Solo para algunos nostálgicos

La antigua terminal de ómnibus de mi San Rafael, tenía todos los matices de un lugar bien pueblerino. Como los paisajes de Catamarca, con los mil distintos tonos de verde, lo distinto que estaba situada en el corazón del centro de mi ciudad.

Allí donde llegaban los colectivos de todos lados o aquellos que te llevarían a un distrito o si no, cuando caía la noche, boleto en mano y la buena pilcha te llevaba al baile de fin de semana.

El aroma característico de toda terminal sin dudas es ese olor a comida que invita al viajero a cruzar una calle y sentarse a degustar esos platos de la zona, los tallarines con albóndigas, en lo del «LAZARO», una especial de Muzza en la pizzería «LA RIVERA», algunas empanadas casi el calco de la vieja, en «LAS CUARTETAS» o en lo de «SAMA», todo se regaba con un tinto bien fuerte servido en el clásico pingüino, quizás con algún sifón de soda porque después de comer te ataca la modorra dijera mi vieja.

Los viajeros venían al centro, creo que el venir era prácticamente una excusa, lo atrayente de la terminal a la hora del almuerzo eran esos clásicos convites que se hacían al paso.

La tarde para los que amamos caminar sus rincones bajo la lluvia o sentir el viento de otoño acariciar el rostro partido por el frío, hacía que el paso por la terminal tuviera un dejo de nostalgia. Las voces pregoneras de los vendedores se alzaban como queriendo ofrecer lo más novedoso en ese momento, el diario «MENDOZA», El diario «El COMERCIO» de nuestra ciudad, la RADIOLANDIA» para el suspiro de las chicas, o la revista «GOLES» con las últimas noticias deportivas que llegaban desde Buenos Aires para los hombres.

Pero había alguien en particular, que tal vaz no necesitaba pregonar a viva voz la habilidad que reinaba en sus manos, alguien que como si fuera un guapo del 900 había copado la parada en su esquina, como si alguien a través de una ley le fuese asignado ese lugar de trabajo callejero, nunca supimos sus nombres, porque en la vieja terminal habían muchos de ellos, solo supimos que desde purrete adquirieron la habilidad de sacarle brillo a todo zapato que pisara el centro de la ciudad, como con orgullo de su trabajo, como con dignidad sacaba el pecho y decía…LUSTRA SEÑOR?.

Y en menos de unos segundos ponía manos a la obra con su cajoncito lustrador y casi no se veía el movimiento de sus manos, hasta convertir en espejo hasta los mas opacos calzados. Y eso es lo que a los hombres les gustaba, verse reflejado en el cuero de sus zapatos, después de un reojo al resultado, ponía la mano en su bolsillo y sacaba un par de monedas que iba a ser el pago de su trabajo y tal vez alguna otra propina que se merecía por su esmero.

Ser lustrabotas en esos años era el comienzo de una etapa laboral, cualquier chico que deseaba tener su primer «laburo», o tenía intenciones de dejar el colegio, oía decir a su padre…»ANDA A LUSTRAR ZAPATOS A LA TERMINAL»…

Lindo recuerdo de una época que no vuelve, ya no hay mas lustrabotas, ya no está más en esa esquina ese purrete que quería ganarse la vida, ya parece que no hay más zapatos que lustrar…y hasta la vieja terminal de ómnibus ya no funciona, pero ahí está abandonada…como esperando el próximo colectivo que jamás vendrá. Pero ella espera que algún pueblerino venga hasta al centro, en busca de un lustrabotas o aunque mas no sea a saborear alguna empanada y que el tiempo diga que todo pasado fue mejor…

Por Luis Gallardo

Texto extraído de «MIS MEMORIAS»
Algún día de la década del ’60
Terminal de Ómnibus de San Rafael, Mendoza, República Argentina

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