No nos une el amor sino el espanto

Como un eco perverso, una reacción en cadena o el efecto domino, las consecuencias de la decisión del presidente Barack Obama de no atacar Siria, hace ya dos meses, no para de generar nuevas situaciones y cambios geopolíticos impensados hasta pocos días antes.

Ningún analista podría haber previsto que por estos días Irán haya perdido unos cuantos lugares en ranking del terror e Israel, mire con recelo las políticas norteamericanas en la región.

El presidente Vladimir Putin y su ministro Relaciones Exteriores Sergey Lavrov enhebraron con maestría de orfebre imperial, una jugada diplomática, casi sin precedentes en la región: Tras conseguir que Estados Unidos replegara sus fuerzas a horas del ataque a Siria, que no solo evitó una matanza todavía más atroz de la que se viene sucediendo desde marzo de 2011, sino que evitaron una guerra de consecuencias insospechadas en la región, consiguieron que el gobierno de Basar al-Assad, permita monitorear sus arsenales y acceda a destruir su armamento químico, como para ir bajando los decibeles que Washington y Tel Aviv, habían llevado a su máxima potencia. A consecuencia de la jugada de Moscú, Damasco había conseguido una fecha cierta a las negociaciones de Paz (Ginebra II 23 de noviembre) pero el mediador internacional Lajdar Brahimi, anunció en el día de ayer la postergación de dicha conferencia ya que la oposición quebrada en infinitas facciones no logra articularse en un bloque más o menos homogéneo, quedando bien claro para la opinión pública internacional, una vez más, a quienes son los que no les interesa la paz. Al tiempo que las bandas takfiristas como al-Nusra, El Estados Islámico de Irak y el Levante y otras más pequeñas juntos a los mercenarios del Ejercito Libre Sirio, les comiencen a escasear insumos, dólares y tantos otros beneficios que sus empleadores Estados Unidos, La Unión Europea, Israel y las petromonarquias del golfo les han prodigado desde el comienzo de las revueltas. Esto ha llevando que las bandas combatan entre ellas por víveres y armas y el Ejercito Árabe Sirio, continúe la exitosa ofensiva que viene desarrollando desde la toma de la estratégica ciudad de al- Qusair en junio último.

El plan pacificador ruso ha logrado tangencialmente que la relación Irán y occidente, especialmente entre Washington, Londres y Teherán, haya comenzado cierto deshielo y en este caso también el inminente ataque tantas, veces anunciado, a Irán parezca un poco más lejano.

Esto ha provocado que Irán deje de ser parte fundamental del eje del mal para el Departamento de Estado, cuestión que no solo afecta a Israel, sino también y a Arabia Saudita.

El club de los corazones rotos

Se sabe que la lealtad suelen ser un bien tan escaso como el petróleo y mucho menos cuando esa lealtad es ejercida por los Estados Unidos. Este reciente acercamiento entre Teherán y Washington ya se ha cobrado por lo menos dos contusos Arabia Saudita e Israel. Washington y Teherán ser aproximan a tener conversaciones en torno al programa nuclear persa, este será el primer contacto diplomático serio desde el triunfo de la Revolución islámica de 1979, lo que ha descolocado tanto a sauditas como a israelíes.
Al abandonar Estados Unidos a las bandas salafistas que combaten en Siria por lo que las petromonarquias han pagado una inimaginable cantidad de millones de dólares y todo habría sido finalmente en vano ya Bashar al-Assad se mantiene en el poder y al parecer lo seguirá hasta el fin de su mandato en 2014.

Los petromonarcas saben que por el dispendio ya rodó la primera cabeza de Qatar, la del emir Hamad bin Jalifa al Thani, y quizás muy pronto, la del propio rey saudita Abdullah ruede graciosamente hasta Damasco.
A Arabia Saudita e Irán, ambos países potencias petroleras, no solo los separan los casi trescientos kilómetros que hay de una orilla a la otra del golfo pérsico, mucho más distantes quedan todavía sus concepciones sobre islámicas. Arabia Saudita es sunníes wahabista e Irán chiíta, y más allá de las interpretaciones coránicas, Irán es la democracia más plena de la región, lo que no deja de ser un pésimo ejemplo para tanto monarca disoluto que mantiene a su pueblo en el siglo XV, mientras ellos viven ya casi en el XXII.

Hasta hace cuestión de horas y desde los tiempos de Ronald Reagan el enemigo jurado de los Estados Unidos era la democracia iraní, mientras que la casa Saudí, que representa lo más atrabiliario del islamismo, con una monarquía de características medievales, parece no molestar a occidente.

Arabia Saudita es el único país del mundo, cuyo topónimo oficial va acompañado del nombre de la familia reinante, han forjado una variante religiosa al tamaño de sus necesidades políticas, por lo que el rey es el guardián del wahabismo. Es importante considerar que en Arabia Saudita se ubican los dos lugares santos más venerados del Islam para chiítas y sunitas sin diferencia La Meca y Medina. Según los preceptos todo musulmán deberá por lo menos una vez en su vida hacer su Hajj o peregrinación a la Meca. Lo que todavía hace más sensible a los avatares políticos al país.

Desde su ascensión la poder en 1932, después de treinta años de luchas con otras familias los Saud ha aceitado el organigrama estatal con los diferentes miembros de la familia, claro tiene con que, se estima en 3000 a los miembros de la familia real, en la que figuran cientos de jeques y decenas de príncipes que ocupan los lugares claves de la burocracia y la economía del país.

Es por lo mucho que tienen para cuidar los Saud, que no han dudado en aliarse íntimamente con los Estados Unidos y convertirse prácticamente en su embajada en Medio Oriente junto a Israel. Han permitido durante la primera guerra del Golfo (1990-1991) el ingreso de casi ocho mil soldado norteamericanos entre ellos muchas mujeres que fuman, toman alcohol y hasta conducen autos, cosa que les prohibido a las sauditas. Gran parte de esas tropas se han quedado desde entonces en la base Príncipe Sultán, cercana a la capital Riad, sin respetar para nada los rígidos preceptos wahabitas.

La casa Saud teme fundamentalmente a Teherán, no por cuestiones de fe, ni por su poderoso ejército, sino por su moderna democracia que es un pésimo ejemplo en si mismo para las monarquías regionales y esta demostrado que Islam y democracia dos términos que no se contraponen.

El primer aviso del fastidio de Riad a Washington fue el gesto melodramático de renuncia al asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El enojo saudita no es solo por la nueva relación con Irán, sino también por abandonar la cruzada contra Siria, sumado a la actitud tibia que ha tenido Estados Unidos con los generales egipcios tras el derrocamiento de Mohamed Mursi y la represión a los Hermanos Musulmanes organización con lo que los sauditas tienen muy buenas relaciones y finalmente el dejar hacer a Israel en Palestina.

Aunque esto último es simplemente para salvar las apariencias entre Israel y el reino wahabita desde hace décadas, las relaciones son mucho más que correctas y con lo de la agresión a Siria ha quedado claro. Arabia Saudita jamás se ha inmiscuido en el despojo que prácticamente a diario el ejército judío y los colonos viene llevando a cabo contra Palestina. Ni siquiera intentó proteger la mezquita al-Aqsa, en Jerusalén, el tercer lugar más sagrado del Islam, después de La Meca y Medina, tras los contantes agravios por parte del gobierno israelí.

Pero, Arabia Saudita no tardó en abastecer a Sadam Hussain, en su guerra con Irán (1980-1988) y de prodigar millones de dólares a los muyahidines afganos en su lucha contra los soviéticos. Y ahora estaría dispuesta a pagarle a cualquiera por liquidar a Irán, incluso a Israel, que algo sabe de sicariato. Arabia Saudita tiene hoy mucho que ver en el conflicto entre sunnitas y chiítas en Irak, que ha esta altura del año ha dejado casi 6000 muertos.

A pesar de todo para Riad, Washington sigue siendo su único y verdadero aliado, prácticamente sin una infraestructura militar, podría caer en manos de cualquier potencia de la zona que quisiera conquistarla, Israel, Irán, Egipto o hasta las propias bandas salafistas que ellos mismos han armado contra Siria.

Por eso los amagues de prima dona de Arabia Saudita hoy no representan nada el 30 de septiembre, el príncipe Saud Al-Faisal abandono 68ª Asamblea General de la ONU, furioso ante el acercamiento entre Irán y Estados Unidos, sin disculpase ante nadie cuando ya se había distribuido su discurso a las delegaciones de los demás países, pero tampoco le importó mucho a nadie.

Para Washington no sería tampoco muy complejo destronar a la dinastía Saud, partir el país en varios emiratos o colocar algún gobierno todavía más adicto.

Otra cuestión más compleja es Israel, con quien tiene otro tipo de alianza, posee un ejercito poderoso, cuenta con un gran lobby en el interior de los Estados Unidos y desarrolla en muchos casos políticas independientes al Departamento de Estado norteamericano, por estas razones Washington, tendrá que manejar con otra sutileza el enfado de Tel Aviv tras sus contactos con Irán.

A pesar de este complejo espectro, por ahora poco más podrían hacer Israel y Arabia Saudita, que seguir intentando evitar procesos democráticos y mantener los gobiernos corruptos de la región, seguir bregando por desestabilizar a Siria, encontrar alguien cercano que pueda operar con los generales egipcios para evitar que se alejen más del camino que Hosni Mubarak transitó durante treinta años.

Hoy a Israel y al reino de los Saud, los une el espanto de sentirse abandonados en un territorio absolutamente hostil, pero habrá que estar atentos esta alianza tomará nuevos brios y vaya a saber Dios donde los lleve.

Por Guadi Calvo Analista Internacional – La Señal Medios

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