verlo como presidente para intentar retener un espacio de poder después de 2015.

«Ella desprecia a los dirigentes sindicales y a los peronistas y le quiere dejar la sucesión a Macri. Si hasta hacen negocios juntos», chicaneó el gastronómico.

No suena tan descabellado. Después de todo, es la misma táctica usada por Menem en 1999, cuando retaceó apoyo a la candidatura de Eduardo Duhalde y favoreció indirectamente a Fernando de la Rúa, de manera de conservar un espacio propio desde el cual intentar un regreso en 2003.

El analista Jorge Asís -otro ex integrante del gobierno menemista- plantea que el modelo que sigue Cristina es el de la presidenta chilena, Michelle Bachelet, quien logró su segundo mandato tras un interregno de un dirigente opositor.

«Para que se cumpla con el mito bacheletiano, La Doctora necesita de un Piñera que se sitúe a su derecha, que recomponga el desastre de la economía y que admita el floreo cómodo de una oposición de izquierda. Es Macri quien se parece más a la estampa de ese ideal», argumenta Asís.

El riesgo del efecto boomerang
Lo que todavía no está tan claro es si esta estrategia kirchnerista puede dar resultado.

Porque, si bien es cierto que la clase media argentina -que ve con buenos ojos el estilo moderado de Massa- tiene un histórico rechazo por el sindicalismo, también es verdad que en los últimos tiempos se nota una diferencia en el estilo de los dirigentes gremiales.

La jornada de protesta evidenció que la agenda de reivindicaciones de la CGT tiene coincidencias con los temas que preocupan al segmento medio de la sociedad.

De manera tal que se produce una situación ambivalente, porque aunque rechace su estilo, este segmento de la población no puede dejar de adherir a los pedidos de ataque a la inflación, de alivio en el impuesto a las Ganancias, de una política más drástica contra la ola delictiva.

De manera que no está del todo claro hasta qué punto Massa será perjudicado si su imagen queda ligada a la de los líderes sindicales.

Es seguro que la estrategia funciona bien para el votante «progresista», el que de todas maneras no votaría a Massa porque tiene alternativas en la centroizquierda.

Pero no está tan claro que el votante de centro, en cambio -ese que protagonizó los «cacerolazos» autoconvocados por las redes sociales-, sienta tanta repulsión por los años ’90 y los temas que Barrionuevo está reivindicando.

Un espectador cómodo
El otro protagonista de este ajedrez, Macri, es el que parece sentirse más a gusto.

A diferencia de Massa, que acepta a regañadientes el apoyo de los sindicalistas y otras figuras resistidas dentro del peronismo, el jefe de gobierno porteño puede mantener su discurso de siempre sin que ello le implique aceptar alianzas incómodas.

Por caso, durante la jornada del paro, Macri se benefició por partida doble. Por un lado, remarcó que compartía muchos de los reclamos, pero al mismo tiempo condenó la práctica de los piquetes.

Claro que nunca aceptará públicamente que su candidatura pueda ser funcional a los intereses de Cristina Kirchner ni, mucho menos, que exista un pacto entre ambos.

«A Barrionuevo le encanta decir esas frases rutilantes y rupturistas, con las cuales se consagra. Pero no voy a gobernar por decisión de la Presidenta. Nosotros vamos a gobernar el año que viene porque cada vez más argentinos sienten desde su corazón que se necesita un cambio de verdad», afirmó Macri.

Lo cierto es que en los últimos tiempos, el jefe de Gobierno porteño hasta se ha permitido elogiar medidas de Cristina: «Plantea las cosas con otro tono. Es un buen camino hacia reconocer que los dos grandes problemas de la Argentina son la inflación e inseguridad y que ignorándolos no se van a resolver».

Las encuestas le asignan un lejano tercer puesto, con 16% de intención de voto, detrás de Massa y Daniel Scioli. Sin embargo, los analistas creen que tiene margen de crecimiento.

«Cuenta a su favor con la muy bien evaluada gestión en la Ciudad de Buenos Aires, con una maquinaria de campaña electoral que debe ser la mejor de la política argentina, y con ser visto como la contracara del kirchnerismo. Cuanto más fuertes sean los vientos de cambios, mayores serán sus chances de alcanzar la presidencia», apunta Alejandro Catterberg, director de Poliarquía.

Para este analista, el habitual argumento de la falta de una estructura partidaria nacional no necesariamente será un obstáculo para el jefe de Gobierno porteño.

«El problema de Macri está, por un lado, en el Gran Buenos Aires y en los votos que allí Massa le quita. Vender el concepto de modernidad en el segundo y tercer cordón es un enorme desafío», observa Catterberg.

El dilema Scioli
En este panorama, el que aparece más complicado es Daniel Scioli, que ocupa el segundo lugar en las encuestas con 21% de intención de voto. Por un lado, debe soportar las críticas de la oposición por su apoyo al kirchnerismo y, por otro, el Gobierno da continuas muestras de que no está dispuesto a darle total apoyo.

Esto ha quedado en claro recientemente en las dos situaciones complicadas de la provincia: el conflicto con el gremio docente -que obligó a tres millones y medio de escolares a empezar las clases con un mes de retraso- y el plan para combatir la inseguridad.

En ambos casos, el kirchnerismo tomó distancia de la postura del gobernador. Y las críticas no se quedaron en lo declarativo, sino que implicaron el retaceo de apoyo financiero y logístico para resolver la emergencia.

Otra evidencia de que el «núcleo duro» kirchnerista prefiere que gane un opositor antes que ver a Scioli en la Casa Rosada la habría dado Andrés «Cuervo» Larroque, uno de los máximos exponentes de «La Cámpora».

«¿Les queda claro que Scioli no tiene nada que ver con nosotros y nunca va a ser nuestro candidato, no?», habría señalado el «Cuervo» a un grupo de militantes, luego de que Scioli anunciara su plan de emergencia contra la ola delictiva, si bien el dirigente camporista posteriormente negó haber pronunciado esas palabras.

La frase, que rankeó entre las más comentadas del ámbito político nacional, fue interpretada como una fuerte definición sobre cuál es el límite al que está dispuesto a llegar una parte de la militancia K: no perder identidad política a cambio de votos.

Sin embargo, no está dicha la última palabra: las encuestas demuestran que, entre quienes se definen como seguidores de Cristina Kirchner, hay un 57% que está dispuesto a darle su voto a Scioli.

Lo cierto es que para la Presidenta, que tiene todavía una fuerte capacidad de influencia en la campaña electoral que se inicia, se plantea un dilema de difícil solución. Hasta ahora, lo que queda claro es que la opción que le resulta más desagradable es un triunfo de Massa.

Y debe definir si ungir a Scioli como su sucesor o si hacer un guiño al ascenso de Macri. Por ahora, sus señales se acercan más a esta segunda opción.

Fuente:www.iprofesional.com

Temas relacionados