Juan Rojo: un encuentro

Juan Rojo: un encuentro
Primero, aclarar que el Dakar no es ni remotamente una de mis devociones. Y que programé rigurosamente el viaje para evitar la coincidencia.
Ahora bien. Recuerdo que Borges, en El Hombre De La Esquina Rosada, hace decir al protagonista, sobre quien sería a la postre su víctima, algo así como: “no lo traté más que tres veces” (a saber: un empujón en medio de una multitud desconocida, un abrir paso también en la misma multitud y el momento del asesinato. Siempre me sorprendió la expresión “tratar”, que no es inadecuada ya que el protagonista las sintió a todas muy significativas. Sin dudas una pequeña joya borgiana).
Pues bien, salíamos del hotel en CHILECITO, cuando un estruendo de bocinas y sirenas se nos empezó a venir encima. A las apuradas, los empleados nos ponen al tanto de que era una caravana que recibía al crédito local en el Dakar, un motociclista que había salido séptimo en su categoría.
Bromeamos desde luego con que el Dakar nos perseguía, buscamos nuestra plaza a ver si nos ponía a salvo del aluvión, pero de tal suerte que justo desembocamos en la marcha. Fue un instante, un segundo en que la broma, no entiendo cómo, se transformó en algo así como emoción y le dije a Olga: “es absolutamente legítima la alegría de esta gente”, a lo que ella me contestó con voz de campanitas: “por supuesto”, al tiempo que apuntaba con su cámara al protagonista que ahora venía de frente a nosotros. Fue él. Miró con cierta sorpresa la cámara y se tomó un segundo para ver si efectivamente era el destinatario del interés de esa desconocida. Y comprendió que yo acompañaba a la paparazza.
Entonces, esgrimió una amplia sonrisa y levantó su mano saludándonos. Juro que no supe qué hacer ante tanta generosidad. El héroe del pueblo descendía a mi lugar, y me ofrecía su mano en alto. Atiné a bajar la cabeza en una suerte de reverencia justo en el instante en que el vocinglerío se lo devoraba, mientras una Virgen del Valle en una camioneta, se aferraba con desesperación a las banderas que la entronizaban para no perder el equilibrio a esos desacostumbrados (para ella) 40 km/h. Un rostro casi de criatura, reforzado por esa sonrisa infantil, en un menudísimo cuerpo de un changuito de veinte años. Gracias maestro Juan Rojo, por tu saludo de héroe, a mí, que soy “naides” y encima forastero.

Epílogo: tuve que escarbar mucho en los diarios digitales para dar con el nombre del corredor, y enterarme que, a diferencia de los grandes equipos, él sólo contó consigo mismo y una caja de herramientas facilitada por la organización, para recorrer el circuito más peligroso y exigente del mundo.
Su increíble 7mo puesto en su categoría fue absolutamente ninguneado por la prensa porteña, sólo ocupada en las grandes marcas y la clasificación general que da cuenta de la omnipotencia del dinero.
Por nuestro querido amigo Topo Bejarano


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