Kenia «Pole Pole»

*Por Federico Chaine. Tocaba nuevo viaje pero no tenía decidido el destino. Busqué un mapamundi para resolver la cuestión y mis ojos se posaron en el continente africano. Había estado en Sudáfrica, su extremo sur y en Egipto, al norte. Miré hacia el centro y apareció Kenia, el país de los safaris. Investigué los países vecinos y sumé Tanzania para ver el mítico monte Kilimanjaro, el más alto de Africa y la histórica y paradisíaca isla de Zanzíbar sobre el Océano Indico. Me vacuné nuevamente contra la fiebre amarilla que es obligatoria para esos países. Saqué pasaje en Southafrican Airways y despegué desde Ezeiza hasta Johannesburgo. Once horas después cambié de avión para seguir vuelo hacia Nairobi. Fueron otras 4 horas hacia el norte.

Aterricé en la capital de Kenia que es la ciudad más grande y populosa del este africano con 4 millones de habitantes y la cuarta del continente. Tiene fama de ser peligrosa y recomiendan no salir de noche. No en vano la llaman irónicamente “Nairobo”. Me instalé en el hostel Milimani Backpackers por 9 dólares la noche y al otro día bajé al centro. Tomé el matatu (bus) 46 que me dejó frente al edificio de los Archivos Nacionales de Kenia. Un lugar ideal para conocer la historia y la cultura de este país que fue colonia inglesa hasta su independencia en 1963. La tribu más arraigada es la de los Masai, guerreros y pastores por tradición. En el salón principal del edificio se exhiben las lanzas, escudos y vestimentas típicas de esta ancestral tribu. Otra importante herencia Masai es la lengua swahili que es el idioma oficial junto al inglés.

En la actualidad son los Kikuyu la etnia más numerosa y la que gobierna la Nación. Los Masai han sido desplazados hacia el sur en la Reserva Masai Mara, el Parque Nacional más importante de Kenia. Es habitual ver a los Masai con su vestimenta a cuadros caminando por la ciudad o pastoreando en los poblados más alejados. No les gusta que les tomen fotos y en algunos casos  piden dinero para dejarse retratar. También se los distingue por el lóbulo perforado y agrandado de donde cuelgan aros y otros adornos.

El primer Presidente tras la liberación británica fue Jomo Kenyatta quien es considerado el prócer nacional. En los archivos pude ver su sillón presidencial totalmente tapizado en rojo, uno de los colores de la bandera keniana junto con el verde y el negro. En el centro está rematada por un escudo y dos lanzas masai cruzadas. Dejé el museo y me mezclé entre la multitud de Nairobi. Una ciudad grande, polvorienta y algo sucia. Me trajo reminiscencias de las urbes de la India. No les costaría nada recoger un poco la basura y limpiar veredas y calles.

En el cruce de dos avenidas vi un enorme cartel publicitario de un diario deportivo y ¡Oh sorpresa! una de las figuras era Lionel Messi con la casaca del Barcelona. Cuando decía que era argentino todos me lo nombraban. Los tiempos en que éramos conocidos por Maradona van quedando atrás. Las nuevas generaciones lo tienen al rosarino como referente futbolístico. Ahora también tenemos al Papa Francisco (ya volveré sobre ello en la nota siguiente). Tuve que esquivar el tráfico caótico. Es la capital y hay escasos semáforos. El hecho de que se conduzca por la izquierda también obliga a estar atento antes de cruzar porque los coches vienen en sentido opuesto.

Llegué a la esquina de Moi Avenue y Haile Selassie. Allí se erigía el edificio de 5 pisos de la Embajada de Estados Unidos. A las 9:35 de la mañana del 7 de agosto de 1998 un camión-bomba de Al Qaeda la voló matando a 200 personas. Murió personal de la embajada pero la mayoría eran transeúntes a los que les tocó estar en el lugar incorrecto a la hora equivocada. Hoy el sitio es un parque memorial. Tiene un monumento con placas que recuerdan el nombre de las víctimas. Entré y me senté un rato aprovechando el silencio para escribir las primeras impresiones en mi cuaderno de viajes. Hay fotos que demuestran el infierno que se desató esa fatídica mañana. Nueve minutos después de este atentado hubo otro en Dar Es Salaam, Tanzania, donde también se atacó la embajada de USA con otro camión-bomba. Aquí hubo 7 víctimas fatales. Un golpe de Osama Bin Laden a la Administración Clinton.

Para continuar con edificios emblemáticos me dirigí hacia el Parlamento. Instalé mi trípode y habré hecho unas seis fotos cuando se acercaron dos policías y me preguntaron que hacía, sobre todo cuando tomé una para mi colección “de espalda”. No entendían nada. Me dijeron que no se podía tomar imágenes y que debía borrarlas. A regañadientes borré todas menos la de espalda y como me negaba me llevaron a la comisaría a la vuelta del Parlamento para hablar con su jefe. Me quedé en la puerta y les dije que llamaran al comisario. Ni loco iba a entrar solo a un despacho policial africano. El jefe nunca apareció, yo no quería borrar la foto y estuvimos 10 minutos a las vueltas. Al final me cansaron y le di “delete” a la toma. Lo lamenté mucho porque había quedado muy buena. Cuando giré en la esquina y los polis no miraban le hice una foto a escondidas al Parlamento de los cojones.

Recorrí la calle más comercial y entré al Mercado Central donde se venden todo tipo de animales, vivos o muertos. Pasé por la Mezquita Jamia y llegué hasta los jardines Jeevanjee donde comprobé la veracidad de la frase más escuchada en swahili: Pole-Pole. Traducido sería vida relajada, tranquila, sin apuro. Había gran cantidad de gente echada en el pasto, dormitando, o charlando sentados en los bancos en plena hora laboral. Me fui adaptando al ritmo keniano aunque a veces exaspera un poco esperar 40 minutos a que te preparen un desayuno. Demasiado Pole-Pole también cansa. Había visto Nairobi desde la superficie y era hora de apreciarla desde las alturas. Por 400 chelines (la moneda local, unos 5 dólares) se puede subir hasta la terraza del Kenyatta Conference Center. Es el edificio más elevado y tiene forma de rulero. Arriba me recibió un guía que me llevó hasta el helipuerto. Corría mucho viento pero disfruté vistas estupendas de 360 grados. A la distancia detecté el Parque Nacional Nairobi con su fauna natural, el estadio Nyayo (Kenia es cuna de los mejores corredores del mundo en mediana y larga distancia) el Parque Uhuru, los edificios céntricos y el susodicho Parlamento otra vez.

Al otro día cambié el cemento de la ciudad por la naturaleza. Fui al Parque Nacional para avistar animales en su hábitat. Antes de la salida caminé por una reserva cercana donde vi animales en cautiverio que están siendo curados. Me empaché con leones, búfalos, hienas, rinocerontes, chitas, hipopótamos, cudúes y otros bichos. Después me subí al Toyota LandCruiser que nos llevaría al safari (que por cierto significa viaje en swahili) junto con una alemana, Nadine y una austríaca, Bernadette. Fuimos los únicos pasajeros junto al guía Kono. Safari exclusivo para tres. Lo que diferencia al Nairobi National Park de otras reservas de Africa es que se puede observar la sabana y a lo lejos los rascacielos de Nairobi mezclados con cebras o jirafas. Muy curioso. El parque está vallado en el sector que da a la ciudad para preservar a los animales de los humanos, no a la inversa. A poco de andar aparecieron cabras, facoceros, impalas, jirafas y avestruces. En un momento el ojo avizor de Kono detectó algo que se movía en un matorral y gritó ¡Lion! Acercó la camioneta a solo 5 metros y desde la maleza nos observaba fijamente el Rey de la selva. Era mediodía y descansaba. Los leones tienen el corazón pequeño para su tamaño y cazan solo de noche ya que durante el día se agotan al perseguir a sus presas. Los tres le hicimos varias fotos atentos a sus movimientos ya que se nos podía venir encima en segundos. Nos rugió hasta que nos alejamos satisfechos de observar tan de cerca al animal más emblemático del Africa. Terminamos el safari y nos dimos un opíparo almuerzo en un restaurante en medio de la selva. Las chicas pidieron pollo y yo me solacé con espaguetis a la carbonara.

En el imaginario de quienes crecimos en la década de 1980 la película “Africa Mia”, ganadora de 7 Oscar, representa el Africa salvaje, aventurera y romántica. La protagonizaron Meryl Streep y Robert Redford. Está basada en el libro de la danesa Karen Blixen. Ella vivió junto a su marido en una casona en las afueras de Nairobi en las décadas de 1920 y 1930. Karen es interpretada por Streep. La película comienza con la frase: “Yo tenía una granja en Africa al pie de las colinas Ngong”. La casa verdadera es museo y se puede visitar. Fui allí con las imágenes de la peli dando vueltas en mi memoria y me encontré con una bella y sencilla casona rodeada de palmeras y cipreses.

Dentro de la casa no se permite hacer fotos pero igual tiré un par a escondidas en la sala donde escribía y descansaba Karen y en la cocina. Se pueden ver objetos utilizados en la filmación como las botas de caña y los cepillos del cabello que usa Meryl Streep y la ropa de cazador de Redford. Vivían de una plantación de café, la “Karen Cofee Company”, que se incendió y no queda nada de ella. Solo un tractor y un carro que servía para transportar el grano. Denis Finch-Haton, el personaje de Redford, fue amante de Karen y falleció mientras pilotaba un avión en 1931. Está enterrado en los montes Ngong. Desde el hall de la casa se aprecia una vista magnífica de ellos cuya forma recuerda los nudillos de una mano. Karen regresó a Dinamarca luego de la muerte de Finch-Haton y nunca regresó al Africa. Escribió otros libros que fueron traducidos a 20 idiomas. Falleció en setiembre de 1962 a los 77 años. La zona donde está la casa se llama Karen en honor a ella y es un sector residencial muy exclusivo. El presidente de Kenia reside allí.

Cerca de allí está el Giraffe Center donde se protege a la jirafa Rothschild, en peligro de extinción. Lo novedoso es que se las puede alimentar desde una plataforma. Me tocó Helen, una simpática hembra que no lo pensó dos veces cuando la cuidadora la llamó para darle su comida. Le di un puñado de alimento en grano como el de perros y gatos. Está compuesto por una variedad de vegetales. Además de esto comen brotes de acacia. Un momento simpático del viaje y contacto directo con la fauna africana.

Tomé un bus rumbo al oeste hacia la ciudad de Kisumu. Siete horas después llegaba a la tercera ciudad más grande detrás de Nairobi y Mombasa. Aquí nació el papá de Barak Obama quien luego emigró a USA donde nació el Presidente. Su abuela todavía vive y reside en las afueras.  Esta ciudad está junto al lago Victoria, el más grande de Africa y el segundo del mundo de agua dulce tras el Superior en Canadá-USA. Es el principal afluente del mítico río Nilo. Navegué este río y estuve en su desembocadura en Alejandría (Egipto). Me dio curiosidad estar también en su nacimiento. Está lleno de hipopótamos y cocodrilos. No toqué sus aguas porque habita en ellas el parásito de la bilarziosis una enfermedad  muy peligrosa que se filtra en la piel con el simple contacto.

También tuve la oportunidad de estar sobre la línea ecuatorial que atraviesa la ciudad de Maseno y poner un pie en cada hemisferio de la tierra. Tomé un matatu donde fui apretado como sardina. Cuando pensé que peor no se podía estar abrieron el baúl de la combi y metieron una rueda de coche por debajo de mi asiento y tuve que ir con los piés apoyados en ella con las rodillas casi en el pecho. Tras media hora de viaje en la ruta que va hacia la vecina Uganda bajé frente al monumento que marca la divisoria de la tierra en norte y sur. Hice fotos como las que tengo en el meridiano de Greenwich (este-oeste) y volví a Nairobi para tomar otro bus hacia la frontera del segundo país del viaje: Tanzania.

*Por Federico Chaine – fedechaine@hotmail.com

Temas relacionados