La gran muralla de los 10.000 LI

*A finales de 1979 estaba en un cumpleaños infantil y destaparon una botella de Coca-Cola. Recuerdo que agarré la tapita y vi dibujada en el interior una muralla rodeada de montañas. Argentina había ganado el Mundial Juvenil de ese año y la firma de gaseosa eligió a Diego como anfitrión del álbum que mostraba lugares emblemáticos del planeta como el Partenón, la Isla de Pascua o el Monte Fuji. Yo tenía en la mano la Gran Muralla China y en mi mente de niño pensé: algún día voy a caminar por ese muro.

Años después partía al antiguo impero chino en busca de la famosa muralla, hoy declarada como una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo y ganadora de dicha elección. China es el país de los records y para ir entrando en clima me tocó volar en el Airbus 380-800 de Lufthansa, el avión de pasajeros más grande que existe con 550 asientos. El largo periplo de 31 horas y 12 000 kilómetros entre Buenos Aires, Frankfurt y Pekín culminó en el aeropuerto de la capital china, el más grande del mundo (para variar).

Allí tomé un subte directo al centro, infraestructura creada para los Juegos Olímpicos de 2008, por solo 25 yuanes (25 pesos argentinos). Me bañé y salí sin recuperarme del jet-lag. Mi hostel estaba ubicado en un hutong (callejón). Son laberínticas construcciones donde aún vive el 40 % de la población de Beijing. Son muy distintos de las grandes avenidas con edificios acristalados que poco a poco van dominando las ciudades chinas. Muchas casas de los hutong no tienen sanitario y deben ir a los toilettes públicos malolientes repartidos por doquier. Se mezclan tiendas, animales sueltos, puestos de comida de todo tipo (con escorpiones incluidos en la carta), alquiler de bicicletas y casas de té.

Plano en mano me fui orientando y busqué mi primer destino: la Plaza de Tiananmen que es el corazón geográfico de Pekín. Eran 15 minutos de caminata pero se alargó cuando empecé a perderme y al pedir ayuda me topé con lo que fue la gran dificultad del viaje: la barrera idiomática. Muy pocos chino hablan o entienden el inglés y preguntar para llegar a una calle, una estación o un monumento se hizo imposible. Por señas se podía interpretar algo pero no alcanzaba. Los carteles están en mandarín. Lo único que se entiende son los números ya que, por fortuna, utilizan el sistema decimal.

Finalmente llegué a Tiananmen. Es un enorme espacio público (la plaza más grande del mundo) vigilado por guardias y al que se accede pasando por detectores de metal. La mochila se inspecciona con rayos X. El gigantesco mausoleo del ex líder Mao Tse Tung se yergue en el centro de la plaza y se visita gratuitamente. Se puede apreciar el cadáver momificado del “Gran Timonel” fallecido en 1976. Al este y oeste se ubican los edificios del Gran Salón del Pueblo (una especie de Congreso Nacional en un país comunista) y el Museo Nacional de China. Ambos con una arquitectura monolítica y fastuosa que recuerda los monumentos de la ex Unión Soviética. La plaza está siempre llena. No en vano es el país más poblado de la tierra con la escalofriante cifra de 1350 millones de habitantes y subiendo. Todos se tomaban fotos con sus teléfonos y corrían detrás del guía que vociferaba en mandarín por un mini parlante.

Frente a la columnata que es el Monumento a los Héroes del Pueblo ocurrió algo que se repetiría sistemáticamente en todo el periplo: hombres y mujeres que pedían hacerse una foto conmigo. Les resulta curioso ver occidentales y si le decís que sí a uno vienen otros y te piden foto también. Me sentía una estrella de Hollywood. Después, al hablar con otros mochileros, me comentaban que les ocurría lo mismo. En el sector norte de la plaza está la Puerta de la Paz Celestial. Allí Mao proclamó la República Popular China el 1 de octubre de 1949. Hoy un enorme cuadro con su rostro domina todo desde lo alto. Durante los incidentes de 1989 varios estudiantes que protestaban contra el régimen comunista tiraron huevos a la figura y enseguida se cambió por otro nuevo. Tienen varios guardados por si acaso.

Dejé la plaza y me metí por unas calles secundarias hasta el moderno edificio de la Opera. Una construcción de cristal y titanio rodeada de un lago. Parece un ovni a punto de despegar. Fue el primero de varios contrastes entre lo moderno y lo añejo que fui encontrando en un país milenario y a la vez emergente. Una fusión surrealista entre pasado y futuro. Este progreso desmedido trae consecuencias y la más notable es el smog que flota sobre la capital. Es la ciudad más contaminada del planeta con un parque automotriz que crece sin cesar. El chino actual quiere consumir bienes y tener un auto es muy apreciado. Hay días que la garganta pica y no se ve un edificio a más de 400 metros. La superpoblación, la falta de agua y comida son otros de los problemas de esta futura potencia mundial.

Cuando apoyé la cabeza en la almohada el cerebro dijo basta y me desconecté hasta el otro día donde ya me levanté repuesto del desfasaje horario. Volví a caminar hasta la sublime Ciudad Prohibida donde residía el Emperador y su familia. Al pueblo le estaba vedado el acceso a esta fortaleza amurallada de las dinastía Ming y Qing. Hay canales internos, jardines, patios y fuentes. La construcción más importante es la Sala de la Armonía Suprema donde se celebraban los cumpleaños y las coronaciones de los emperadores. Me senté un rato para descansar y parece que atraje  a varios locales. Comenzó de nuevo el ritual de fotos. Los chinos invaden cada gran atracción del país pero curiosamente lograba momentos de paz en medio de la marabunta. Creaba estados mentales y me abstraía del entorno de vez en cuando. La Ciudad Prohibida resulto muy interesante pero también un poco monótona ya que la arquitectura se repite bastante a lo largo de las 72 hectáreas que tiene el complejo palaciego mejor conservado que hay.

La jornada siguiente madrugué para ir por mi cuenta a la principal atracción del viaje: la Gran Muralla. Evité ir al sector de Badaling a 70 kilómetros al norte de Beijing ya que es más popular y turístico. Elegí la zona de Mutianyu, a 90 kilómetros, menos comercial y a la vez más difícil de trepar. Es famosa por sus atalayas y está muy bien conservada. No fue sencillo llegar. Tomé un subte de la Línea 2 hasta la parada de Dongzhimen. De allí debía encontrar la estación de buses de largo recorrido pero nadie me ayudaba a encontrar el camino hasta que una chica logró explicarme que debía cruzar el puente peatonal sobre la autopista y poco más. Una vez allí todo fue intuición. Logré verla cola de unos buses y supe que iba en la dirección correcta. Ya en la estación no encontré un alma que me explicara en que andén y a qué hora salía el bus a Mutianyu. Una amable señora vino con su celular y dibujó un 8:30 en la pantalla táctil y un 916 que era el número del micro. Para saber el precio fui sacando billetes y monedas hasta que el chofer juntó 16 yuanes.

Dos horas después asomó a lo lejos el primer tramo de la milenaria obra. El bus no terminaba de estacionar que ya corría a comprar la entrada. Desde la base se puede ascender en telesillas que te dejan al pie de la muralla pero me hice el valiente y trepé  a pie. A mitad de la interminable y empinada escalera de piedra me arrepentí pero no había vuelta atrás. Cuando por fin llegué la primera visión me sorprendió: la gris construcción zigzagueaba como la cola de un dragón sobre las montañas hasta perderse en el horizonte. Magnífico.

Este sector en particular lo mandó a construir el Emperador Zhu Yuanzhang de la primera dinastía Ming. El muro comenzó a erigirse en el siglo VIII A.C. Distintos emperadores lo fueron ampliando y cuando alcanzó 6000 kilómetros de longitud se la bautizó como “La Gran Muralla de los 10 000 Li”. Su largo total es de 7300 kilómetros. Su función era repeler los ataques de Mongolia y Manchuria. Las atalayas tenían guardias permanentes y cuando avistaban al enemigo encendían fuego y hacía señales de humo para comunicar el ataque inminente. Siempre se dijo que era la única construcción del hombre que se veía desde la Luna pero en 2003 el astronauta chino Yang Liwei dijo que no pudo verla desde espacio a simple vista y el mito fue derribado.

La caminé hasta donde me dieron las fuerzas. En el recorrido vi varias personas al borde del agotamiento ya que los escalones y las permanentes subidas y bajadas son toda una prueba para el físico. Cuando se viaja solo no tenés quien te saque una foto entonces llevo un trípode que actúa de fotógrafo personal. Programé una toma en un ángulo agudo pero se desestabilizó y la cámara cayó de frente. Literalmente murió en plena muralla. Por suerte ya había hecho varias tomas para ayudar a mis retinas a recordar esos momentos imborrables. La diversión vino al final. Por 30 yuanes se puede regresar a la base en un tobogán de acero inoxidable de un kilómetro y medio de largo. Descender la histórica muralla con el viento acariciando en el rostro y relajando el cuerpo fue una bendición.

Para cambiar el chip y pasar a lo moderno, de regreso a Beijing combiné 3 líneas de subte hasta el Parque Olímpico donde se disputaron los fantásticos Juegos de 2008. El estadio, apodado “Nido de Pájaro” tiene una concepción que impacta. En su pista de atletismo logró sus records Usain Bolt, el velocista más rápido de la historia. En su cancha la Argentina de Messi y Agüero se colgó la medalla de oro. Frente al estadio está el ”Cubo de Agua” que albergó la natación. Allí brilló Michael Phelps consiguiendo el record de 8 medallas de oro en un mismo Juego Olímpico. Desafiando el smog alquilé una bici y me di una vuelta por algunos lugares emblemáticos de Pekín. Pedaleando vi muchos perros pekineses paseando con sus dueños. El tráfico es intenso pero hay bici sendas bien marcadas y los conductores respetan a las bicicletas.

Fui hasta el Palacio de Verano en las afueras de la ciudad. Aquí venían los emperadores en los meses de calor huyendo del horno de la Ciudad Prohibida. Tiene bosques y un lago. Es un sitio ideal para llevarse un libro y leer a la sombra de las pagodas. La construcción más extraña del complejo es un barco de mármol anclado en la orilla que utilizaba la Emperatriz Cixi para sus lujosas fiestas. Otro ícono de Beijing es la cúpula del Templo del Cielo. Era el recinto donde el Emperador rezaba por las buenas cosechas y la marcha del imperio. La sala principal es redonda y el trabajo artesanal y los detalles en el techo y paredes te hace pensar en eso de la paciencia china.

Cambié de ciudad y fui en tren hasta Xi An. Fue un viaje de 11 horas, el más cortó que me tocó. No conseguí boleto para el vagón cama y tuve que ir sentado de frente con los otros pasajeros. No había manera de acomodar las piernas sin tocar las del vecino. El que estaba frente a mi decidió merendar y ante mi sorpresa abrió un paquete y se puso a comer garras de pollo envasadas al vacío. No eran las patas sino las garras. La sazonan con una salsa roja y la comen como un snack. Después las ví en las góndolas de los supermercados. Xi An fue la antigua capital de China y es famosa porque aquí se hizo uno de los descubrimientos arqueológicos más trascendentales del siglo XX cuando en 1974 unos campesinos que excavaban un terreno toparon con varias siluetas de terracota que resultaron ser un ejército con caballos y carros incluidos. La obra fue un delirio del primer Emperador Qin Shi Huang para que lo custodiaran en el más allá.

Hay 3 fosas pero la más asombrosa es la número 1 donde hay 6000 guerreros en formación de batalla orientados hacia el este. Llama la atención mirar cada figura y comprobar que ninguna es igual a otra. Varían las expresiones, las armaduras, los peinados y el calzado. Fui con un grupo de mochileros alojados en el hostel. Había canadienses, ingleses, irlandeses, dos suizas, dos taiwaneses y hasta un uruguayo que estaba con una beca para estudiar el mandarín. Después del recorrido fuimos a un restaurante de comidas típicas.

Ya en la ciudad me interné en el bullicioso barrio musulmán. Es curioso ver a los chinos ataviados a la usanza árabe. Esta comunidad está muy arraigada en esta zona del país. En medio del torbellino de olores y sonidos vi en una vereda gran cantidad de pieles exhibidas a la venta. Traté de preguntar de qué animal era y un tipo me las señaló y dijo: ¡Guau, guau!

Quedé atónito ¿Quién podría querer una piel de perro para adornar su casa? Las volví a ver en otro lugar pero allí me aclararon que eran de lobo, no de perro. Pobres bichos. Seguí viaje a Chengdu (15 horas en coche cama) para ir al encuentro de los animales más simpáticos que vi nunca: los osos Panda. Será en la próxima nota.

*Por: Federico Chaine para Día del Sur Noticias

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