La pequeña bodega de los grandes vinos Parte II

Don Valentín Bianchi y don Ugo Pilati se asociaron y construyeron una pequeña Bodega a la cual don Valentín le puso ese nombre, ya que sus vinos eran muy buenos.

En marzo de 1928 elaboraron vino por primera vez. En un principio vendían el vino en bordelesas y damajuanas, en esos primeros tiempos aun no embotellaban.

El 30 de octubre de 1928 fue dado de alta como Bodeguero en la Cámara de Comercio, Industria y Agropecuaria de San Rafael.

Trabajó como tonelero en su bodega don Alejandro Besa, quien era italiano de origen, nacido en Udine, y comenzó a construirle los famosos toneles ovalados, que ya no debió importar de Treviso.

Su biógrafo, que fue su hijo Nino, un importante escritor del sur Mendocino, quien en su libro “Valentín, el inmigrante”, cuenta que su padre no concebía, ni permitía que a un buen vino se lo cortara con agua. Relata también que cierta vez en Buenos Aires, vio en un restaurante a un cliente que le echaba agua a un Borgoña Bianchi que había pedido y casi le da un ataque, al ver que aguaban su vino, sufrió enormemente.

En 1929 los negocios comenzaron a andar mal, en medio de una crisis mundial, no se vendía vino, entonces don Valentín con una pequeña valijita, donde llevaba sus muestras, se dirigió a Buenos Aires para tratar de vender sus vinos. Cuenta su hijo una anécdota que ocurrió cuando don Valentín visitaba el Jockey Club de Buenos Aires: al entrar al Club se encontró con el gerente y le ofreció sus vinos, pero éste de mal modo, le ordenó que se fuera. Don Valentín, muy ofuscado por el doble desprecio, a su persona y a sus vinos, le contestó que no se iría sin que le probara los vinos y que no respondía por él si no lo hacía. El hombre, al ver tanta determinación, atemorizado, probó los vinos y le gustaron, desde ese momento fue el mejor cliente que tuvo en Buenos Aires. Este cliente en sus cartas, jocosamente, comentaba la forma en que probó el vino.

Ese mismo año se produjo el terremoto, que si bien no provocó daños en la Bodega, fue tal el susto, que toda la familia se fue a vivir al patio, bajo una carpa. Esto pasó en todo San Rafael, el miedo al derrumbe de las casas hizo que todos los habitantes durmieran a la intemperie o en carpas, durante todo el invierno.

La situación económica se tornó angustiante y tratando de salir de ella, decidieron

vender los autobuses. Pero los tragos amargos continuaron, el vino no se vendía en la cantidad necesaria, los autobuses vendidos no se los pagaron, y don Valentín debió viajar más seguido a Buenos Aires para vender sus productos.

Pero llegó un momento en que sólo tenían deudas, por lo que pensaron en separarse, pero si repartían las propiedades, casi no les tocaba nada a cada uno. Ugo Pilati, muy magnánimo, le dijo a su cuñado que él se retiraba de la sociedad y trabajaría como enólogo, en otra bodega que fue la Bodega Jensen, sin dejar de atender la Bodega el Chiche y cuando las cosas estuvieran mejor le podría pagar su parte, en cuotas.

Tras esta concertación quedó solo don Valentín con sus hijos mayores que comenzaron a ayudarle. Trabajaron mucho y sin descanso y de a poco salieron de la crisis.

A partir de 1935 pudieron vender sus vinos finos embotellados, como decía la publicidad:“Finamente embotellados y encajonados. Lo enviamos a cualquier parte de la República”.

Cuando pusieron a la venta el vino Don Valentín Lacrado, en la etiqueta figura la firma de Don Valentín y es más un dibujo que una firma, pero no nos olvidemos que él era “el gringo de la letra bonita”.

Desde los humildes comienzos en el año 1928, la Bodega se fue agrandando lentamente, hasta desarrollarse en una gran empresa vitivinícola, pero la capacidad y el tamaño no son mérito, como sí lo son, la calidad y el prestigio, que lograron los vinos producidos por don Valentín bajo la supervisión de don Ugo Pilati.

Mientras vivió su madre viajó a Italia en muchas ocasiones, inclusive con la familia y después de la muerte de ella, iba a visitar a una hermana y pasaba unos meses con ella, recorriendo su Fasano natal, del cual nunca pudo olvidarse, si bien amó a San Rafael como si fuera su Patria.

Prof. María Elena Izuel

Comentar

comentarios

Temas relacionados