Murió el legendario compositor Ennio Morricone

El célebre compositor italiano Ennio Morricone, Princesa de Asturias de Artes 2020 y ganador del Óscar en 2016, murió a los 91 años en clínica de Roma por complicaciones de caída sufrida en últimos días. Morricone, creador de melodías como la de la película ‘El bueno, el feo y el malo’, fue uno de los mejores compositores de la historia del cine.

La banda sonora del siglo XX italiano quedó escrita para siempre cuando recibió el encargo para componer la música de Novecento, la epopeya de Bernardo Bertolucci sobre las dos Italias. Pero, Ennio Morricone (Roma, 1928-2020), sin proponérselo, había construido en aquella época el retrato sonoro de un paisaje cinematográfico donde el mundo pudo volver miles de veces más, aunque las luces de la sala se hubieran encendido ya. La madrugada de este lunes, el compositor dejó de exisir a los 91 años. Le acababan de conceder el Premio Princesa de Asturias, poco después de anunciar su retirada de los escenarios. Tenía que recogerlo justo el día de su cumpleaños, justo cuando cumplía 92 y su movilidad se había complicado algo. Pero hasta que sufrió un accidente doméstico, había seguido trabajando en su casa con vistas a la romana piazza Venezia para seguir construyendo un universo que, como siempre dijo, le había salvado de la guerra. En una conversación con este periódico de hace apenas un año se interrogaba sobre la naturaleza del más allá. También en esto el maestro podrá ahora encontrar algunas respuestas.

Una de las advertencias habituales, esa de que el maestro no componía bandas sonoras sino música para cine, conviene tenerla en cuenta también ahora. Precoz compositor y estudiante atento de pentagramas en el conservatorio romano de Santa Cecilia, discípulo de compositor contemporáneo Goffredo Petrassi, de quien aprendió la “música absoluta”, Morricone flirteó con la improvisación y el jazz desde Nuova Consonanza, la banda de vanguardia fundada en 1964 por Franco Evangelisti y a la que se unió dos años después. Una escuela cuyos ecos eran todavía rastreables en los cucos, silbidos, sintetizadores, chillidos u ocarinas que usó para algunas de sus partituras cinematográficas.

La música absoluta, sin embargo, representaba un elemento en sí mismo. Autónoma de relatos prefabricados, insólitas peticiones del oyente o leyes de mercado. “Funciona si es buena y ya está. Se puede unir a cualquier realidad, pero no supone la realidad misma, sino un imaginario aparte. Posee una función complementaria a cada cinta y puede justificar la obra como un todo, pero de manera independiente. Representa esa abstracción de lo que no se dice y no se ve en el filme. Y así debe funcionar”, explicaba aludiendo a un cierto ideal wagneriano (Gesamtkunstwerk u obra de arte total).

 

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