Natalicio de Jauretche, el que no podía separar literatura y pueblo

DDS recuerda hoy a uno de los hombres más prominentes del pensamiento argentino: Arturo Martín Jauretche nació el 13 de noviembre de 1901 en la localidad de Lincoln, provincia de Buenos Aires. Mayor de diez hermanos, su madre era una maestra española de origen vasco y su padre un empleado de ascendencia vasco francesa que militaba en el Partido Conservador local. Jauretche se crió durante esos años en un entorno familiar de clase media, con un fuerte asiento conservador, en el paisaje de una pequeña comunidad rural donde criollos e inmigrantes convivían en perfecta armonía. El trabajo siguiente es un ensayo sobre la vida de Jauretche elaborado por la agencia TELAM

 

Los años conservadores

Jauretche siempre habría de recordar aquellos años iniciáticos como los de un primer descubrimiento, ese que lo acercaría a “la vida de los boyeritos”. En la obra de Jauretche, la palabra “paisano” sería una aproximación personal y afectiva a un término siempre más problemático -y aún en gestación política durante esas primeras décadas del siglo XX-: el “pueblo”, la “clase trabajadora”.

En 1914 Jauretche culminó sus estudios primarios e ingresó a la Escuela Normal de Lincoln. Siguiendo el legado paterno, sus primeras armas políticas las dio en el seno del Partido Conservador. A los 17 años, el joven Jauretche fue elegido presidente de la juventud conservadora linqueña. Sin embargo la coyuntura comenzaba a agrietar los restos del entramado político de esa Argentina del siglo XIX que había formado su atmósfera familiar y social.

El encuentro

Jauretche dejó la Escuela Normal de Lincoln en tercer año. En 1918 se radicó en Chivilcoy donde continuó el bachillerato. Esos años habían traído la novedad del triunfo de Hipólito Yrigoyen principal dirigente de la Unión Cívica Radical, consagrado en 1916 como el primer presidente elegido por el voto secreto, universal y obligatorio. El radicalismo, con Yrigoyen a la cabeza, se erigió entonces como una fuerza popular, abocada a la conquista de derechos democráticos retaceados durante décadas de dominio conservador. Un nuevo sector comenzaba a participar de la vida política argentina: la clase media.

El 15 de junio de 1918 los estudiantes de la Universidad de Córdoba tomaron las instalaciones en reclamo de autonomía universitaria y cogobierno, entre otras demandas. La llamada Reforma Universitaria  modificó la vida académica y le dio impulso decisivo a un activismo estudiantil intenso y movido por los aires que atravesaban la política del país. Los sucesos en Córdoba tuvieron su particular impacto en Chivilcoy donde los alumnos secundarios se solidarizaron con los docentes cesanteados e iniciaron una huelga.

Buscando mediar en el conflicto, el 12 de septiembre de 1919 Yrigoyen recibió a una delegación de estudiantes encabezada por Joaquín V. González  presidente de la Federación Universitaria Argentina, e integrada por varios representantes de Chivilcoy, entre ellos Jauretche. Ese encuentro marcó un quiebre en él. «Ahí empecé a desconfiar» -aseguraría tiempo después-.

La Nación y La Prensa dedicaron primera página, entera, a una huelga del colegio de Chivilcoy porque habían sido echados los profesores conservadores. Ahí empecé a darme cuenta cómo se maneja el periodismo. Porque un asunto que era para dos columnas, en pagina cuatro o cinco, lo ponían en primera página, dándole enorme resonancia al asunto. Y nosotros nos creíamos que éramos muy importantes y que el país giraba en torno de la huelga que habíamos hecho contra Yrigoyen. Y vinimos a Buenos Aires con otros dirigentes reformistas, a hablar con Don Hipólito y de eso salió una versión bastante deformada para dejarlo en ridículo a Yrigoyen, que se publicó en La Nación.

Expulsado del bachillerato en Chivilcoy, Jauretche se instaló a Buenos Aires en 1920. Allí rindió libre cuarto y quinto año, y luego se inscribió en la Facultad de Derecho. Los ecos de la Revolución Mexicana  así como el cisma post Reforma y su encuentro con Yrigoyen, lo llevaron por nuevos rumbos políticos.

“Lo que me despertó fue la Revolución Mejicana, los Zapata, los Obregón, los Pancho Villa. Desde entonces, renegué de la concepción liberal que tiende a presentarnos como un país de segunda y a nuestro pueblo, como un pueblo inferior”.

Los años radicales

En sintonía con un país que parecía desprenderse con fuerza y no pocas dificultades de la herencia conservadora, Jauretche abandonó el mandato paterno y dejó definitivamente el conservadurismo para acercarse al yrigoyenismo.

En 1922 Yrigoyen culminó su mandato presidencial y consagró como su sucesor a Marcelo Torcuato de Alvear  que ganaría ese mismo año las elecciones presidenciales. Jauretche, instalado en Buenos Aires se alojaba en una pensión cercana al Congreso para luego mudarse a la casa de un amigo de la familia. Trabajaba como sereno de una estación de ómnibus de Constitución, donde aprovechaba para leer libros que retiraba de la Biblioteca Municipal.
Por esos años Jauretche se acercó a la Unión Latinoamericana, una agrupación formada en 1925 por José Ingenieros y que nucleaba a jóvenes atraídos por la Revolución Mexicana. También se relacionó con la Alianza Continental, comandada por Manuel Ugarte. Jauretche escribía cuentos en sus tiempos libres y algunos de ellos fueron publicados en los suplementos literarios de La Nación. Poco después, dejó de enviarlos porque lo sentía “incompatible con mi posición ideológica”.

Yrigoyen

En 1926 decidió finalmente afiliarse a la Unión Cívica Radical. Dos años después abandonó la universidad para participar de lleno en la campaña electoral en busca del segundo mandato de Yrigoyen. En la facultad había conocido a Homero Manzi, quien sería una pieza clave en su aproximación a lo popular. “Yo no llegué a Yrigoyen por Yrigoyen sino por la comprensión de lo popular -diría Jauretche tiempo después-. Yrigoyen, para mí, era válido como expresión del populismo. Era subsidiariamente yrigoyenista. Le debo a otros, pero, en especial, a Homero Manzi, la comprensión del caudillo, del individuo Hipólito Yrigoyen y lo que significó. Manzi estaba muy madurado, maduró temprano”.

La hora de la espada

 El segundo mandato de Yrigoyen no se desenvolvería sin inconvenientes. Los proyectos de nacionalización del petróleo, que el viejo caudillo señalaba como una vieja deuda y los jóvenes radicales como Jauretche y Manzi habían enarbolado en la campaña, eran rechazados por la oposición, al igual que la creación del Banco Agrario o la ley de arrendamientos. El segundo año de gobierno lo atravesaría en medio del crujido negro del crac de la Bolsa de Nueva York: el jueves 24 de octubre de 1929, la economía mundial se hundía entre los pliegues de la Gran Depresión.

Jauretche tendría por esos años una breve experiencia como funcionario. En agosto de 1929 fue designado interventor del partido en la provincia de San Luis. Luego sería nombrado funcionario en la intervención federal en Mendoza, Secretario del Consejo de Irrigación y finalmente Secretario en la Dirección de Industria. En Mendoza conocería a un joven Ricardo Balbín.

Los problemas terminales del gobierno de Yrigoyen tendrían su gran señal de alerta el 2 de marzo de 1930 con la celebración de las elecciones legislativas. El yrigoyenismo perdió bastiones como Capital Federal y Córdoba. La crisis política y económica se agudizó. El 6 de septiembre de 1930 el general Uriburu encabezó un golpe de Estado. Sería el primero de una larga serie de fracturas constitucionales en la Argentina. Siguiendo la arenga de Leopoldo Lugones en el Círculo Militar, había llegado “la hora de la espada”.

A pesar de que Uriburu no contaba con un apoyo militar de consideración, la debilidad del gobierno y el apoyo de empresarios y políticos opositores a los planes golpistas condenaron a Yrigoyen. Enfermo, el presidente firmó la renuncia forzada. Jauretche, que se encontraba en ese momento en Mendoza, salió a la calle con un revolver en la mano a resistir el Golpe. Hubo un breve tiroteo con partidarios de Uriburu y fue detenido por la policía. A pesar de que la Ley Marcial condenaba con el fusilamiento su actitud, el jefe del cuartel decidió liberarlo y le ordenó abandonar la provincia. Jauretche se subió al primer tren con destino a Buenos Aires. El jefe del cuartel se llamaba Edelmiro Julián Farrel .

Los años de Uriburu

Tras el golpe, Jauretche se abocó a una intensa actividad política. Creó la agrupación “La Juventud del Sur”, junto a Homero Manzi  en un intento por defender y sostener las banderas del radicalismo. Los restos vivos del yrigoyenismo no iban a permanecer quietos durante esos primeros años de la llamada Década Infame. Se sucederían distintos intentos por deponer a Uriburu, todos rápidamente sofocados. Jauretche formó parte de estas rebeliones, por lo que fue brevemente encarcelado.

INFAME

El radicalismo estaba dividido. Por un lado se encontraban los antipersonalistas, que habían roto con el partido desde mediados de los años 20 por sus diferencias con Yrigoyen. Los antipersonalistas habían apoyado el golpe del 6 de septiembre . Alvear se ubicaba cerca de ellos: buscaba unificar el partido e integrarlo al nuevo ecosistema político. En la vereda opuesta se encontraban los yrigoyenistas, que alentaban el enfrentamiento con el gobierno de facto.
Nuevos levantamientos y un triunfo anulado de los radicales en las elecciones de la Provincia de Buenos Aires, alentaron a Uriburu a acentuar la represión. Hacia 1931 varios dirigentes radicales partieron al exilio. El 8 de noviembre se celebraron elecciones con el radicalismo proscripto. La fórmula Agustín P. Justo – Julio Roca (hijo) resultó ganadora.

Tras la liberación de Yrigoyen, Jauretche comenzó a cultivar una relación casi cotidiana con el viejo caudillo. Junto a un grupo de jóvenes, iba a visitarlo cotidianamente para conversar sobre el futuro de un partido fracturado. Jauretche conoció ese año a Raúl Scalabrini Ortiz Junto a Manzi, profundizaron su posición de intransigencia: no concebían una hipotética alianza con Alvear y alentaban el “abstencionismo revolucionario” como herramienta conspirativa contra un gobierno ilegítimo.

El Paso de los Libres

 

Una nueva rebelión radical en Curuzú Cuatiá, al mando del teniente coronel Atilio Cattáneo, fue sofocada por el gobierno. Jauretche y Manzi formaban parte de ella. El levantamiento decidió a Justo a tomar represalias e Yrigoyen, a los 80 años de edad, volvió a ser confinado a la isla Martín García.
El 3 de julio de 1933 Yrigoyen falleció en Buenos Aires. Su muerte provocó una manifestación popular inédita. El 6 de julio más de medio millón de personas acompañó los restos del viejo líder radical hasta el Cementerio de la Recoleta.

Seis meses después Jauretche viajó al sur de Brasil para incorporarse a un grupo que tenía el propósito de ingresar al país e iniciar una rebelión. Jauretche se sumó a una columna que desde Uruguayana debía cruzar el río en dirección a la localidad correntina de Paso de los Libres.
El 29 de diciembre, a pesar de la presión de la policía brasileña, los insurgentes cruzaron el Río Uruguay liderados por Roberto Bosch. Se sucedieron varios días de combates intensos. El grupo de los rebeldes fue diezmado. Las fuerzas armadas llegaron a bombardear a un grupo que intentaba regresar a Brasil. Jauretche sobrevivió pero fue detenido. En prisión escribió en verso las memorias del combate.

«En total cincuenta y tres / cayeron de aquellos criollos / Dos o tres días después / Los echaron en un hoyo / sin rezarles un rosario / y allí enterrados están / mezclados en ese osario / de la estancia de Bonpland / Cincuenta y tres cayeron / sirviendo a una causa noble / y una consigna cumplieron: / que se rompa y no se doble.»

El Estatuto Legal del Coloniaje

Cuatro meses después Jauretche fue liberado. La experiencia de Uruguayana abroqueló al radicalismo detrás de la figura de Alvear, quien propiciaba el fin del abstencionismo. Jauretche, Manzi, Dellepiane y todo el grupo de la Convención Metropolitana del partido resistieron y mantuvieron su posición. Sin embargo, el 6 de mayo de 1935 el alvearismo disolvió la Convención.
Aislados de su partido, el 29 de junio de 1935 Jauretche, Luis Dellepiane, Amable Gutierrez Diez, Manuel Ortiz Pereyra, Gabriel Del Mazo, Homero Manzi, Juan Luis Alvarado y Juan B. Fleitas fundaron FORJA, siglas de Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina. El nombre provenía de una vieja frase de Yrigoyen: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”. Jauretche redactó la declaración constitutiva, encabezada por la consigna: “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina Libre”.
El 2 de septiembre publicaron un “Manifiesto al pueblo de la República”. Allí repasaban cada una de las medidas del gobierno de Justo que, según FORJA, sometían al país al dominio inglés: la creación del Banco Central, el Instituto Movilizador, la Coordinación del Transporte, las juntas reguladoras y en especial el Pacto Roca-Runciman. Lo que FORJA llamaba “El Estatuto Legal del Coloniaje”.

El 25 de mayo de 1936 apareció el primer Cuaderno de FORJA. Scalabrini Ortíz, que no formaba parte oficial de FORJA -la agrupación tenía como condición la afiliación de sus integrantes al radicalismo, obligación que sería luego anulada-, fue sin embargo una pieza intelectual clave. Los Cuadernos fueron durante ese tiempo un instrumento fundamental para la difusión de las ideas radicales y antiimperialistas de FORJA. Su objetivo al decir de Jauretche era derribar “los viejos mitos del capital invertido, de la inferioridad del criollo, de la superioridad germánica y anglosajona, de la necesidad de ser bienvistos en el exterior y agradar a los proveedores de empréstitos”.

La formación de Forja.

 

Allí empezó a cultivar un estilo, mezcla de duelo retórico y pedagogia, de enseñanza y combate contra el “carácter abstracto de las ideologías” y la dependencia intelectual. “Sin prensa, sin radiotelefonía, sin carteles murales, tenemos nuestras gargantas y nuestras manos -describiría Jauretche-. Las manos se ponen a tizar las paredes hasta que el nombre de FORJA sea obsesión. Las gargantas funcionan permanentemente. Cada esquina es una tribuna. Cada forjista, un orador. No hace falta retórica para gritar verdades: limpieza de almas y fe, eso es lo necesario”.
La Segunda Guerra Mundial encontró a un país con el radicalismo alvearista integrado a la vida política. FORJA, que alentaba la neutralidad argentina, comenzó a crecer lentamente como un espacio de resistencia y oposición al nuevo gobierno del conservador Roberto Ortíz. En 1940, con Scalabrini Ortiz ya formalmente integrado a FORJA, Jauretche es nombrado su presidente.
La Revolución del 43

 

Los siguientes años de la agrupación fueron marcados por el paulatino alejamiento del radicalismo. Del Mazo y Dellepiane abandonaron el espacio, en disidencia, mayormente, con la posición de neutralidad acérrima que FORJA propiciaba con respecto al enfrentamiento bélico en Europa. En 1941 los jóvenes forjistas ingresaron a un acto partidario del radicalismo al grito de “¡Viva Yrigoyen!”, rechazando la postura de Alvear de involucrarse en la guerra. El diario Crítica los acusó de “nazis”. FORJA se radicalizaba al tiempo que se alejaba definitivamente del radicalismo.
Sin embargo los primeros años de la década del 40 trajeron una serie de sucesos que modificaron el mapa político del país.

En 1942 murieron Alvear y el presidente Ortíz. Su vice Ramón Castillo lo reemplazaría por un breve interregno. Sin Alvear, sin Castillo, sin Justo -fallecido ese año-, con una política errática, la Argentina parecía girar en falso. Los opositores a Castillo formaban un cúmulo heterogéneo de posiciones: civiles, militares, nacionalistas, partidarios del radicalismo, pro aliados, pro Eje y más. En el seno del Ejército se había formado una organización denominada “Grupo de Oficiales Unidos”, entre los que se destacaba el general Arturo Rawson y el general Edelmiro Farell. El coronel Juan Perón participaba de este espacio. El 4 de junio de 1943 las fuerzas armadas se rebelaron. Sus planes originales no suponían el “derrocamiento” de Castillo sino imponerle un cambio total de gabinete, incluyendo en él a distintos militares. El gobierno reclamó el fin de la sedición pero al encontrarse en inferioridad de condiciones, Castillo acabó renunciando, dándole así la victoria a la llamada “Revolución del 43”. Rawson tomó el poder y el 7 de junio, el general Pedro Pablo Ramírez asumió formalmente la presidencia. Se terminaba así la Década Infame y comenzaba una nueva etapa de transformaciones al interior de FORJA.

Radicalizar la revolución

FORJA recibió la Revolución del 43 con posiciones heterogéneas. Formaron parte de las celebraciones en la calle tras el fin de la Década Infame. Pero poco después de la asunción de Ramírez, Scalabrini Ortíz abandonó momentáneamente la agrupación para dedicarse a sus estudios. Jauretche, por su parte, encabezó las “300 Boinas Blancas” en apoyo a la Revolución. Lo entusiasmaba la posibilidad de que con ella se iniciara una orientación política nacional. Esto no implicó, por lo demás, una entrega plena al nuevo gobierno. Como una carta de intenciones, Jauretche afirmó:

Hay que radicalizar la revolución y revolucionar el radicalismo.

Jauretche y Manzi comenzaron a frecuentar al ascendente coronel Perón. Durante un año se entrevistaron de forma cotidiana. Las ideas de Jauretche eran utilizadas por Perón en muchos de sus discursos públicos. “Perón aprendió y aprendía con gran velocidad porque era muy inteligente -afirmó Jauretche tiempo después-. Por ejemplo, sobre la vieja política argentina, creo haberle sido muy útil para informarle o para conocer, pero aseguro que pronto sabía más que yo. Y tenía ciertas aptitudes revolucionarias que los hombres ya formados no tenemos, una capacidad para no sorprenderse de nada, para aceptar hechos nuevos y para adaptarse a la realidad”.

“No me espere coronel”

Jauretche se acercaba al incipiente universo gestado alrededor de la figura de Perón. En 1944 concurrió al acto en el Luna Park en solidaridad con los damnificados por el terremoto en San Juan, donde se conocieron Perón y Eva Duarte.
Si bien los forjistas tenían un enfrentamiento abierto con grupos reaccionarios del gobierno, apoyaban varias medidas como la expropiación de la Compañía de Gas, la creación del Banco de Crédito Industrial y, en especial, las políticas impulsadas por el propio Perón desde la Secretaría de Trabajo.

Jauretche veía en el nuevo proceso que se abría una puerta para la recuperación del yrigoyenismo, síntesis histórica de su propio ideario político. Pero cierta intransigencia de FORJA y las propias aspiraciones de Perón por construir un movimiento amplio que, menos que “revolucionar el radicalismo”, tuviera una impronta particular y masiva, conjuraron para que la relación entre Jauretche y Perón atravesara distintos momentos de tensión.

En mayo de 1944, Perón le ofreció a Jauretche el puesto de Interventor Federal de la Provincia de Buenos Aires, viejo bastión del conservadurismo. Jauretche lo rechazó y en su lugar propuso una lista de hombres de FORJA dispuestos a sumarse al gabinete. Perón sólo nombró a uno y Jauretche lo interpretó como un gesto que lo desairaba ante sus compañeros forjistas. Enojado, pidió explicaciones pero Perón no le dio demasiada importancia al asunto. Lo despidió diciéndole que lo esperaba, como era habitual, al día siguiente. “No coronel, no me espere”, respondió Jauretche.

El 17 de octubre

Jauretche se distanció momentáneamente de Perón. Sin embargo siguió confiando en su figura. Durante esos meses el coronel ganaría una notoria popularidad: sus medidas sociales, como el Estatuto del Peón, que beneficiaba a los “paisanos”, le granjearon tanto adhesiones como rechazos. Sectores políticos y militares dictaminaron el agotamiento de la experiencia del 43 y propusieron delegar el gobierno en la Corte Suprema. El 19 de septiembre de 1945, se realizó la Marcha de la Constitución y la Libertad. La movilización fue multitudinaria. La oposición política y las fuerzas armadas se envalentonaron y presionaron al gobierno para exigirle la renuncia a Perón. El 9 de octubre, el coronel dejó su cargo y fue detenido y trasladado a la isla Martín García. Por su parte, sectores del radicalismo que aún se mantenían cercanos a Jauretche y sus ideas, como Amadeo Sabattini, decidieron mantener la postura orgánica del partido y apoyar un gobierno en manos de la Corte Suprema. La incertidumbre dominaba el país.

La reacción de Jauretche ante el 17 de octubre de 1945.

La CGT comenzó a planificar una huelga general para evitar la pérdida de los derechos laborales adquiridos con Perón. El 16 de octubre varios dirigentes gremiales y trabajadores organizaron marchas a la Capital para el día siguiente. Un obrero fue a consultarle a Jauretche qué debía hacer. “Agarrá la bandera y ponete al frente”, le respondió. 

El 17 de octubre una multitud marchó a Plaza de Mayo exigiendo la liberación de Perón. “Fue un “Fuenteovejuna” -señaló Jauretche-: nadie y todos lo hicieron”. Para Scalabrini Ortíz

era el subsuelo de la patria sublevado. La historia pasaba junto a nosotros y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.

FORJA expresó su “decidido apoyo a las masas trabajadoras que organizan la defensa de sus conquistas sociales”. Perón finalmente fue liberado y pasadas las once de la noche salió al balcón de la Casa de Gobierno. Iniciaba así su camino a la presidencia.

Otro mundo

El ascenso de Perón activó un fuerte debate interno en FORJA. Algunos creyeron que había que sostener el espacio; otros que había cumplido su cometido y debía integrarse al nuevo Movimiento Nacional surgido tras las jornadas del 17 de octubre. Finalmente la mayoría votó por esta segunda postura y el 15 de diciembre de 1945 FORJA se disolvió. Muchos de sus integrantes se sumaron a la campaña que llevaría a Perón a la presidencia.

El propio Jauretche participó activamente de los equipos de difusión. El 24 de febrero la fórmula encabezada por Perón venció con el 52,84% de los sufragios. Concluida la campaña, Jauretche se retiró a su casa. Pocos meses después, sin embargo, el entonces gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, le ofreció la presidencia del Banco Provincia.

 

A pesar de ser un puesto técnico, Jauretche aceptó. Su desempeño sería valorado por distintos actores: sostuvo a todos los gerentes, aún aquellos contrarios al peronismo, y direccionó créditos a pequeños y medianos empresarios, fomentando así la producción.
Sin embargo, la experiencia tendría fecha de vencimiento. En 1949 asumió como Ministro de Finanzas, Alfredo Gómez Morales. Jauretche, en disidencia, presentó su renuncia a la titularidad del Banco Provincia el 30 de enero de 1950. Otra vez, comenzó a alejarse del peronismo. Criticó lo que señalaba como una “creciente burocratización” y lamentó la pérdida del impulso inicial. Señalado por ciertos sectores, se apartó del centro de la escena.

El fin

No obstante, Jauretche y los forjistas regresaron a la arena política ante los primeros síntomas de lo que finalmente sería el golpe de Estado de septiembre del 55. Tras meses de conspiraciones, las fuerzas armadas volvían a derrocar a un gobierno constitucional. Perón debía exiliarse en el extranjero. El 23 de septiembre asumió en su lugar el Teniente General Eduardo Lonardi.

Dos meses después de su asunción, sin embargo, un golpe interno lo desplazó. En su lugar asumió el Teniente General Pedro Eugenio Aramburu. Su ciclo comenzó con una marcada persecución al peronismo: se intervino la CGT y se encarceló a un gran número de militantes.

Jauretche había comenzado a escribir en el diario El Líder, junto a Scalabrini Ortíz. En esos meses posteriores al golpe de la llamada Revolución Libertadora, El Líder fue uno de los pocos espacios de la incipiente resistencia peronista. Cuando el nuevo gobierno convocó al economista Raúl Prebisch para elaborar un diagnóstico de la situación económica argentina, Jauretche utilizó sus páginas para rebatir sus argumentos, entre los que se destacaba la propuesta de incorporación del país al Fondo Monetario Internacional. El Líder, de nombre en absoluto críptico, llegó a vender unos 200.000 ejemplares.

Aramburu, en su espiral de erradicación del peronismo, ordenó el cierre de El Líder. Jauretche contraatacó con otra publicación. Su nombre tampoco ocultaba sus referencias: El 45. Mientras tanto ultimaba los detalles de su libro El Plan Prebisch, retorno al coloniaje. Jauretche se convertía así en la voz más nítida de defensa y recuperación de la experiencia ocurrida entre 1945 y 1955. A pesar de haber permanecido alejado del peronismo en los últimos cinco años, el accionar de esos meses le valió la persecución militar. El local deEl 45 fue allanado y la Justicia le inició una demanda. A pesar de sus resistencias, su amigo Darío Alessandro lo convenció de abandonar el país. A mediados de 1956, Jauretche y su esposa se exiliaron en Montevideo.
El viejo radicalismo atravesaba una etapa de transición. En noviembre de 1956 se realizó un congreso que derivó en una división interna: por un lado la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), más cercana a la “Revolución Libertadora”; por el otro, la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), crítica del gobierno. Su figura central era Arturo Frondizi. Su hombre de confianza, Rogelio Frigerio. En mayo de 1957, un mes antes de retornar a la Argentina, Jauretche publicó Los profetas del odio. Su regreso implicaba también una toma de posición.

La resistencia

Mientras la UCR se rompía, el peronismo continuaba proscripto. Como en los días de FORJA, Jauretche formaba parte de un movimiento vedado. Sin embargo, tanto él como Scalabrini discrepaban con la metodología del voto en blanco decidida por Perón y Cooke, y que haría su debut en la elección para Convencionales Constituyentes de 1957.

Fuera de las urnas, la Resistencia Peronista difundía sus proclamas con pintadas y también con “caños”, pequeñas bombas caseras. Jauretche no compartía ese accionar pero denunciaba también la “violencia criminal” de la dictadura. Objetaba a su vez el creciente “clasismo” que percibía en el peronismo. Su cercanía con el núcleo de la UCRI sería criticada por ciertos sectores. Jauretche veía ahí una oportunidad para acabar con la dictadura, permitir un gobierno democrático que una vez en el poder anule la proscripción del peronismo y habilite la normalidad política en el país; un gobierno que, por lo que percibía de las charlas con Frigerio, reivindicara a su vez esas viejas banderas que Jauretche había decorado, primero, con los colores del yrigoyenismo y, después, con los del peronismo: la soberanía nacional, el control sobre los recursos energéticos.

La intransigencia

Mientras la revista Qué alentaba la candidatura de Frondizi  el llamado de Perón a votar en blanco recibía un contundente apoyo, superando a la UCRP y a la UCRI. Sin embargo, tras estos comicios comenzó a barajarse la idea de votar positivamente en las presidenciales de 1958. En Caracas, Frigerio y Perón comenzaron a negociar lo que luego sería un pacto secreto a través del cual el líder peronista llamaba a votar por Frondizi, a cambio de restituir la Ley de Asociaciones Profesionales, dictar un aumento salarial y levantar la proscripción.

Con este apoyo, la UCRI obtuvo el 44% de los votos en las elecciones del 23 de febrero de 1958. Frondizi se convirtió en el nuevo presidente de la Argentina.

Sin embargo, la expectativa inicial no tardó en diluirse. Frondizi, ante la presión militar, jamás anuló la proscripción que pesaba sobre el peronismo. Sus medidas económicas se sucedieron en un devenir hacia posiciones liberales y se firmaron contratos petroleros que lejos estaban del “sueño nacionalista”. Jauretche lo vivió con pesar, más aún por lo que entendía la “gran traición” de su otrora amigo Frigerio. “Fui culpable de la elección de Frondizi -se lamentaría-. Había que definirse: o seguía “la revolución libertadora” o seguía una línea popular. Lo malo fue que, luego, ya presidente, con Frigerio, nos traicionó”.
Ante el rumbo del gobierno, cuya alianza con el peronismo ya estaba rota, Jauretche renunció a la revistaQué. Lo mismo hizo su Scalabrini. Viajó a Europa, alejándose de la coyuntura. Allí se enteró que su viejo amigo, compañero de FORJA y de tantas redacciones, sufría un cáncer. El 30 de mayo de 1959, Scalabrini Ortíz fallecía en Buenos Aires. Jauretche no dejó de vivirlo como el fin de una época.

El candidato

En 1961, Jauretche, que ya había publicado los libros Ejército y política (1958) y Política nacional y revisionismo histórico (1959), relanzó el periódico El 45. La oportunidad servía también como plataforma para su candidatura a senador en las elecciones porteñas de ese año por una agrupación bautizada Partido Laborista.

Mientras los partidos definían sus candidaturas, el peronismo, aún proscripto, analizaba la táctica a seguir: continuar con la metodología votoblanquista o apostar a un voto positivo incierto ante la ausencia de nombres.

Jauretche, que había decidido su candidatura porsu cuenta, no descontaba la posibilidad de obtener ese apoyo. Perón se inclinaba por el voto positivo: sabía que no contaba con suficiente fuerza insurreccional para darle proyección y perspectiva al voto en blanco. Aspiraba a una construcción política y policlasista. Necesitaba un candidato gris, que triunfara en su nombre pero fuera incapaz de agrietar el Movimiento con “liderazgos secundarios”.

En ese momento, un personaje inesperado le solicitó una entrevista. Raúl Damonte Taborda. Casado con la hija de Natalio Botana, director deCrítica, Damonte Taborda había sido conocido en los años cincuenta por su fervoroso antiperonismo: era el autor de Ayer fue San Perón. Doce años de humillación argentina, un antología de denuncias políticas y psicologicistas al peronismo. En un giro extraño, había arribado a los años sesenta bañado en las aguas del Jordán:ahora dirigía el periódico Resistencia Popular, se aferraba al ideario nacional y juraba que todo había sido un error. Era otro. Y le pedía a Perón su bendición para una candidatura a senador por la Capital Federal.
Perón recordaba aquel libro; desconfiaba de este presente converso. Pero en un cálculo frío y pragmático vio en Damonte Taborda la realización más acabada de su necesidad electoral. Alguien, en paralelo, le informó de la candidatura de Jauretche. Perón se acordaba de él; estimaba su formación y su compromiso. Pero sabía que había tenido varios encontronazos. Como anotaría Norberto Gallaso, Perón veía en él un hombre valioso pero “incontrolable”. Le dio su apoyo a Damonte Taborda. Ganó el Partido Socialista, con Alfredo Palacios a la cabeza. Damonte Taborda no alcanzó a recibir un cuarto de la cantidad de votos en blanco, que para las bases peronistas seguía siendo la estrategia más leal y consecuente. Jauretche recibió diez mil votos menos que aquel “viejo gorila”. Fue un golpe duro que lo volvió a alejar de la política y subrayó sus diferencias con Perón.

El fin, el comienzo y el fin

El 29 de marzo de 1962 Frondizi fue detenido y trasladado, también, a la isla Martín García. Los militares colocaron en su lugar a José María Guido, que profundizó una línea económica de corte liberal, en favor de las multinacionales.

Jauretche era por entonces redactor del diario Democracia. Desde allí disparaba artículos en contra del gobierno tutelado de Guido y el rumbo económico en manos de Álvaro Alsogaray.
Por esos años también publicó los libros FORJA y la Década Infame (1962) y Filo, contrafilo y punta(1964), una recopilación de artículos periodísticos.
El 7 de julio de 1963 se realizaron las elecciones presidenciales. El peronismo, todavía proscripto, alternó entre el abstencionismo duro y una posición conciliadoras que supuso el apoyo a la fórmula Solano Lima-Silvestre, que finalmente fue también proscripta. En ese contexto, resultó vencedora la fórmula de la UCRP, encabezada por Arturo Illia .
Jauretche recibió con escepticismo este nuevo mandato. Mientras tanto, era homenajeado por un grupo selecto de amigos, que celebraron su “vida entregada al servicio de la Revolución Nacional”. Participaron entre otros, John William Cooke, Juan José Hernández Arregui, el general Raúl Tanco y varios de sus compañeros de FORJA.

LA REVOLUCION NACIONAL

El ciclo de golpes y gobiernos débiles tuvo su nuevo capítulo el 29 de junio de 1966, cuando las fuerzas armadas derrocaron a Illia y colocaron en su lugar al general Juan Carlos Onganía. Se abría una nueva etapa en el país; se avizoraba el traumático y particular ingreso de la sociedad argentina a los años setenta. Jauretche todavía tendría algo para decir.

La clase media

En 1966 Jauretche publicó un nuevo libro: El medio pelo en la sociedad argentina. “En principio, decir que un individuo o un grupo es de medio pelo implica señalar una posición equívoca en la sociedad; la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee.” Y agregaba:

Medio pelo es el sector que dentro de la sociedad construye su status sobre una ficción en que las pautas vigentes son las que corresponden a una situación superior a la suya, que es la que se quiere simular.

El libro fue un éxito de ventas. Jauretche comenzó a recorrer el país brindando conferencias y haciendo presentaciones. En esa travesía percibió un fenómeno en gestación que poco después se haría transparente para todo el resto de la intelectualidad y la política: la llamada “nacionalización de la clase media”, el acercamiento al peronismo y las preocupaciones nacionales de los jóvenes provenientes de las capas medias. Un fenómeno que estallaría en los años setenta y que a Jauretche lo obsesionaba casi como si fuera el revés de la trama de ese “medio pelo” que denunciaba en sus libros.

Las zonceras

El 20 de abril de 1967 participó de una memorable discusión en un programa de canal 2 con un sindicalista socialista que respondía a Américo Ghioldi. El hombre lo acusó de nazi por lo que Jauretche sacó un pequeño facón para asado y lo corrió por los estudios, en vivo, mientras el conductor intentaba tapar la cámara. Poco después, en 1971, se enfrentó a duelo con el entonces ministro de Obras y Servicios Públicos, general Oscar Colombo. El duelo se efectuó con pistolas y ambos fallaron. Fue uno de los últimos duelos por motivos políticos que se hayan registrado.

Civilización o barbarie

En 1968 publicó el que tal vez sea su libro más famoso: Manual de zonceras argentinas.

“Las zonceras de que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia –y en dosis para adultos– con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido”.

Manual de zonceras argentinas era un compendio de su pensamiento y su estilo, un magma de política, diatriba, pedagogia y una variante peculiar de revisionismo histórico, a través del cual se seleccionaba un prócer y una frase hecha o “zoncera” conocida para desarticularla y hurgar en las ideas e ideologías ocultas. “Civilización o barbarie”, “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, la “colonización pedagógica”, la “objetividad periodística” o el destino agroexportador eran para Jauretche “zonceras” que impedían pensar al país desde una perspectiva propia.

Los setenta

El mismo año de Manual de zonceras argentinas, Jauretche recibió una carta de Perón. Luego de varios encontronazos, el general le decía: “He seguido siempre su prédica patriótica, tan elocuente como constructiva y eficaz, especialmente en estos momentos en que la pobre Argentina está tan necesitada de verdades. (…) Usted ha sido siempre un hombre de la causa y le honra el hecho de que aún permanezca en la misma trinchera, en la que también seguimos luchando nosotros. Es, precisamente, ahora, cuando más unidos debemos estar”.

El Jauretche “escritor”, el hombre que operaba sobre la ideología del “medio pelo” y fue uno de los muchos aportes para la transfiguración de la clase media en los setenta, ingresaba a una nueva etapa convulsionada, una década donde habrían de confluir y colisionar todas las experiencias, deudas y errores pasados, y a los que Jauretche había tratado de primera mano.

El 29 de mayo de 1969 se produjo una rebelión obrero-estudiantil en Córdoba. El llamadoCordobazo resquebrajó los cimientos del gobierno de Onganía -militar que había llegado con la promesa de quedarse “20 años”-, que terminaría de dinamitarse el 29 de mayo de 1970 con el secuestro y posterior asesinato de Aramburu. Onganía fue apartado por sus camaradas y reemplazado por Roberto Levingston. 

El 7 de septiembre, la policía asesinó en un enfrentamiento a dos de los fundadores de Montoneros Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus. Jauretche, que no coincidía con el método utilizado por la guerrilla, fue uno de los presentes en el velatorio de ambos.

El regreso de Perón

Por esa época Jauretche reeditó Los profetas del odio con una yapa que incluía una respuesta a Ernesto Sábato. También publicó su primer volumen de memorias De pantalones cortos. Este sería su libro póstumo.

El 17 de noviembre de 1972 Perón retornó a la Argentina tras 18 años de exilio. Permaneció poco más de un mes en el país y luego volvió a viajar a Madrid. La proscripción había caído. El 11 de marzo de 1973, la formula Cámpora-Solano Lima ganaba las elecciones con el 49,59% de los votos.
Jauretche no fue invitado a los actos oficiales. Presenció la concentración desde un balcón de Diagonal Sur e Hipólito Yrigoyen. Las columnas que pasaban lo reconocían y lo aplaudían. Poco después Rodolfo Puiggrós, interventor de la Universidad de Buenos Aires, lo nombró a cargo de la editorial EUDEBA.

El regreso definitivo de Perón, el 20 de junio de 1973, estuvo atravesado por la Masacre de Ezeiza. Una decena de muertos y más de trescientos heridos quedaron como saldo de los enfrentamientos. El 13 de julio, Cámpora y Solano Lima renunciaron a sus cargos. Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados, convocó a nuevas elecciones. El 23 de septiembre, Perón fue elegido presidente por tercera vez con el 62% de los votos. Jauretche lo votó con la boleta del Frente de Izquierda Popular, que lideraba su amigo Jorge Abelardo Ramos.

Dos días después sería asesinado el Secretario de la CGT, José Ignacio Rucci. La interna del justicialismo se volvía sangrienta. En ese contexto Puiggrós renunció a su cargo en la UBA. Jauretche quiso hacer lo propio pero su dimisión no fue aceptada.
Amenazado y con la salud deteriorada, Jauretche debió internarse de urgencia a fines de 1973 a causa de un enfisema pulmonar. Poco después fue dado de alto. El 6 de marzo asumiría un nuevo cargo, como integrante del Fondo Nacional de las Artes.

Los últimos pasos

El 24 de mayo de 1974, Jauretche almorzó con algunos amigos en Bahía Blanca, donde había viajado para brindar una serie de conferencias en la Universidad.

Horas después regresó a Buenos Aires junto a su esposa. En la madrugada se despertó fatigado. Sintió una opresión en la cabeza y el pecho. Le costaba respirar. Se levantó para tomar un remedio pero en el camino se quedó sin aire. Intentó llamar a su mujer sin éxito. Jauretche se desplomó. El ruido despertó a su esposa que corrió hasta donde estaba su marido aunque ya no pudo hacer nada. Jauretche murió un 25 de mayo.

Su muerte lo encontró convertido en una figura intelectual, quizás a su pesar. En los libros había encontrado una tribuna de acción y de enseñanza -quizás su máxima aspiración- en un momento cambiante de la Argentina. Una nueva generación había comenzado a ver en él a un hombre de pluma afilada e irónica, nimbada de adjetivaciones y chicanas; una prosa de lucha que no descartaba el humor. Su combatividad, sus denuncias a lo “antinacional”, sus críticas a la “inteligentzia” lo convirtieron también en un autor “molesto” e inclasificable: escritor que renegaba de la intelectualidad; un denunciado “antiintelectual” que ponderaba la fuerza de las ideas; un hombre “de ideas nacionales” que no rechaza descansar tan fácilmente en el sayo del “nacionalismo”. Un hombre que denunciaba el “medio pelo” pero veía con atención e interés el proceso interno de una clase también inclasificable y “molesta”; un sector que sería paradójicamente -o no- el que lo consagraría en el plano de las ideas.

Después de los sesenta años he resultado escritor -había dicho en una de sus últimas entrevistas-. Esto es por la transformación, nacionalización de los nuevos lectores que buscaron algo que estuviera fuera de lo impuesto por el sistema. (…) No me considero literato sino un hombre que usa el instrumento de la pluma para contacto con sus paisanos y servirlos en lo que pueda. (…) Mi objeto es persuadir, especialmente a los no persuadidos. Yo trato de comunicarme y para determinados fines, generalmente proselitistas; no puedo de tal manera separar literatura y pueblo.

 

 

 

 

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