Psicodólar, corazón y bolsillo

1989, el año que vivimos en peligro. A pocas semanas de las elecciones presidenciales de 1989 se hablaba de un “psicodólar” y un ministro de Economía decía que hablaba con el corazón y los mercados le respondían con el bolsillo. Como nunca antes en la historia argentina, el mercado cambiario ocupó el centro de una campaña electoral. En este fragmento de “Dólar. Historia de una moneda argentina”, Ariel Wilkis y Mariana Luzzi reconstruyen los agitados días del final del alfonsinismo.

El Plan Primavera fue el último intento sistemático del gobierno radical de Raúl Alfonsín por controlar la inflación. Los sucesivos fracasos que siguieron al Plan Austral impusieron de manera necesaria implementar una nueva estrategia para estabilizar la economía. En septiembre de 1988 se anunció una batería de medidas que consistían en un acuerdo de precios con grandes empresas, la elevación del tipo de cambio y del precio de las tarifas, el aumento de la tasa de interés y el desdoblamiento del mercado cambiario con una brecha que no superase el 25% entre el tipo oficial y el tipo «libre». Pero a fines de ese año ya asomaban claras evidencias que el Plan Primavera no había logrado su cometido. El atraso cambiario rondaba el 20% o 25% según algunos observadores. El Plan podía funcionar si ingresaban recursos provenientes de acreedores externos, pero la demora en el pago de los intereses de las obligaciones financieras contraídas en el exterior habían prendido la luz amarilla respecto a la capacidad del gobierno para mantener el tipo de cambio bajo control.

 

Las comparaciones entre el verano de 1981 con este contexto estuvieron a la orden del día en las interpretaciones de la situación de fines de 1988 y principios de 1989. El verano de 1989 mostraba características muy parecidas con las de aquellos meses calurosos de 1981, cuando la «tablita» llegaba a su fin. En el periodismo, no faltaron analistas que cotejaron a Martínez de Hoz con Sourrouille. Tampoco las referencias a una «nueva plata dulce» para referirse a los argentinos que se encontraban veraneando en el exterior gracias al «dólar planchado» por la política oficial (Clarín, 10/1/89). Las similitudes entre ambos períodos permitían recordar que en la época de Martínez de Hoz la sociedad argentina había vivido bajo «el espejismo de una Argentina dolarizada» que «obnubiló a muchos argentinos». El Plan Primavera generaba condiciones similares al menos para aquellos que podían «comprar billetes para gastar afuera».

 

Sin embargo, las comparaciones entre el verano del ’89 y los primeros meses de 1981 chocaban con un dato fundamental: el desarrollo de la primera campaña electoral por la sucesión presidencial después de décadas de interrupciones del sistema democrático.

 

Carlos Saúl Menem, gobernador de la provincia de La Rioja, había ganado la interna del peronismo frente a Antonio Cafiero, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Ya lanzado a la contienda electoral, Menem se encontraba recorriendo el país. El candidato presidencial oficialista, el gobernador de Córdoba, Eduardo Angeloz, hacía equilibrio para mantener su distancia con la política económica de un gobierno que mostraba muy pocos resultados alentadores.

 

El número abundante y diverso de las representaciones de la divisa estadounidense en el humor durante 1989 es prueba de la intensidad de la popularización del dólar. Sin soslayar otros temas centrales del período, el humor gráfico se ocupó de poner en relación la campaña electoral y la situación del mercado cambiario. Por ejemplo, en la célebre tira de Tabaré Gómez Laborde —reconocido por su primer nombre propio, Tabaré—, su personaje «El Linyera» le hablaba a una señora en un parque:

 

—¡Hmmm! Parece que los porcentajes de las encuestas políticas cambiaron.

—¿Alguna encuesta nueva? ¿Cambiaron los porcentajes? —le pregunta la mujer.

—Sí, más que cambiaron. Fueron superados —le responde el linyera y continúa—: Fueron superados por los porcentajes de las tasas de interés y de la suba del dólar.

 

En el transcurso de los primeros meses de 1989, el mercado cambiario ocupó el centro de la campaña electoral, a tal punto que a veces parecía opacarla. Controlando el dólar, el gobierno buscaba ganar tiempo hasta las elecciones generales del 14 de mayo. Adolfo Canitrot, viceministro de Economía, declaraba que las «tasas de interés no son negociables». Justificaba esta posición frente a la «incertidumbre del próximo acto comicial y el eventual triunfo del justicialismo» (Clarín, 22/1/89). Según Domingo Cavallo, futuro ministro de Relaciones Exteriores, primero, y de Economía, después, en el mandato presidencial de Menem, la unificación cambiaria anunciada para marzo sólo significaba que el Banco Central iba a «despilfarrar 2500 millones de divisas» para mantener controlado el dólar hasta mayo.

 

Las tasas altas y el «retraso cambiario» garantizaban una muy redituable «bicicleta financiera». Un negocio próspero por aquel mes de enero de 1989 consistía en «vender mesas de dinero». Si durante la década anterior las «mesas» habían sido la novedad, lo que ahora llamaba la atención era esta tan particular industria de armarlas. Se estimaba que unas 1500 mesas funcionaban en bancos, sociedades de bolsa y en las «cuevas». Una sola mesa de dinero podía realizar operaciones hasta de 40 millones de dólares (Clarín, 26/1/89). La importancia del universo cambiario y financiero tampoco pasó de largo en los monólogos televisivos de Tato Bores. En 1989, el capo cómico le explicaba a su audiencia en qué consistía la «bicicleta financiera». Uno de los personajes evocados en su monólogo —el empleado bancario «José Clearing»— proponía la fórmula Bicicletum Suavitas Cordia («la bicicleta alegra los corazones»).

 

Sin embargo, a fines de enero ni las altas tasas ni la venta de dólares por parte del Banco Central (unos 500 millones la primera semana de febrero y 1800 millones desde principio de agosto de 1988) lograron contener el precio de la moneda estadounidense. «El problema no es que [el Banco Central] venda dólares, sino que vende pese a las altas tasas»; «por más duro que sea el programa monetario, el dólar no quiso bajar». Estas eran las opiniones atribuidas a gerentes de mesas de dinero de instituciones financieras. La palabra que empezaba a resonar en la prensa, en las «mesas» y entre los directivos de los bancos era «corrida».

 

El 6 de febrero fue declarado de manera imprevista un feriado cambiario y bancario. Se anunció que el Banco Central dejaba de intervenir en el mercado «libre» y se creaba así un «tercer mercado» para operaciones exclusivamente financieras, además de un mercado «comercial» para las agroexportaciones y otro «especial» para las importaciones. Al mismo tiempo, se dejaban de lado las licitaciones que el Banco Central venía realizando para controlar el valor del dólar en el mercado «libre». En la reapertura del mercado cambiario, el dólar, que a fines de enero se ubicaba en torno de los 18 australes, llegó a 23,50. Los días siguientes escaló a 27. El clima se enrareció: el presidente del Banco Central desmentía su renuncia, y adentro y fuera de los bancos y casas de cambios se repetían escenas del pasado: la tensión frente a los mostradores era inocultable, el desborde en las calles, las muchedumbres frente a las pizarras y el aditamento de un enorme descontento contra el gobierno. Los observadores del mercado cambiario atribuían la demanda de las últimas semanas a los «capitales golondrinas» que habían ingresado al país atraídos por las tasas altas y el «dólar planchado», y ahora habían comenzado a retirarse de la plaza local. El ministro de Economía, por su parte, sugería que el copamiento al cuartel de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP) también había tenido impacto en la demanda de dólares. A fines de enero, miembros del MTP liderado por Enrique Gorriarán Merlo intentaron la ocupación de los cuarteles del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 y el Escuadrón de Caballería Blindado 1 del Ejército en La Tablada, provincia de Buenos Aires. La represión fue de marcado contraste con las insurrecciones de los militares «carapintadas» de 1987 y 1988, que Alfonsín había enfrentado y negociado sin recurrir a la violencia.

 

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Para la oposición, el esquema con que el gobierno buscaba controlar la inflación hasta las elecciones se mostraba como un total fracaso. El doctor Eduardo Duhalde, candidato a vicepresidente por el peronismo, declaró a la prensa: «Este plan nos hizo perder 2000 millones de dólares, que pasaron a mano de capitales golondrinas, a unas pocas empresas de la patria contratista y a un consumo de verano ostentoso, una nueva versión de la plata dulce de Martínez de Hoz». Para el economista peronista Eduardo Curia se había agotado «el mecanismo de sobornar credibilidad a través de altas tasas de interés». Saúl Ubaldini, secretario general de la CGT, expresaba que las medidas «no favorecen en nada a los trabajadores. Cada vez que hay corrida contra el peso, hay corridas en los precios, lo que hace decrecer el poder adquisitivo de los salarios». Por su parte, los voceros del Banco Central resaltaban que el aumento del dólar era el resultado de una «fiebre especulativa» y que «el precio del dólar no tiene que ver con nada». Desde el oficialismo se comunicaba que «el gobierno se desentiende de lo que pueda ocurrir con el mercado libre» (Clarín, 8/2/89).

 

En las calles de la City se observaban largas filas de personas desde de las ocho de la mañana frente a bancos y casas de cambio. Los empleados debían enfrentar «gritos y empujones» de «gente nerviosa», sobre todo de «pequeños inversores poco informados». No faltaba el caso de clientes que demandaban el pase a dólares de sus plazos fijos pese a que estos vencían en siete días. Los autos importados estacionados en doble o triple fila y el color de la piel de sus conductores delataban a los «inversores» que habían abandonado a las apuradas las vacaciones para sacar los australes de los plazos fijos. Las «pugnas» entre «arbolitos» reflejaban un ambiente caldeado no sólo por el calor.

(…)

 

Mientras los empresarios abogaban por la unificación cambiaria, el nuevo ministro no cedió y, por el contrario, propuso una devaluación del 25% en el tipo de cambio que recibían los exportadores. A pocos días de asumir Pugliese, el dólar «libre» escaló por encima de 50 australes. «Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo», fue la respuesta del ministro que con el tiempo se convirtió en una frase recurrida.

 

Pugliese retomó las mismas acusaciones de Alfonsín contra los especuladores. El gobierno había anunciado que el Banco Central, la Dirección General Impositiva (DGI) y la Secretaría de Inteligencia del Esta- do (SIDE) llevarían adelante investigaciones para averiguar por qué el dólar aumentaba de manera constante. Haciéndose eco de las tesis que miembros del gobierno y el candidato radical venían sosteniendo sobre el rol de los especuladores en el desborde del dólar («los que especulan con el dólar son cuervos que sobrevuelan sobre todos nosotros», había declarado Angeloz), la Cámara Argentina de Casas y Agencias de Cambio publicó una solicitada con el título «Dólar. Mito y realidad de las casas de cambio»:

 

Las casas de cambio son los operadores más eficaces para la compra y venta de divisas. […] Venden dólares que compran cada día. […] Tienen prohibido acumular [las divisas]. […] No pueden influir en el precio del dólar, su suba o baja depende directamente de la oferta y la demanda. […] No son responsables de la alta incertidumbre reinante, que sí influye poderosamente en la fuerte demanda de dólares […]. Tampoco son responsables de las reglas de juego que se alteran con notable rapidez y que deprimen la oferta de dólares…

 

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El 14 de abril se declaró un nuevo feriado cambiario y se aplicaron retenciones a los exportadores para detener la merma de las reservas. Era el cuarto feriado en dos meses. Durante los siete días siguientes el dólar libre aumentó un 40% —y 100% desde que había asumido Pugliese—. A fines de abril, el 90% de los depósitos a plazo fijo eran por siete días y ya el dólar arañaba los 100 australes. En este contexto, Pugliese declaró que no había «ninguna razón objetiva para que el dólar adquiera estos valores […]. El problema es que no hay credibilidad por el acto eleccionario […] confiamos en llegar al 14 de mayo y luego el mercado se va a desinflar».

 

Se llamaba «arbolito burrero» a quien levantaba las apuestas clandestinas en el Hipódromo y, para no ser descubierto, disimulaba leer la revista de las carreras mientras se apoyaba en un árbol. Con el tiempo, el término había pasado a nombrar a los vendedores y compradores de moneda extranjera que ofrecían sus servicios en la calle. Al ritmo de constantes feriados cambiarios y ante la reticencia de las agencias a vender dólares, en los primeros meses de 1989 la demanda hacia «los arbolitos» creció. Estos «vendedores independientes» eran casi siempre varones mayores de 30 años y, según la crónica periodística, en muchos casos empleados de bancos. Los más antiguos en el rubro rondaban los 50 años y habían comenzado a vender dólares en la calle en los primeros años de la década del ’70. La clientela de los «arbolitos» manejaba poco volumen de dinero, como los empleados bajo relación de dependencia. En el marco de movimientos bruscos del tipo de cambio, la falta de expertise caracterizaba la demanda hacia estos cambistas. «Nunca aprenden: compran como vampiros cuando sube y venden como desesperadas cuando baja», describía uno de ellos a un grupo de mujeres que esperaba en una confitería a tomar la decisión de comprar dólares. Otro hablaba de sus clientes como los «neuróticos de cada feriado». Se esperaba que «muchos empleados de bancos, administración pública y grandes empresas» buscasen «dolarizar» sus sueldos. Estos, seguro, «se nos vienen encima», anticipaba un «arbolito».

 

A dos semanas de las elecciones, un nuevo feriado fue anunciado: antesala de la unificación y liberalización del mercado cambiario. Ya con el nuevo sistema, el dólar llegó a 118 australes, mientras las tasas de interés alcanzaban el 160% mensual. El domingo 14 de mayo, el candidato opositor, el peronista Carlos Menem, ganó las elecciones. El viernes 19, el dólar llegó a 210 australes. En poco más de cuatro meses había aumentado casi 1000% y la corrida estaba lejos de detenerse. Entre febrero y agosto este aumento llegaría a acumular 3600%. La inflación mensual durante los meses finales del gobierno de Alfonsín, quien abandonó de manera adelantada la presidencia en julio, tuvo un incremento exacerbado (78,5% en mayo, 115% en junio y 197% en julio). Fueron los picos de una hiperinflación que llegó a acumular en los doce meses de 1989 un incremento de precios al consumidor de 4924%

 

El humor social del dólar

 

En marzo de 1989, un aviso gráfico de la casa de venta de plantas y jardinería Alparamis publicitó su local de Olivos por medio de la imagen de un billete de un dólar acompañado de la siguiente leyenda: «El verde no hace la felicidad. Pero calma los nervios». Apelaba a la complicidad de los lectores, utilizando la manera coloquial de denominar al dólar, para referirse también a las plantas. «Los que tienen verde saben que es irreemplazable. Y que sus infinitos matices y posibilidades son codiciados por todo el mundo. En suma, que hace la vida más fácil y segura». La presentación, que parece referirse a la moneda estadounidense, construye un argumento seductor también para interpelar a quienes quieran tener una experiencia en el nuevo espacio comercial, un «paraíso de los que aman el verde».

 

En la misma época, la publicidad de la empresa Equitel S.A. anunciaba: «Todos hablan del dólar. Nosotros trabajamos! / Tener éxito es superar las expectativas. Las nuestras están puestas en la continuidad de la propia actividad, produciendo localmente la tecnología más avanza- da, trabajando con seriedad y a largo plazo. Sin especular». Paradójicamente, el valor de los productos ofertados —como el servicio brindado a la compañía estatal de telefonía, Entel— se expresaba en dólares.

 

Ambas publicidades mostraban una inflexión en la significación pública del dólar. A diferencia de las referencias a la moneda norteamericana que eran habituales en los avisos de décadas anteriores, centradas en el interés o la rentabilidad individuales, ahora el dólar parecía vehiculizar también ideas referidas a la sociedad en su conjunto. Tanto porque era «codiciado por todo el mundo» o porque «todos hablan del dólar», la moneda estadounidense permitía en la coyuntura de 1989 significar estados de ánimo individuales y/o actitudes colectivas. Estas publicidades desligaban al dólar de sus funciones económicas. Su potencial publicitario no residía en mostrar cómo servía para ahorrar, invertir o calcular precios de diversos bienes, sino que descansaba en su capacidad para expresar el humor social. Así, en el contexto de la híper, a través de la mención al dólar, la publicidad podía subrayar tanto (de manera positiva) la felicidad que producía la posesión de una moneda que no se desvalorizaba, como (de manera negativa) destacar su asociación con las prácticas especulativas.

 

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La publicidad recogía los desbordes de la popularización del dólar, que en la coyuntura de 1989 excedía claramente su significación directamente política y su rol en los repertorios financieros. En consonancia con este proceso, en esta etapa se expande también una nueva forma de psicologización de las interpretaciones sobre los significados y usos de la moneda norteamericana. Hasta ahora, la atribución de significados psicológicos al vínculo con el dólar había sido casi exclusiva de la dinámica del mercado cambiario. Las narraciones sobre el «estrés» o el «nerviosismo» para adquirir divisas en la City acumulaban varias décadas. En la coyuntura de 1989, en cambio, este esquema de interpretaciones era trasladado a la vida cotidiana e íntima.

 

En Clarín, el humorista Ian ponía en escena un diálogo entre psicoanalista y paciente durante una sesión de terapia. La profesional preguntaba: «¿Cuál sería esa duda existencial?». Y el paciente, recostado en un diván, respondía: «Dólar o plazo fijo». En el mismo diario, el humorista rosarino Roberto Fontanarrosa representaba la «obsesión» por el dólar a través del siguiente diálogo entre un hombre y una joven mujer: «Le aseguro que con los años que tengo no recuerdo otra ocasión en que la temática económica se hiciera tan obsesiva», decía ella. «¿Qué edad tiene usted, Marisa?», preguntaba él. Y ante la respuesta (25), agregaba: «¿Cuánto años vienen a ser en dólares?». Finalmente, Crist daba cuenta la «dependencia» y «frustración» de los argentinos por el dólar. En una entrevista, un periodista pregunta a su entrevistado: «Usted, como sociólogo, ¿cómo explica esa dependencia de la economía, ese es- tar pendiente permanentemente de las tasas y el dólar?». «Es un estado de frustración, cada argentino es un millonario en potencia».

En el marco de la crisis económica y social, el dólar también fue asociado a perturbaciones que experimentaban las familias argentinas.

 

—Hoy tuve suerte. Y mirá que yo pensaba que nunca se me iba a dar. Pero, claro, alguna vez tenía que ser. En realidad, lo intuí a la mañana, casi inmediatamente después de la apertura, cuando todavía estaba en el auto y dieron el salto que pegó el dólar…

—Mirá, Alfredo, no sé si es el momento, pero yo quería…

—Pará, pará. De la emoción apagué enseguida la radio, como para que no cambiara la cotización.

—Dejame hablar, Alfredo. Dejame. Dejame hablar. Lo nuestro no va más.

—Y gané de ayer a hoy como veinte mil australes. Uno sabe y hace la diferencia. Yo te lo había dicho. ¿Qué dijiste que no te escuché?

 

Para el periodista de Clarín, esta escena podía transcurrir en cualquier bar de la City o en cualquier otro escenario: una plaza, un bar de los suburbios. El tema podría variar: una pareja que se rompe, los hijos o la salud física. Es la falta de diálogo que produce «incomunicación» cuando sólo se habla y piensa lo mismo. La conversación trunca de esa pareja a causa de la preocupación de Alfredo por su operación con el dólar aparece como una situación que «nos pasa a todos».

 

La fotografía que acompañaba esta nota era la ya típica de un grupo de personas frente a las pizarras de una casa de cambio de la City. La pregunta que pretendía darle sentido a la imagen sí era, en cambio, novedosa: «¿De qué pueden estar hablando estos ciudadanos frente a una pizarra de la City? ¿De poesía? ¿De la última película de Woody Allen? ¿De amor? ¿De Racing Club? ¿De los problemas en China? ¿Verdad que no? Y lo mismo nos pasa a todos». El foco de atención se colocaba sobre las perturbaciones psicológicas provocadas por el dólar y sus consecuencias en la vida íntima.

 

La intensidad de la popularización del dólar convocó a nuevos expertos a interpretar la coyuntura de un mercado cambiario desbocado. Las opiniones de psicoanalistas, psiquiatras y hasta sexólogos contribuyeron en 1989 a darle significado público al dólar en cuanto al espectro de sus influencias en el espacio de las subjetividades. Clarín recogió estas opiniones en una nota que llevaba como título «Lo que mata… es la crisis». En sus páginas se explicaba cómo la crisis económica influía decisivamente en los trastornos emocionales. El «dolarazo» junto a la inflación eran identificados como causantes de «ansiedad, problemas psíquicos y hasta sexuales». La nota era acompañada, una vez más, por la imagen de un grupo de personas amontonadas frente a una casa de cambio. En el epígrafe se leía: «“Hace dos meses que sufrimos un sacudón tras otro. Esto es un infierno: el que no está enfermo está por enfermarse”, dice la gente de “la City” al borde un ataque de nervios».

 

La «fiebre del dólar» era presentada como uno de los «elementos vitales» de toda conversación y las «fluctuaciones de los verdes billetes» como uno de los temas que llevaban a apasionarse «malsanamente». Y para explorar las consecuencias psicológicas de estos temas que atrapan «la atención de todos los argentinos», el periodismo requería la opinión de los expertos provenientes de un mundo «psi» que, por su parte, también había ganado popularidad en las últimas décadas.

 

Guillermo Rinaldi, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, brindaba su perspectiva sobre las «vicisitudes de una economía inestable» en la «aparición de trastornos emocionales». «La energía está puesta al servicio de lo superfluo» y «hay dispersión y desconcentración por agotamiento y fatiga mental». El periodista ilustraba la opinión del psicoanalista con los «grupos que permanecen estáticos frente a las pizarras de la City por tres o cuatro horas —como si fuera un nuevo objeto de culto—, cuyos miembros entablan lacónicos diálogos: “Viste, viste, ahí cambia. Se va para abajo, para abajo. Yo te dije. Si a vos no te hago caso nunca más”».

 

Por su parte, León Gindin, sexólogo y director del Centro de Educación, Terapia e Investigación en Sexualidad, contaba a Clarín que en su consultorio había tenido un aumento de consultas por parte de los operadores económicos. ¿El motivo? «Disfunción sexual, falta de deseo». «Simplemente no se les ocurre tener relaciones sexuales. Aunque suene extraño —clarifica—, renuncian a la actividad sexual en beneficio de la tarea laboral». Para ilustrar cómo estos operadores estaban impregnados «por las presiones derivadas de la crisis y vuelcan la disponibilidad libidinal en esa escena», se reconstruye un día laborable de un operador de cambios.

 

El jueves —relata un operador— empezamos con un dólar a 55 australes y tasas que giraban en el 420 por ciento anual, y terminamos con un dólar a 50 y tasas de 350 a 370 anual. Además, un cliente que antes nos consultaba una vez por día, ahora nos llama cinco veces para hacernos la misma pregunta. La carga de adrenalina es a favor o en contra, según el grado de acierto que se consiga con las respuestas. Llega un momento que ni uno mismo cree en lo que está diciendo.

 

Según el sexólogo, «no importa el éxito o fracaso que logre en su tarea el operador para sufrir esa disfunción y para que la pareja también entre en el síntoma. Se “contagia”».

 

Durante 1989, los procesos de expansión, generalización e intensificación de la popularización del dólar en la sociedad argentina adquirieron una profundidad sin precedentes. Como nunca antes —y tampoco después—, la popularización asumió en esos meses la lógica de un gran hecho social total. Con esta figura, el sociólogo francés Marcel Mauss trató a los fenómenos sociales extraordinarios, capaces de unificar cada aspecto de la vida colectiva de una sociedad: 1989 fue el año en que la popularización del dólar gobernó a la sociedad argentina.

*Por Mariana Luzzi y Ariel Wilkis Revista anfibia

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