Historia viviente de la Marina:»Que lindo llegar a tener 100 años y poder contar lo vivido»

La bella historia viviente del Suboficial Primero (RE) Victorio Castro, de Ciudad de Mendoza, que compartimos con nuestros lectores. «Que lindo es llegar a tener 100 años y poder contar lo vivido».

“A mis 100 años, de la Armada recuerdo navegar mucho, me gustaba y lo hacía con afecto; y lo que más se extraña, la camaradería” 

Hoy 28/10/2020. Victorio Castro cumple hoy 100 años y vivió momentos dorados de su vida en la Armada Argentina. Primero cumplió el Servicio Militar Obligatorio en la Base de Infantería de Marina Baterías; luego se incorporó como personal del Cuadro Permanente, desempeñándose en innumerables destinos y buques hoy radiados; para, más tarde, reincorporarse a la Institución como Suboficial Primero Retirado en Servicio.

SAN LUIS – 100 años de sentimientos profundos y una lucidez veinteañera. También se encuentra físicamente muy bien, aunque no camina grandes distancias por haberse accidentado la pierna izquierda, escucha menos del oído derecho y del ojo izquierdo casi no ve. 365 mil días de vida y hoy recuerda con mucho cariño y nitidez los 30 años transcurridos en la Armada Argentina.

No sabía nada de la Fuerza cuando se subió al tren que lo traería de su Mendoza natal al sur de la provincia de Buenos Aires. “Tenía 20 años y era la primera vez que salía de mi casa y mi provincia; no conocía nada de la Armada; tenía que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio; eran los años ‘40”, introdujo Victorio con voz potente.

Reclutado en la Base de Infantería de Marina Baterías cercana a la Base Naval Puerto Belgrano, empezó a conocer la Armada; fue asignado a los cañones antiaéreos como apuntador en dirección. De chico aprendió el oficio de herrero y en la Armada de ese entonces eran muy requeridos. “De los mil conscriptos que éramos, me presenté voluntario, el único, para seguir con la carrera naval e ingresé para ser Marinero de Segunda el 1° de enero de 1943”, relató.

Como personal del Cuadro Permanente de la Armada se desempeñó en la especialidad Control Averías, que en ese entonces agrupaba la labor de carpinteros, herreros, plomeros y cerrajeros. Extrañaba a sus amigos, la calle Ayacucho donde se crió, la casa donde nació, como era costumbre en los años 20.  “Me lavaron –recién nacido– en un fuentón”, se ríe. “Nací en la Ciudad de Mendoza y éramos 5 hermanos; papá era tapicero, mamá ama de casa. Íbamos a la escuela con guardapolvo y alpargatas; era la época del pantalón corto ¡hasta los 19!”, sigue riéndose.

También se acuerda de vender tortitas con chicharrones y medialunas en las plazas y calles, los fines de semana. Fue a la Escuela Primaria “Federico Moreno” de Mendoza. Extrañaba sus raíces pero se quedó en Buenos Aires, se quedó en la Armada. Estaba convencido de que la única manera de cumplir con su sueño de conocer el mundo entero, era perteneciendo a la Institución.

La experiencia de un marino centenario 

Su primer destino fue en el acorazado ARA “Moreno”, “era un mundo de gente a bordo, unos 400 hombres, y en uno de nuestros viajes, embarca Quijano con nosotros (Vicepresidente de la Nación Hortensio Quijano 1945-1952) pero apenas salió del camarote porque estuvo todo el viaje mareado”, dijo Victorio, quien nunca olvidó el acontecimiento porque era la primera vez para él que navegaba en su vida.

Luego repasó uno por uno con espléndida memoria sus destinos en otras unidades de superficie de la época: el crucero ARA “25 de Mayo”, el acorazado ARA “General Belgrano”, el torpedero ARA “Mendoza”, el buque madre BDT6 de Lanchas Torpederas. También nombró sus destinos en tierra: Polvorines en Puerto Belgrano, Arsenal Naval de la Base Zárate, la Base Naval Río Grande.

“A mis 100 años, de la Armada recuerdo navegar mucho, me gustaba y lo hacía con afecto, recuerdo ser buen marino, buen amigo y compañero y aprendíamos a comportarnos bien con la gente. Lo que más se extraña de esos días, es la camaradería”, ajustó.

Entre sus anécdotas están presentes, como ayer, las primeras operaciones cerca de Puerto Madryn, cuando aún la ciudad no estaba tan poblada, y cuando trajeron al país el “25 de Mayo” lleno de habitáculos con taquillas y roperos, todos cerrados pero sin las llaves, “se las habrán olvidado, no sé, pero nosotros tuvimos que trabajar duro con las cerraduras para abrirlas”.

Las experiencias más lindas las vivió en sus viajes antárticos, hizo seis Campañas Antárticas de Verano a bordo del rompehielos ARA “General San Martín” y llegó a bases cercanas al Polo Sur. “No usaba el equipo para el frío, y salía a la cubierta en camisa y chaquetilla…, pero jamás me agarré un resfrío.”

Todo era un desafío y en aquellos tiempos también se invernaba, contó, pero él nunca lo hizo, “había que tener un carácter especial para convivir muchos meses con pocas personas y no es fácil vivir en el hielo, ni antes ni ahora, no todos están preparados”, aseguró.

Sus viajes más gratificantes fueron al exterior, en claro reconocimiento por su desempeño naval, distinguido en dos oportunidades como el Mejor Suboficial de la Armada. Los hizo a bordo del transporte ARA “Bahía Buen Suceso”, llevando trigo al exterior y conociendo América y Europa, “recuerdo Méjico y Estados Unidos; Alemania e Inglaterra. Se sentía muy bien viajar; lo hacíamos por varios meses”.

“La Armada Argentina es una Institución buena y ejemplar; de integrantes excelentes. La quiero mucho a la Armada, fue mi segunda casa. Yo recomiendo que todos los jóvenes de hoy sean cadetes, para que aprendan lo que es querer a su Patria”, reflexiona el marino centenario. “Siempre he sido respetuoso y respetado. Siento un gran orgullo y honor de haber estado en la Armada”, expresa; y mencionó que continúa ligado a la Institución, cumpliendo ya 50 años de socio en el Círculo de Oficiales de Mar.

Entre tantos viajes y lugares nuevos, Victorio conoció a la italiana Josefa Lanza en Punta Alta, ciudad cercana a Puerto Belgrano, y de la que se enamoró por su belleza “porque ella fue Reina del ‘Club Rosario Puerto Belgrano´”, dijo levantando las cejas canas. Y criamos juntos a sus hijas, que tenían 7 y 1 año de edad. Se fueron a vivir a Bellavista, donde compró una casa, luego a San Miguel.

Le duele hablar de ellas porque después del retiro, del fallecimiento de Josefa y hacer herencia en vida, se quedó sin casa. Sin sus cosas ni recuerdos. Sus hermanos han fallecido todos, aunque tiene algunos familiares en Mendoza, y otros por parte de su señora, en muchas provincias argentinas, con quienes se lleva muy bien y se comunica seguido.

Ahora Victorio vive con su sobrina por parte de su esposa, Marisa Sagrá, y su mamá, en la ciudad de San Luis, desde hace 5 años, y ya hizo amigos. Con ellas se siente a gusto y contenido. “Marisa me brindó su casa. Es una persona muy linda, buena y humana”, se emociona.

Por su parte Marisa dijo: “Siento una gran emoción y estoy orgullosa de tenerlo en casa” y confiesa que conoció la Armada Argentina a través de los relatos de su tío y así le guarda un cariño especial a la Fuerza. Marisa tiene 49 años, es maestra jardinera, y trabaja en un Centro de Salud del Ministerio de Salud y para un Programa Nacional que se llama Primeros Años.

“Sus vivencias me atrapan, le pregunto y escucho con curiosidad porque de chica no tuve mucho contacto”, dijo. “Creo que Victorio es un ejemplo para las generaciones de militares que están en actividad y es lindo reconocerlo, más en sus 100 años. Me gusta el respeto y la calidad humana de los marinos, que en estos años pude comprobar haciendo trámites para él en instituciones de la Armada.”

Victorio Castro lamentó el retiro de su querida Armada pero al poco tiempo, tuvo la oportunidad de regresar para completar los años de servicio y lo hizo en el Departamento Compras de la Escuela Naval Militar en Río Santiago, Ensenada. Su Retiro Efectivo se concretó finalmente el 1° de enero de 1970.

Confiesa que le hubiera gustado estar más años en la Armada porque aún tenía mucha energía para trabajar: “Después de retirado, me puse una remisería, tuve panadería, sodería, heladería, instalé hasta una fábrica de alfajores con 30 empleados, ¡qué no hice!”, concluye afanoso Victorio Castro a sus 100 años.

Por www.gacetamarinera.com.ar 

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