Juan Antonio Rodríguez: Un huaso chileno

La vida en los inicios de San Rafael contada por la profesora e historiadora María Elena Izuel, un excelente artículo, para conocer de donde venimos.

Don Juan Antonio Rodríguez, fue una persona que llegó a tener mucha importancia en el sur mendocino, fue una persona a quien se la amó o se la odió, con él no existían términos medios, para unos fue valiente y abnegado, para otros  cruel y sanguinario, según relata su biógrafo don Narciso Sosa Morales en su obra titulada: «EI Cmte. Rodríguez».

Gracias a Sosa Morales su recuerdo ha salido a la luz, en donde relata su vida, tanto en lo personal y como en lo  militar. La fuente en la cual se basó Sosa Morales fue el libro de Vicente Pérez Rosales, de origen chileno, quien en “Recuerdos del Pasado” relata los momentos que vivió en San Rafael, cuando fue invitado por el Cmte. a visitarlo, y dejó importantes apreciaciones sobre su compatriota.

Don Juan Antonio  nació en Chile, de ahí el apodo de huaso chileno, nombre que se le da en el centro y sur de Chile al hombre que trabaja en las tareas de campo, en especial en ganadería. Nació en el pueblo de Loló,  de la provincia de Colchagua, en el seno de una familia bastante pudiente y muy honrada, el padre poseía una propiedad rural, donde se dedicaba al cultivo del trigo y cría de ganado. Su educación había sido bastante buena, para la época, sabía leer un poco, escribir muy mal y apenas contar, que junto con la religión, era lo que en esa época se enseñaba en las escuelas.

Era de fuerte constitución, muy alto con un físico  muy bien proporcionado,  de rostro blanco  y encendido, de ojos azules, nariz aguileña, pelo rubio y colorado bigote: éste es el único retrato que nos ha quedado de él, el retrato pintado por la pluma de Pérez Rosales quien lo conoció personalmente.

Fue un aventurero, ya que no tenía temor a nada. Demostraba extraordinario arrojo en el manejo del caballo, poseía un valor sin límites, que se hizo legendario, de juicio sarcástico a la par que festivo.

Cuando vivía en Loló, en un  festejo de la trilla,  efectuado en la propiedad de su padre, donde reinaba la alegría, la llegada de un matón que insultó a los presentes, vino a enfriar los ánimos, Rodríguez le hizo frente y  lo desafió a  duelo, ambos montados en sus caballos bien enjaezados, comenzaron a luchar y  desgraciadamente con su machete mató al guapo, y el Juez de Curicó,  que lo odiaba, por un enredo pasional, sin razonar que había sido en  defensa propia, ordenó su persecución y captura.

El perseguido se dirigió a la zona del Volcán Peteroa, donde existen glaciares, pero su fiel caballo, no pudo aguantar el esfuerzo, por lo que murió en la noche, cuando comenzó a nevar copiosamente, pero su caballo le siguió dando calor, al hacerse de día vio a cuatro soldados que lo perseguían, tenía ante él un profundo abismo y detrás a sus perseguidores,  sin vacilar se arrojó al abismo, los soldados espantados lanzaron un grito y al acercarse al borde del precipicio vieron como en un vuelo fantástico, al “huaso chileno” que se precipitaba al vacío y caía sobre un gran colchón de nieve blanda, caída durante la noche, de donde salió vivo, sacudiéndose tranquilo la nieve que tenía encima. Se había salvado milagrosamente, pero había preferido morir en el intento y no caer en manos de sus perseguidores, pues sabía que le esperaba una horrible  muerte.

Desfalleciente prosiguió su camino, pasó hambre, frío, sufrió heridas y magulladuras, pero finalmente, con la ayuda de unos cazadores de guanacos, llegó a Chilecito, en Mendoza, que en ese entonces era un pobre villorio, pero hospitalario,  donde se empleó como peón, hasta que su patrón se dio cuenta que tenía ante  sí a una persona muy capaz,  por lo que lo habilitó para que comerciara en licores. Él  mismo preparaba los licores, como la exquisita “pichanga” a la que sabía aclarar y darle un sabor especial (pichanga es el nombre que se le daba en Mendoza al vino nuevo).

Por algunos documentos de esa época,  se sabe que era muy apreciado por la gente del lugar, se había ganado la simpatía de la gente de San Vicente, San Carlos y Luján, actuando en ocasiones como mediador o juez ante circunstancias especiales.

En varias ocasiones cruzó la cordillera, llevando mercaderías a Chile desde Cuyo, en especial tabaco y licores, la mayoría de contrabando, por lo que conocía todos los caminos y sendas escondidas por donde cruzar sin peligro.

Al poco tiempo deseó entrar en el ejército y supo que el Gobernador Aldao quería tenerlo gente capaz a su lado,  se presentó a él y le pidió entrar al servicio en calidad de soldado raso. Su aspecto atlético, su fisonomía franca y resuelta, así como la modesta aspiración del recluta, bastaron para que el fraile- general dijera que “un hombre como Rodríguez era lo que hacía tiempo buscaba”. Relata Pérez Rosales que “a Aldao le bastó un solo rato de conversación con Rodríguez para descubrir en él la lealtad del perro, virtud que desconocía en el  hombre; la fuerza y vigilancia del guerrero tan necesaria entonces y  junto con un carácter impetuoso,  la inocente sencillez del niño”.

Si bien Rodríguez quería comenzar como soldado raso, Aldao lo incorporó entre los  oficiales de su guardia privada.  Esta preferencia le generó la envidia de sus compañeros, pero tenía dotes especiales de soldado y en especial sus ansias de combatir y dar la vida por su jefe, tal es así que Aldao lo llamaba “mi hijo” y para Rodríguez fue “su padrino y su padre”.

Desde el momento en que se conocieron, la fidelidad de Rodríguez  fue ciega, en vida de su Jefe hizo todo lo que éste le ordenaba y aún después de muerto,  siguió siéndole fiel,  lo que le valió persecución y muerte.

Rodríguez se convirtió en la mano derecha de Aldao, cuando llevó a cabo la campaña contra los indios en 1833, fue el Capitán Rodríguez quien realizó los mayores actos de arrojo, quien se ofrecía para los trabajos más peligrosos.

 

 

Prof. María Elena Izuel

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