Falleció el último «Pulpero»

Si digo que en San Rafael dejó de existir Fernando Walter Aracena, a la edad de 87 años, tal vez muchos no sepan a quien me refiero.

Si en cambio digo que nos dejó «Cacho» Aracena, el del bar (El Parral o Mí Parral?), el de calle Pichincha, frente a la ex- Valle de Oro, en Pueblo Diamante, ahí es otra cosa.

Cacho se acodó en el mostrador por décadas, del lado de adentro, la mayor parte del tiempo secundado desde la cocina por la muy querida Marta, que partió primero.

Cacho tal vez estaba allí resistiendo cómo uno de los últimos exponentes de una estirpe que tiende a desaparecer: los despachantes de bar de pueblo, una suerte de sobreviviente en la urbe, de aquellas clásicas pulperías de campo.

Cacho tenía el temple justo para lidiar con paisanos pasados de copas, que pedían otro trago para ejecutar su lícita revancha en la partida de truco o de chinchón.

Yo nunca lo ví enojado, aún exigiendo a mi memoria; si lo escuché argumentar en favor de sus derechos y » pertenencias», cuando, por accidente, le embistieron su cartel de propaganda, (ese que servía de referente inequívoco para que ahí se detuviera, todos los días la carretela de Rebeco), pero sin perder la calma, fiel a su estilo, muy parecido al de su tocayo Garay, el humorista.

Con Cacho compartíamos no sólo el apelativo, sino también el acostumbrarnos a qué nos cambiaran el apellido: a él, el de Aracena por Aravena, a mí, el de Arreceygor por Rosaigó.

Nos dejó Cacho, no el de la esquina, Cacho, el de mitad de cuadra, y desde aquí mando un abrazo gigante a su descendencia, pero por sobre todo ruego por el consuelo del Espíritu Santo.

Por Rubén Cacho Arreceygor

 

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