Una aventura de polizontes

Año 1977 éramos con Aníbal Quezada un amigo, un dúo inseparable. Disfrutábamos mucho del fútbol e íbamos a ver a nuestro Huracán donde se presentara a jugar. Esa tarde de sábado habían dos partidos muy importantes, uno era en Pueblo Diamante, Huracán se consolidaba en la punta del campeonato y recibía a Rincón del Atuel, partido relativamente fácil para el globito Sanrafaelino, en la otra punta del centro de la ciudad, en la cancha de San Luis cerquita de las vías en la misma zona de la estación de trenes, el mismo recibía a Deportivo Argentino, quien estaba al acecho por la punta y a la vez era prácticamente el clásico de barrio.

Como nunca teníamos el dinero para la entrada, puesto que en esa época estudiábamos en el secundario, era inevitable entrar a la cancha de colados, en algunas ocasiones teníamos como aliados la gente que vivía en el estadio mismo a manera de canchero en una casa cedida por el club, y en otras oportunidades no había remedio que saltar la pared que rodeaba a la cancha e ingresar al estadio con algunos moretones, producto de las alturas de esas paredes.

Esa tarde en algún lugar debíamos recalar, no había sábado ni domingo sin fútbol que era en aquella época nuestra pasión. Llegamos con tiempo para inspeccionar la seguridad que tenía ese encuentro y nos encontramos con un estadio rodeado de policías que hacia imposible el ingreso por todos lados. Jóvenes que éramos, y el temor de terminar dentro del «Cuartito Azul», tal como se le llamaba al celular de la policía para trasladar a los posibles y tramposos malhechores, decidimos desechar la idea de colarnos por las inmediaciones.

El estadio de Huracán llamado «El Gigante de Pueblo Diamante» sus fondos colindaban con las vías del ferrocarril, ingreso desde todos los puntos hacia la ciudad.

Puesto que no logramos ingresar a ver ese partido y viendo ese operativo policial que nos impedía el ingreso, nos vimos vulnerados en nuestros intentos.

De repente nació una esperanza, quizás algo que nos mandó los dioses para que no nos quedáramos con las ganas de ver fútbol. Una vieja locomotora con su formación pasaba en esos momentos con su marcha cansina, casi a la velocidad necesaria para que nosotros pudiéramos abordarla cuales piratas en busca de un tesoro. No lo pensamos dos veces saltamos al tren de carga que seguramente hacía maniobras desde el distrito de Monte Comán, y nos volvimos al centro en búsqueda del otro partido que nos esperaba, distante veinte minutos el tren nos depositaba a sólo algunos metros del estadio de San Luis, allí la entrada estaba asegurada, allí se encontraba nuestra familia amiga que nos cedía el paso hacia las tribunas en forma gratuita y sin escalar y sortear paredes.

En sólo cuestión de minutos de un estadio a otro nos encontramos sentados cómodamente en un inmejorable sitio para ver el clásico. No pudimos ver el partido de nuestro querido Globo pero si, al sábado no le faltó la pizca de fútbol, no le faltó la aventura de viajar de polizontes en el tren, tampoco le faltó los infaltables choripanes y la gaseosa naranja que le ponía la frutilla al postre de esta aventura….

Y si quieren saber quién salió campeón ese año… con un dejo de tristeza vimos salir campeón al Club Deportivo Argentino, el mismo club de mi barrio.

Así es la vida, una mezcla de sensaciones que van desde una aventura hasta una tristeza pasajera, que ambas vale la pena recordarla…

Por Luis Gallardo

Texto extraído de «MIS MEMORIAS»
Algún día de invierno de 1977
Cercanías del Club Atlético HURACÁN
San Rafael, Mendoza, Argentina

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