Los smartphones: el nuevo fetiche de las mujeres

(*)Los teléfonos inteligentes se multiplican aquí y allá, con su promesa de dar conexión y servicios antes impensados. Desde mensajería instantánea hasta aplicaciones para leer diarios, buscar pareja o bajar de peso. ¿Vos sos adicta? ¿Hay vida fuera del aparatito?

Te da los buenos días, la temperatura y la dirección del restaurante de comida china más cercano. Te permite leer el diario, chequear los mails, sacar fotos y subir al instante tus más locos pensamientos. Ni hablar de los mensajitos, esa debilidad.

Hay aplicaciones para contar calorías, para buscar relaciones y también para recuperar el propio aparato si se perdió (¡ay!); solo basta hacer sonar las palmas y, otra vez, teléfono y seres humanos sean unidos.

Hace tiempo que tu smartphone se convirtió en algo más que un dispositivo tecnológico: promesa de compañía, agenda, información, conector social, entretenimiento, casi mascota y, claro, teléfono. ¿Te acordás? Ese que te permitía marcar números y hablar.

Otros tiempos. Llamar, cortar; nostalgias comunicativas. Hoy “cortar” ya no es una palabra que se asocie al uso de teléfonos inteligentes. Por el contrario, la realidad indica que cuanto más smart es él, menos capacidad de abstraernos nos deja a nosotros. ¿Máquina 1 – Mortales 0?

El tema es complejo. Y la supuesta neutralidad de la tecnología hace ruido a beep. O, mejor dicho, vibra en bolsa. Solo el año pasado se vendieron en el mundo más de mil millones de smartphones. Un hito para las empresas de telefonía móvil y una llamada perdida a la atención de los usuarios que avanzamos por la vida mirando nuestros aparatos. “Como zombies de reparto en la gran saga de la modernidad”, por ponerlo con un cachitín de poesía.

Hola, ¿hay alguien ahí?

Y si no, preguntale a Mary Meeker, la ex-analista de valores de Wall Street que supo encontrarle la veta a la tecnología y hoy se dedica a estudiar fenómenos digitales por gusto y más que nada porque conduce un negocio millonario. Allí examina patrones de consumo digital y les pasa luego el “fato” a los empresarios del sector para que actúen en consecuencia sobre la sociedad de consumo. No por nada los medios norteamericanos la bautizaron “la reina de la Red” y sus informes anuales son los más esperados por las compañías de escala planetaria.

Según el último de estos informes –presentado el año pasado–, la mayoría de quienes usan teléfonos inteligentes son mujeres (52%), y se calcula que los usuarios más activos, de cualquier género, chequean sus pantallas luminosas unas ciento cincuenta veces por día. “Los móviles están teniendo su momento más agresivo, un crecimiento que se hace visible sobre todo en las regiones emergentes, con vistas a generar negocios por los próximos cincuenta años”, expresó Meeker al momento de presentar el informe en la D11 Conference. De paso, recordó sin el más mínimo gesto de melancolía: “Atrás en el tiempo quedaron los recitales de rock en los que la gente bailaba y saltaba. Hoy cliquean, graban, comparten, tuitean lo que están ‘viviendo’”. Y, pragmática, concluyó: “Por eso, la publicidad a través de los móviles no puede hacerse esperar, es el próximo mercado”.

Otras postales dan crédito a sus palabras: en la calle, en los transportes (quienes conducen incluidos), en los bares y restaurantes, o en los parques mientras los hijos juegan, se hace visible una y otra vez cuán difícil se vuelve no sucumbir a la tentación de echar un vistazo a la pantalla. Pero mirar significa, por cierto, que habrá que responder a algo, sin importar el grado de trascendencia que ese algo tenga. Para las cuestiones urgentes, en cambio, sigue valiendo el teléfono tal cual lo imaginó Graham Bell.

“Las espero en casa”, “Me separé…”, “¡Las quiero, chicas!”. Algunos, apenas, de los tantos mensajes de WhatsApp que se “envían” entre sí las protagonistas de Guapas, la serie de El Trece en la que una vez más se optó por aggiornar el lenguaje televisivo en posproducción, superponiendo imágenes de chat a las escenas tradicionales, con una misión particular: sumar a la trama ingenio, gracia, dramatismo. Y sobre todo esa cotidianidad, tan nuestra, de ver todo el día gente dale-que-te-dale con el aparatito.

Es que los smartphones ya están entre nosotros y han llegado para quedarse. Juicios de valor aparte, la cuestión de ser o no ser smart radica entonces en decidir si les daremos (o no) la habitación principal durante la estadía. El solo hecho de mandarlos a dormir a ese incómodo sillón podría, quién sabe, marcar la diferencia.

*Por: María Eugenia Sidoti/Sophia

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