Sobre cárceles, cacerolas y fantasmas

Ante la operación política y de prensa contra el gobierno nacional, luego de que la Justicia argentina –tarde con respecto a muchos países– decidió tomar medidas para que las cárceles no se transformen en peligrosos focos de contagio y propagación del coronavirus, quiero opinar, creo que con cierto conocimiento de causa.

Trabajé siete años en la Penitenciaría Provincial de Mendoza dando clases para los internos e internas que cursaban el secundario. Las cárceles no son lo que usted, ciudadano cacerolero común o no común, que nunca pisó una, se imagina que son. Es cierto que, como fui profesor y para estudiar en la cárcel hay que tener buena conducta, tuve de alumnos a internos no conflictivos. No obstante, en las semanas posteriores al que se denominó “motín vendimial” (marzo de 2000), recibí en mi aula a muchos otros internos que estaban en pabellones “de castigo” y que bajaban golpeados y muertos de frío a mis clases y que, por su conducta, no podían acceder a estudiar en condiciones normales. Pero ese motín alteró todo. Si uno pregunta hoy a algún responsable de la seguridad interna de cualquier cárcel, le va a responder que no existen lugares ni regímenes de castigo en la cárcel. Pues sí existen, solo que no se los puede reconocer oficialmente. Pasan muchas cosas ilegales en las cárceles pero se mantienen invisibles para el común de los mortales, es decir, nosotros, los que estamos afuera e ignoramos –y necesitamos ignorar– cómo funciona la punición carcelaria. Ese extra que no figura en ninguna ley y mucho menos en la Constitución y que todo el que está o estuvo preso conoce bien.

Escuchemos la previsible opinión del homo caceroliensis: “Que se aguanten, se lo merecen, delincuentes”. Es cierto que delinquieron y por eso están presos, pero la ley dice claramente que las cárceles no son para castigo sino para recuperación, que las personas detenidas pierden la libertad de circulación pero no sus derechos, etc., etc. No voy a detallar aquí lo que toda persona que quiera estar informada sobre las leyes penitenciarias tiene que saber antes de hablar o de tañer la tapa de su cacerola, sartén o utensilio sonoro ad hoc.

Sí hay que decir que algunas personas privadas de libertad no están ni estarían saliendo libres sino a prisión domiciliaria y, según cada caso, los sistemas judiciales de todo el mundo tienen la intención de descomprimir esa constante bomba de tiempo que es cualquier cárcel de cualquier parte y más hoy en tiempos de pandemia. Hermanos y hermanas cacerola en mano: las cárceles son fábricas, entre otras cosas, de angustia. Otra vez se escucha la posible respuesta: “Que se lo merecen, por haber causado ellos dolor y angustia y daños irreparables a sus víctimas”. Digamos que no todos, ni mucho menos, los que están detenidos en las cárceles son asesinos, ni asesino seriales, ni violadores, ni violadores seriales. Está claro, por lo menos para mí, que dar domiciliaria a condenados por violación está lisa y llanamente mal, fuera toda justicia y sentido común, si es que eso ha ocurrido. Y si ocurrió, no es responsabilidad del Ejecutivo sino del Judicial.

La oposición política, mientras tanto, mezcla intencionadamente las cosas y dice que el gobierno, no el Poder Judicial, está liberando ladrones, asesinos y violadores. Y bueno, con políticos de tan singular nivel y medios hegemónicos y periodistas marionetas o brazos ejecutores del poder real que están al salto de cualquier cosa que pueda perjudicar al gobierno, es normal y esperable que difundan falsedades, y he ahí la operación. Ni hablar de quienes promueven la prisión domiciliaria para genocidas.

Son las reglas del juego de la vida y de la vida en pandemia. Unos tratan de hacer las cosas más o menos bien, otros tratan de boicotearlos mintiendo con eficiencia y supuesto profesionalismo periodístico, otros están mal informados, llenos de miedo y de ignorancia y, en su pereza y miseria moral, tañen su vajilla metálica para espantar los fantasmas. Aunque, como se sabe, los fantasmas no existen. Sí son reales la fantasía, la imaginación (cómo negarlas si son tan necesarias para vivir) y los hechos, por supuesto. Pero los fantasmas de asesinos y ladrones adueñándose de las calles, estimado ciudadano cacerolero, no existen más que en su necia, fascistoide y cilíndrica cabeza de termo.

Por Juan López

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