La vieja máquina de coser de mi madre

El traqueteo de la máquina de coser se hacía sentir a cada hora en toda la casa, en la mañana, a la siesta, en la tarde como en la noche.

Nunca sabíamos en que iba a terminar ese trabajo que nuestra madre había comenzado quizás esa misma mañana, lo cierto es que cuando ya caía el sol el trabajo se presentaba terminado, listo para usarse.

La vieja máquina de coser cobraba vida sobre la amplia mesa donde elaboraba sus prendas venidas desde su imaginación y que en sus manos estaba el toque final de su trabajo terminado.

Más adelante con el tiempo, descubrí que no era una costurera proyectada desde una escuela, era como aquellos músicos que tocan de oído, que simplemente la música sale desde su interior como una musa inspiradora.

Ella fabricaba sus prendas a ojo, trabajaba como los poetas cuando la inspiración sola aparece de la nada y no lo deja dormir.

Noctámbula, enhebraba la aguja e hilvanaba pensamientos, descosía sus dudas y cortaba la tristeza con sus grandes tijeras. Cuando la soledad inundaba la casa de silencio se acercaba a los pedales y el sonido le hacía compañía. Pero más tarde descubrí que la relación era todavía más profunda, la máquina de coser guardaba todas las emociones que mi vieja era incapaz de mostrar, por eso, cuando sonaba sin parar, entre el pedaleo y la incertidumbre la hacía participe de una honda preocupación, y cuanto más duraba esa inquietud, más grande debía de ser el llanto que el aparato pregonaba.

Que bueno es saber que una simple foto haya hecho que yo rescatara del silencio, todos esos sonidos que aún guardo en mi memoria. Y puedo decir al recordarla que es la mas maravillosa música que me dejó mi infancia…

Por Luis Gallardo

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