Narcotráfico sin hipocresía, ni negación

La inacción del estado multiplica el narcotráfico en la Argentina.

Según la encuesta anual de la ONU, el 2,8% de la población adulta (entre 15 y 64 años) de Argentina consume cocaína, lo que equivale a casi un millón de personas, mientras que 7,5% consumen marihuana. Es un mercado de consumo muy significativo. Un kilo de cocaína en Buenos Aires vale 10 mil dólares, si una persona consume 50, 100 gramos al mes, estamos hablando de un negocio de más de mil millones al año.

Un negocio que, además, deja tras de sí un producto marginal, el tristemente célebre “paco” mezcla altamente adictiva de pasta base, vidrio molido, querosén y otros productos químicos, que no «exportamos», pero que tiene un importante mercado interno, básicamente en las villas, porque se vende muy barato.

Prevención cero

Esto es lo que vuelve más flagrante e inexplicable la falta total de campañas de concientización, en contraste, por caso, con la eficacia con la cual se combatió el consumo de tabaco. Cualquier país que tuviera una situación como la nuestra declararía una emergencia sanitaria. El aumento del consumo en Argentina es fenomenal. En el continente americano somos el segundo consumidor de cocaína per cápita apenas detrás de Estados Unidos. Hay una explosión del consumo porque cada vez hay más droga y más barata.

El ser un país de tránsito «fácil» evidentemente tiene repercusiones locales, y de mucha gravedad.

No hubo ninguna política seria de salud en los últimos 15 años, para no personalizar en este gobierno, no hay política de tratamiento de adicciones, no hay un plan nacional; sólo esfuerzos absolutamente insuficientes de ONG, de pequeños centros de rehabilitación, granjas, pero los jóvenes más afectados por este problema que son de sectores de bajos ingresos, no acceden. Por lo tanto se está condenando a consumidores de sustancias de alta adictividad, como el “paco”, a que no tengan tratamiento alguno.

De esta desatención del Estado a la anomia social hay una corta distancia. Y ya se hace sentir con fuerza en los barrios más problemáticos, donde carencias de todo tipo hacen el campo fertil a las bandas delictivas.

Un referente de la villa 1-11-14, adicto hoy recuperado, decía que “cuando él era consumidor, el narco estaba en la esquina, a 3 cuadras, era forastero”. Ahora forma parte de la sociedad. Entonces un chico de 10 ó 12 años lo ve como bueno porque el narco es el que le lleva la guita, le compra zapatillas.

Este es tal vez el más grave diagnóstico: que en algunos barrios el delito organizado ya haya comenzado a sustituir al Estado ausente. «Como pasó en su momento en la Colombia de Escobar el riesgo es que se instalen dentro de las instituciones y ya compiten desde el mismo Estado y eso es peligrosísimo.

Esto no es nada distinto de lo que ocurrió en muchos países latinoamericanos, empezando en los 80. Hace 30 años, ésa fue la estrategia de Pablo Escobar en Colombia, el tipo era básicamente un sustituto del Estado. Para un chico de 15 años, en la villa, el Estado es parte del problema y no la solución. No trata sus adicciones, no le da trabajo, no le da un proyecto educativo. Encima lo reprime. Y, como contracara de ello, estas organizaciones brindan “trabajo” y acceso a bienes que de ninguna manera esa persona se podría procurar. El trasfondo social sobre el cual se asienta el narco es el famoso ni-ni, más de un millón de chicos que no estudian ni trabajan…

El de la droga es un problema de salud, pero con impacto en la cuestión delictiva: Un montón de esos chicos son mano de obra barata de estas organizaciones y en general son los que mueren en los enfrentamientos. Sin salida vía educación, ni vía trabajo, ni vía tratamiento de adicciones, desde la perspectiva individual, un chico en esas condiciones está totalmente perdido. Y esto obviamente afecta a la seguridad, pero el núcleo del problema es sanitario. Tiene que haber un servicio nacional gratuito de asistencia al adicto muchísimo más amplio».

En el delito de menores lamentablemente está casi siempre presente la droga, tanto en el consumo como en la venta. Estamos hablando de las generaciones por venir, del futuro. Invirtiendo mucho y sostenidamente en políticas de prevención podríamos tener algún fruto manteniendo esas políticas, de aquí a 5 ó 6 años. No es cuestión tampoco de un gobierno, pero sí puedo decir que 10 años de un mismo gobierno es un tiempo más que razonable como para fijar una política seria y obtener algún fruto «Diez años de un gobierno es un tiempo más que razonable para fijar una política seria». “Como no hubo ese tipo de política hemos llegado a esto».

El otro elemento preocupante, porque afecta una dimensión estructural es el pacto ilícito  del crimen organizado con los agentes estatales que deben combatirlo.

No se puede hablar de narcotráfico sin hablar de corrupción.  La policía, hasta los 90, hacía caja con la prostitución y con el juego. No se metía con la droga. Desde entonces, y ahora se ha profundizado, hay nichos de corrupción enclavados en las fuerzas de seguridad provincial y nacional, en agentes estatales (funcionarios) y en magistrados. El político se hace el distraído, le dejo este negocio a la policía, piensa, no quiero “quilombo” . Otro hace un spot para la televisión, pero sabe que su policía es corrupta. Y finalmente, está el que se mete, es cómplice y hace caja. Esto es un suicidio político. Los tres, lo que no quieren saber, se trate de concejales, intendentes, gobernadores -por ende jefes políticos de las fuerzas de seguridad, es que hoy el golpe de Estado no te lo hace el sector militar sino, como vimos en el caso del gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, cuya casa fue baleada, o a nivel regional con el presidente de Ecuador, Rafael Correa, hoy el golpe lo hace la policía. Entonces se debe enfrentar el tema».

Dado la importancia que tiene el hablar del narcotráfico es que tuve que fraccionar las notas en capítulos que publicare uno por semana.

Carlos Alberto Espiño

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