Palabras

La palabra INDIO me parece mucho más bella y poderosa que esa suerte de eufemismo que dice “pueblo originario”. Cierto que es propiedad del invasor, del genocida.

Pero después de centurias, un día hemos dicho: -sí, soy eso que llamas indio, aquí estoy orgulloso de todo lo que me desprecias-. La palabra había sido resignificada y apropiada bastante antes que surgiera la tibia expresión sinónima. NO es el único caso. Pasa habitualmente. “Hombre de color” es una expresión ya espantosa luego de que la Negritud, nos permite decir con “una alegría de dos filos”: (soy)NEGRO.

En el mismo sentido, recuerdo aquí que los símbolos de los principales partidos de EEUU, el burro demócrata y el elefante republicano, fueron en ambos casos creados por burla por sus rivales y toda vez que bien pensados, terminaron los adjudicados, adjudicándose a su vez el símbolo. El “ciruja” de la hinchada de San Martín, o el bostero de la de Boca van en el mismo sentido. Hoy en día decimos “hijo de puta” a alguien o algo que nos ha causado gran admiración, con mas asiduidad, tal vez, que como insulto. Decimos “boludo” a alguien cuando queremos comentarle algo que nos llama la atención, es decir, cuando estimula la inteligencia.

Poner en símbolo algo, es decir nombrarlo, es poseerlo. Por eso, en todas las culturas y en la nuestra actual, hay cosas que no se nombran, aquello que nos supera, lo innombrable: Dios, Diablo.

Cuando no tenemos dominio sobre el dolor no se toma a broma, por ejemplo, situaciones de contenido trágico. Dice un mito urbano que entre unos médicos residentes un día uno le dice a un compañero: -ahí hay un fiambre para vos- y que al ver el muerto recién ingresado, el destinatario trueca su sonrisa por un ataque de nervios al dar con el cadáver de su propio padre.

Hoy sabemos que la prostitución femenina no es un camino laboral de equívocos que se transita por seguir un mal amor, sino un proceso infame y criminal sin nombre que empieza con un secuestro, sigue con torturas y vejaciones de tal nivel que hasta terminan con la destrucción total del yo, es decir, de la subjetividad propiamente dicha. La palabra puta puede ser tomada con simpatía en la intimidad consentida, y hasta como bandera política, como desde un tiempo viene practicando cierto feminismo, excepto por esas mujeres. Para ellas, esas dos sílabas significan todo ese horror indescriptible, innombrable, significa una carne desgarrada y dolores imposibles de mensurar, de poseer, de nombrar.

Muchas veces pienso, si como el caso de los médicos de marras, hablásemos en primera persona, no hay palabras que socialmente deberíamos usar con más cuidado.

Desconozco el origen y trayectoria de la palabra “torta”, salvo su uso peyorativo por parte de una cultura machista y hétero-normativa. Sí siento que escucharla o leerla me hace ruido, y tengo una primera sensación de rechazo hacia el emisor. Creo que si en primera persona, existe un colectivo que puede nombrase a sí mismo, ese es el nombre que debemos usar. Y que puto, torta, etc, podrían integrar nuestro vocabulario en primera persona, una vez que la batalla esté ganada, cuando ya no exista discriminación ni sexual ni de ninguna clase y entonces sí estemos en dominio del concepto, podamos nombrarlo, manipularlo, reírnos de él.

Por Topo Bejarano

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