Vivencias periodísticas 1973-1976

(*)Hace pocos días, mas precisamente el 13 de julio, se cumplieron 41 años de la renuncia del binomio presidencial Héctor J. Campora – Vicente Solano Lima, que había alcanzado un triunfo resonante en el ámbito electoral. Ya desde principios, o quizás antes, del 25 de mayo de 1973 cuando asumió Cámpora, se veía vislumbrar que el gobierno no duraría mucho, teniendo en cuenta la férrea rivalidad que le impusiera la derecha peronista y los sindicatos apegados a José López Rega, que ya había creado por ese entonces, aunque la mantenía a la sombra, a la terrorífica Triple A., que, hay que decirlo, ya integraba el actual líder de los camioneros Hugo Moyano desde la estructura político sindical de la Juventud Sindical Peronista.

Eran las 9 de la mañana del 24 de marzo de 1976. LV4 no informaba demasiado toda vez que estaba copada por fuerzas militares y por las calles de la ciudad, desde las 0 horas era recorrida permanentemente por camiones y jeep militares y automóviles (luego se comprobó que era ocupados por civiles enrolados en la organización derechista «Dios, Patria y Propiedad» local).

Todas las reparticiones publicas estaban ocupadas por personal militar con armas de guerra, se había limitado la salida de la gente por las calles y periferias del centro y hasta en los barrios todo estaba perfectamente organizado. Alrededor de las 10.30 don Mario Morales, director del diario La Capital me pide que me acerque por las proximidades de la plaza San Martin para «ver que pasa» y fui.

Camine los pocos metros que separaba la redacción del diario en calle Bernardo de Irigoyen al 310 con España, enfile por esta hasta la San Martin y de allí a la plaza.

Al llegar a la Catedral vi un movimiento inusitado de militares rodeando el paseo publico y camiones del ejército apostados en las adyacencias cargados de soldados. Atravesé en diagonal hacia el monumento al general San Martin, creyendo, iluso yo, que mi condición de periodista del diario La Capital podría llegar al edificio de la comuna. Craso error. Apenas pase la Pérgola (que hoy no existe) cuatro soldados obedeciendo las órdenes de un sargento o algo así me apuntaron, me pidieron los documentos no los tenía y casi en andas me llevaron hasta el hall central de la comuna, donde había decenas y decenas de personas todas contra la pared o bien en el amplio patio y con las piernas abiertas. El milico de las «tiras» (el que mandaba) le grito a otro que estaba en el recodo de la escalera que hoy lleva al Concejo Deliberante «señor, acá hay otro boludo sanrafaelino sin documentos y dice que es periodista, ¿Qué hacemos?» y el milico le respondió «que periodista ni la mierda, ponelo al lado de los demás a ese hijo de puta».

Y me pusieron al lado de varios detenidos apoyados contra la pared. A mi lado había un chico no mayor de 17 años, pelo largo, que me miro dos o tres veces y de pronto escucho un ruido seco: uno de los militares le había pegado con la culata del FAL en la espalda haciendo arrodillar del dolor a la vez que le gritaba: «Hijo de puta, dije que nadie mire a nadie, la cara al frente a la pared putos de mierda». Yo no tenía los pies muy juntos cuando sentí una tremenda patada en los tobillos y de nuevo la vozarrón gritándome al oído: «abrí las patas concha de tu madre, las patas abiertas o te rajo el culo a patadas».

Alrededor de las 12 de ese día nos llevaron a los cuarteles de Cuadro Nacional, mas precisamente donde hoy esta el Museo Militar. A 100 metros de allí había una casa, que todavía existe,(está frente, alli funciona el destacamento de inteligencia) adonde eran llevados los detenidos. Alguien, nunca supe quien fue, me dijo despacito al oído: se los llevan allí para cagarlos a palos y a meterles picana, creo que al próximo me llevan a mi». A ese chico nunca mas lo volví a ver. Yo me salve porque don Mario era amigo de un teniente llamado Brizuela y recien a los dos días me liberaron. Estaba recagado de hambre.Sin ser mártir, ni mucho menos, cuando escucho con tanta liviandad hablar a los periodistas de hoy el valor de lo que dicen hacer y los comparo con el CHICHE ILLIA, el periodista sanrafaelino torturado y desaparecido, mi gran amigo, el de los sueños rotos, entiendo porque la pequeñez de los seres humanos los hace sentir gigantes.

(*)Por Osvaldo Barroso

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