La Literatura Infantil dentro del proceso de alfabetización

¿En qué aporta la Literatura infantil al proceso alfabetizador? ¿Cómo puede hacerlo sin caer en prácticas estereotipadas y utilitarias? ¿Cómo podemos hacer para ser artífices de este derecho a la metáfora? (*)

La alfabetización implica transformaciones importantes en el pensamiento y también interroga la identidad de los sujetos. El paso de la oralidad a la escritura, sus marchas, contramarchas y transiciones lleva a valorar a la misma no sólo como comunicación sino como forma de pensar, pensarse y sentir. Esto nos habla de una dimensión epistemológica y emocional.

La Literatura infantil puede ser una fuerte contribución al desarrollo del pensamiento y del lenguaje. Acceder a diversos relatos, conocer las relaciones de causalidad que se dan en los mismos, claramente aporta al despliegue de un pensamiento alfabetizado, base para el desarrollo de la lengua escrita. A través de la inmersión temprana en los cuentos y sus conexiones, los niños van incorporando nuevas estructuras discursivas, propias de la lengua escrita. El lector se hace colaborador, personaje, creador de proyectos comprensivos, polemista, controvertido, testigo presencial, relator de gustos y vivencias.

Dice Mercedes Pérez Sabbi (2008) “El niño juega, a través de los relatos fantasea e inventa el futuro, se construye un guión sobre quién va a ser, cómo se va a comportar y qué proezas va a desarrollar en el futuro. En cierto sentido, sobre la base biográfica, sumada a los relatos que le llegan crea y modifica su identidad, que retoca permanentemente en virtud del contexto, de las circunstancias, y especialmente de la mirada de los afectos que lo constituyen. Es la fase en la que se instituyen las funciones simbólicas del lenguaje y del juego para convertirse en componentes de la personalidad”.

La metáfora y todas las figuras del pensamiento constituyen un caudal valioso de recursos para la comunicación en general y el manejo paulatino que cada sujeto va adquiriendo de los dobles significados, la sugerencia, la ironía, el humor, la exageración hiperbólica, la polisemia, que van determinando sus posibilidades expresivas. En este sentido Jorge Larrosa (2006) expresa: “Siempre arriesgamos el alma en cada lectura. La decisión de leer es la decisión de dejar que el texto nos diga lo que no comprendemos, lo que no sabemos, lo que nos falta, lo que pone en cuestión nuestra propia casa y nuestro propio ser”.

La alfabetización supone enfrentarse a una diversidad de situaciones comunicativas de creciente complejidad, como consecuencia de los diversos contextos sociales. En el proceso alfabetizador es necesario que los niños entiendan para qué sirve leer y escribir en una comunidad determinada, los sentidos, desafíos, rituales y funciones. Podríamos decir que esta una dimensión sociocultural.

La Literatura infantil y la entrada al mundo de las comunidades de lectura, genera aprendizajes fundamentales acerca del rol y las actitudes de un lector en su comunidad.

Leer, compartir a través de la lectura, prestar y circular libros, cuidar de ellos como patrimonio común, hablar sobre ellos con otros compañeros. Elegir textos y comenzar a explicitar esos primeros argumentos de selección. Todas estas experiencias contribuyen a crear a través de la Literatura nuevas formas de sociabilidad, el libro vincula, crea redes y en este sentido aporta a la dimensión socio cultural de la alfabetización.

Aprender a leer y escribir requiere manipular palabras, sílabas y fonemas, poder producir y reflexionar en el marco de propuestas significativas. Esta dimensión ejecutiva y directamente vinculada al código parece la menos vinculada a las prácticas de lectura literaria e incluso la que históricamente ha llevado la carga negativa de ciertos didactismos.

El acceso a la Literatura infantil genera un enriquecimiento del vocabulario y también una experiencia interesante con relación a la sonoridad y musicalidad del idioma. La Literatura infantil de tradición oral, las adivinanzas, rimas trabalenguas, poesías, crea una experiencia sonora rica que puede aportar al desarrollo de la conciencia fonológica, principio importante del proceso alfabetizador. Dice Gerardo Cirianni (2005): “ayudar a reconocer la música del lenguaje puede resultar un ejercicio grato para los futuros vínculos con la palabra escrita”.

Propuestas para compartir

  • Conozcamos al lector sin generar prejuicios sobre sus configuraciones y consumos culturales: no todos los niños llegan a la escuela con modelos lectores pero esto no nos habilita a descalificar sus saberes respecto a la lectura y escritura o sus experiencias significantes. Iniciar a un niño en el mundo de la literatura requiere escucharlo, conocerlo en sus preferencias, oírlo y dialogar sin descalificar sus lecturas previas.
  • Partamos de la textoteca familiar, animemos a niños y padres a traer a la escuela y compartir los libros que los padres atesoran, las obras que han dejado marcas y que crean naturalmente un lugar de seguridad, un punto de anclaje a nuevas lecturas.
  • Revisemos la propia textoteca como docentes, para comenzar a ofrecer aquellos textos que a nosotros nos conmueven y nos ponen en situación de lectura placentera. Mostrarnos como lectores, no sólo como maestros, poner sobre la mesa nuestras emociones con el texto, puede ser potente para un grupo.
  • Organicemos con los chicos y padres la biblioteca aúlica, el espacio de lectura, ordenemos el material para que esté disponible y accesible a los chicos, generemos proyectos de circulación del material: cajas, valijas, mochilas, libros viajeros.
  • Convidemos lectura a cambio de nada: leamos en voz alta día a día, creando un espacio sostenido y placentero. Dejemos fluir emociones, opiniones, frases al fin del relato. Promovamos el debate sobre lo leído, generemos las preguntas al relato, promovamos anticipaciones de sentido, desvíos, regresos, hipótesis sobre los textos. Hablemos de nosotros a través de los libros.
  • Compartamos exploraciones de materiales de lectura diversos para contribuir a enriquecer y diversificar las elecciones. Ayudemos a que decidan cómo mirar y con quién conversar acerca de los libros que van eligiendo. Alentemos a conversar sobre los textos seleccionados, los descubrimientos y las sensaciones que provocan.
  • Narremos historias sin temor a que los chicos “no comprendan” partes importantes del relato. La narración educa en el ritmo y la sonoridad del texto y también por los datos del relato que se va sucediendo.
  • Cantemos con los chicos y para ellos, partiendo de las canciones que narran historias. Probemos también la experiencia de sonorizar relatos haciendo uso de instrumentos musicales no formales o de material de descarte. El descubrimiento de la sonoridad del lenguaje vincula afectivamente al mismo.
  • Visitemos las librerías locales y vayamos conociendo poco a poco los rituales propios del lector, aprendamos a cuidar el libro, prestar, devolver, circular, recomendar, buscar en bibliotecas.
  • Salgamos con los chicos a leer fuera de la escuela organizando una campaña pública de lectura para leer en hogares, plazas, clubes. Mostremos a la lectura como espacio de encuentro social con otras personas, incluso alejadas generacionalmente.
  • Juguemos con historias. Improvisemos pequeñas historias en las cuales dos o más personajes dialoguen, presenten un relato, lo ubiquen en un tiempo, espacio, lo hagan crecer y lo finalicen. Permitamos que los niños generen la historia, lleven adelante el relato y experimenten junto al docente la posibilidad del registro, los primeros intentos de escribir el relato creado.
  • Elijamos libros con los chicos/as, dejemos elegir, animemos a todos a contar por qué eligen o descartan un libro, hagamos explícitas estas primeras decisiones, recomendemos y vayamos mostrando recorridos posibles por los libros: recorridos por personajes, lugares, tiempos, motivos literarios. Estos caminos por los libros cada vez pueden parecerse más a un viaje que a un canon cerrado, pero sin embargo necesitan garantizar también la presencia de obras de calidad literaria, tarea que el mediador irá haciendo paso a paso y equilibrando las elecciones de los chicos/as con las obras seleccionadas por su calidad.
  • Invitemos a la escuela a los padres, abuelos, autores de la zona, para que sean ellos los que nos traigan nuevos relatos, para que los chicos además compartan con ellos sus lecturas. Cuando los lectores se donan mutuamente un texto y se reconocen, comienzan a formarse nuevas formas de sociabilidad entorno al libro.

 

(*) Extraído del  Plan Nacional de Lectura  “Buenos Libros para Leer. Buenos Días para Crecer”, del Ministerio de Educación de la Nación.

 

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