¡GOL! Ambientalistas y Mineros casi como un River-Boca

¡Gol! Y la puta madre que lo parió, ¡gol!, carajo y la concha de su madre, ¡gol!, hijo de puta y la reconcha de la lora. ¿A quién se putea, después del grito de gol?. No se putea a los otros. Eso viene a continuación, en un segundo movimiento. Pero inmediatamente después del gol se putea a la conjura de pequeños detalles que impedía su concreción. Se putea porque el hechizo de lo ya escrito de pronto está roto y pasó lo que no podría pasar, pero todos esperaban. En el futbol el cero es la ley, lo que está escrito, el empate clavado. El cero es destinal  y su fantasma  sobrevuela la lógica de este deporte. Después del grito de gol  propiamente dicho, el primer movimiento se putea al destino. Tal vez por eso, en todo gol, aun en el mas cantado, subsista algo de fortuna, un residuo de suerte  por eso en las puteadas posteriores al grito de gol propiamente dicho, siempre hay algo de asombro liberado y de venganza metafísica.

La puteada a los otros, al otro, viene después: gol putos de mierda, ahí tiene negros culo roto, a llorar a la villa, ¡gol! Hijos de puta. El segundo movimiento posterior al grito de gol propiamente dicho, corresponde a la dedicatoria. No hay grito de gol  sin goce a los otros, al  otro. O mejor dicho, primero a los otros y luego al otro, porque en la dedicatoria, el plural suele singularizarse y todos los otros se vuelven uno, ese mítico e ideal hincha de enfrente: esto es para vos, negro puto, cagòn, te montaste en mi pija, de la saqué sucia y ahora la estás chupando. Los dos movimientos posteriores al grito de gol propiamente dicho, son extremadamente verbales y solo pueden ocurrir  si el gol se concreta.

Los dos movimientos anteriores, en cambio, ocurren también ante el peligro de gol, y apenas contienen  un susurro de espera, alguna palabra de apagada agonía. El resto pertenece al silencio. Son, por eso, movimientos más breves y su naturaleza física es más imperceptible. El primero responde a la expectativa. Cuando el gol se ve venir, y el gol se ve venir porque siempre hay una jugada previa, una convicción de gol que lo anticipa, se respira profundo, como mucho se susurra, casi como para llamarlo: gol. Este susurro antecede a un silencio irrefutable, el silencio de la preparación para el grito. Mientras que el silencio de la expectativa es todavía individual, el silencio del segundo movimiento, la preparación para el grito, es un silencio de multitud. Es un instante mínimo, casi imperceptible, de aire contenido. Pero su duración guarda una intima relación  con su potencial . Percibirlo es una experiencia de rara belleza: es un silencio agónico, que puede transformarse en decepción. Y a la vez es también un silencio cargado de energía trascendente en su máxima condensación, ya que el silencio de la preparación contiene en si algo de potencia transformadora del grito de gol mismo. La intensidad física y emocional de estos dos movimientos demanda siempre una descarga. Por eso cuando una jugada de peligro no se concreta en gol, es necesario un exaltado uuuuuuuhhh! , que remplaza al grito.

Dos movimientos , entonces, suceden al grito de gol propiamente dicho y dos lo  anteceden. Antes, la expectativa  y la espera, después la liberación y la dedicatoria. El grito de gol, propiamente dicho es el largo alarido que sucede entre un silencio de multitud y una puteada colectiva al destino.

Durante el primer movimiento, la expectativa, el aire entró  a la panza y buscó la parte baja del abdomen, hundiendo la base de la pija y empujando el vientre hacia la espalda. En el segundo movimiento el aire sube hacia la parte alta del pecho, hinchando los pulmones, empujando el cuerpo hacia arriba desde la punta de los pies, forzando el agujero del culo que se chupa contra la base de la columna para que a la vez el cuello se estire. Mientras tanto los ojos quieren subir y escapar  por la frente, los oídos empujan hacia fuera mientras la base de la columna empuja el cerebro hacia arriba  y el  grito se queda, escapando por la boca abierta, pero habitando la tráquea mientras dure, junto allí, donde dicen, el hombre tuvo un falo que perdió cuando adquirió la capacidad de hablar. Y cuando ese grito se multiplica, el yo desaparece. Es un momento mínimo pero de pura potencia. El yo desaparece, pierde conciencia de sí y pierde el límite del cuerpo, sale hacia fuera y va hacia arriba, trasciende su límite, se expande a través del grito de la multitud. Ese unísono, ese grito, no puede controlarse: es total , absoluto, indiscutible. Involucra al cuerpo desde sus energías profundas y suspende a la razón, es una emoción superadora del registro parcial que pueda tomar de ese momento cada uno de los sentidos. Por debajo del nosotros futbolístico, el grito de gol construye una fuerza colectiva que está más allá del yo, pero también  más acá del nosotros. Esta fuerza en la masa.

La masa es energía en estado puro que busca un rumbo y se pierde sin utilidad, si no encuentra una conducción, una descarga productiva. Pero mientras dura el grito de gol, los hinchas experimentan  una oportunidad quizá  única en la experiencia contemporánea. La masa permite a la vez experimentar la disolución del  yo y entrever el potencial impresionante de vivir como conciencia colectiva, de habitar el nosotros. La masa es el resultado químico del grito de gol, esa experiencia que ocurre en los estadios cuando el fútbol alcanza como juego uno de sus clímax, después de habernos sufrido ofrecido durante un largo lapso del  tiempo el espectáculo que tal  vez más se parece a la vida: la máxima dificultad como punto de partida, una larga sucesión de intentos frustrados y tiempos muertos para entregarnos, de cada tanto, una bella revelación, una emoción definitiva.

Hay que aprovechar este portal energético mientras dure, porque el  grito de gol no durará mucho. Es el último polvo mágico de un tiempo que se va. Mientras tanto, como dice William Burroughs, habrá que aprender a hacerlo sin la puta química.

Nota del editor:

El texto que precede fue escrito por Rubén Mira para la revista Crisis, editada por el Colectivo  Editorial de Crisis Asociación Civil, publicada en diciembre de 2010.

La pasión que genera el fútbol tiene una gran semejanza con la pasión que genera la política, aunque difieran en su masividad. Si el hombre, como dijo Aristóteles, es un animal político; el hombre argentino (y muchas mujeres también), es un animal futbolístico.

La instalada confrontación entre ambientalistas y pro mineros en Mendoza (o acaso alguien se animaría a negar su existencia?) lejos de adquirir una “banalidad” deportiva,  termina comprometiendo a las multitudes bajo el paraguas de políticas de Estado que se ejecutan o se dejan de ejecutar según las circunstancias.

Lo que es difícil de aceptar es que esas políticas de Estado no surjan inequívocas de las mismas instituciones que tienen la responsabilidad de conducir los destinos de una sociedad  que merece y  cada vez más, exige, horizontes claros que la depositen en un futuro mejor para todos.

La iniciativa de la Cámara de Diputados de desarchivar al proyecto del emprendimiento minero de Hierro Indio en Malargüe abre un sinfín de interrogantes sobre la intencionalidad y el momento de la decisión,  a escasas horas de un episodio que dividió a los mendocinos y los tuvo al borde de una confrontación social que características violentas.

Que el proyecto que propone la administración de Francisco Pérez vuelva al Poder Ejecutivo y se reviertan las falencias técnicas y administrativas de la declaración de impacto ambiental fuertemente cuestionadas en la casa de las leyes, quizá pueda darle un encuadre de legalidad a Hierro Indio. Pero también necesita  LEGITIMIDAD  y las preguntas surgen indefectibles  ¿Se lo dará la sociedad?, ¿Sabrá la política encausarla? ¿Y como dice Rubén Mira en ese exquisito texto canalizar ese “potencial impresionante de vivir como conciencia colectiva”? .

Porque es cierto: “ La masa es el resultado químico del grito de gol” y ese grito de gol se sintió estruendoso  de parte de una de las parcialidades ( un solo gol no puede satisfacer al mismo tiempo a dos hinchadas). Lo que aparece como rompiendo todas las reglas de juego  es que los goles sean anulados cuando el cotejo ya terminó. Y peor aún que se decida repetir el partido. 

 

 

 

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