«Para el tiempo de cosecha»

«Ya dejo el mozo el canasto, ella deja la tijera, y ensayan como jugando una cueca en las hileras», y en medio del callejón arado, mientras el camión va de la viña a la bodega, cargado de uva blanca, negra y moscatel, los pañuelos de las mozas y de los airosos jóvenes de chupallas y pañuelos al cuello, revolotearan en el juego saltarín de nuestra cueca cuyana. Es tiempo de cosecha. Es el momento rítmico de las tijeras y de correr por los camellones aterronados, con los tachos colmados de uvas, pero mas de esperanzas, porque no hay nada mas hermoso para el cosechero que enamorarse de su vendimia y cantar: «póngale por las hileras, sin dejar ningún racimo, hay que llenar a la bodega ya se esta acabando el vino».

¿Adonde se fueron aquellos días del viejo San Rafael? Aquellos días cuando familias completas se largaban a la hermosa aventura de ir dejando atrás las hileras sin racimos en sus cepas, donde los mozos canasteaban, los niños ayudaban juntando los granos y el resto doblaba el lomo entre los sarmientos y el sol que quemaba hasta los huesos. Un buen trago nunca caía mal, vino casero envasado en una botella de aceite Cocinero de litro y medio, envuelto en arpillera y dejada atada del cogote en las aguas del canal cercano para que se refrescara. Y después de complacer al gañote a seguir sin pausa con los tachos y las tijeras.

Y vuelven a mi memoria aquellos días felices del tiempos inolvidables de cosecha, con los amigos o ese amor que nacía entre las viñas con las lindas criollitas de mi pueblo, sueños adolescentes que no fueron porque los almanaques son crueles y todo se llevan sin dejar nada, solo recuerdos. Hora de descanso para ir preparando el asadito debajo de los álamos y saucedales, al frescor del canal de riego y a la necesidad de una buena siesta, tipo panza llena, corazon contento.

Por aquellos años San Rafael tenia 230 bodegas diseminadas en todo el departamento. Y del mismo modo como recordaba a las obreritas de las fabricas de conservas, hoy rescato a las valerosas mujeres viñateras, paisanas fuertes corriendo con el tacho al hombro, caras morenas y de ojos negros como carbones encendidos, que tanto lucharon por sus familias y sus hijos, los vendimiadores del futuro.

Como no recordar las bodegas con su perfume a mosto, el ruido de las moledoras, y el encanto de ver los camiones pegaditos a los lagares descargando los racimos. Bodegas como las de Daniel Teruel, de Santiago Ugarte, Ester Matile, Vinos El Cañadino de Barchiesi Hermano, de Zingaretti, Gabriel Franco de Cañada Saeca, La Abeja de Ripa y Labiano, de Taranto, El Pensador de Casado y Russo, El Recuerdo de los Giordano, El Arriero de Pilato, Suter, Valentin Bianchi, la de don Leon Guillemot en calles Los Franceses, Juan Balbi en Jensen y Sarmiento, de Las Paredes, Martin Hermanos de Salto de la Rosas, Alfredo Juri de Capital Montoya, de los Schiaroli de Las Paredes, bodega La Pichana, La Resero, y como olvidar las bodegas de mi pueblo natal, Goudge, como San Javier de Eraso Hermanos, Santa Gracia, la de los Rodriguez, la Bodega Prados, la de los Lopez de Las Aguaditas, que ya son parte de estas historias.

Han pasado los años y el tiempo se lleva todo. Me queda recordar frente a estas bodegas las largas colas de camiones cargados de uva esperando su turno para ingresar a los lagares, y al terminar la jornada la fila de hombres, mujeres y niños volviendo al hogar luego de la labor cumplida. Cuando se termine de recoger el ultimo racimo y las viñas queden desnudas, en la fiesta de fin de cosecha, en el asado gigante que brindaran los patrones, entre cuecas y tonadas renacerá la vida vendimial dándole gracias a nuestra HERMOSA REINA LA VIRGEN DE LA CARRODILLA…….

Y cuando el grito cuyano se estampe contra la madrugada la tonada y la cueca a dos picos se colara por entre las alamedas y el gemir de la brisa meciendo las ramas de los sauzales a orillas del canal.

Por Osvaldo Barroso

10- El Cosechador (Azzaroni) Julio Azzaroni – Álbum: Postales de Mendoza Vol. 1

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